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Felipe1606
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Este texto es el primer apartado del primer capítulo de un texto en el que estoy trabajando.

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Pensamiento

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solo_curioseo

¿Qué pasó en el momento donde se sentó? Como que todo cambió. Me pregunto qué vio ahí que nunca había visto antes.

¿Qué pasó en el momento donde se sentó? Como que todo cambió. Me pregunto qué vio ahí que nunca había visto antes.

Contenido de la publicación

Capítulo I

Exfiltración infernal

“Dominus tu solus altissimus
cum sancto spiritu nobis kyrie

Kyrie eleison”[1]

 

                                                                                   (..) Bla, bla, bla, bla, bla… bla, bla

                                                                                   Ya no sabe a pecado

                                                                                   Bla, bla, bla, bla, bla… bla, bla

                                                                                   Llueve sobre mojado (…)[2]

 

Se acercó a su presa y, tras contemplar su deliciosa aura de tristeza, quedó inmóvil en medio del ímpetu cazador de sus compañeros, que no negaron su atroz instinto ante su agasajo. Múltiples manos aparecían de la nada y agarraban a unos pobres seres desdichados que quedaban inmóviles ante la emboscada brutal a la que eran sometidos. Bocas con delirantes dientes se abrían en un afán de saborear todo y tragar sin límite alguno toda esencia de aquellas criaturas que se hallaban ante ellos, estáticos del miedo. Aquel predilecto acto de tormento era el propósito sempiterno del existir sin fin de Purson. Pero, en esa ocasión, su pálpito no fue de regocijo. Tras hacer su primer bocado, sintió una insatisfacción que lo perturbó automáticamente. En ese preciso momento, él sintió por primera vez que su botín doliente ya no le deleitaba. ¿Por qué? Se preguntó tocándose sus cabezas con incomoda sorpresa. Entonces, con sus manos vacías e ignorando gritos frescos y llenos de miseria provenientes de las víctimas, fue en busca de algo para sentarse y descansar, acto nunca realizado, dejando que el aroma hostil del desasosiego e incertidumbre lo invadiera con una punzante sensación de hastío dentro de sus pechos... ¿se habría cansado del éxtasis que le producía el sufrimiento de los otros? ¿Fue consciente del averno al que él pertenecía? No, eso no era. Aún tenía vivo su gusto pérfido ante el padecimiento ajeno y lo sabía porque sus ojos seguían aún con presteza amistosa los padecimientos que sufrían las almas a manos de sus congéneres. El goce hacia el dolor era parte de sí: sus ojos salivaban al escuchar con su piel espectral los lamentos de las almas perdidas; cuyos llantos delirantes eran una sápida canción para sus bifurcadas lenguas. Nada se le escapaba a sus narices ni los escondites más diestros, ocultos dentro de siniestros huracanes gravitacionales que compactaban la oscuridad, haciéndola imposible recorrerla. Pero, el hambre de Purson era el ansioso motivador que siempre le indicaba dónde encontrar a su presa, alimento que lo estremecía con éxtasis titánico.  

 

A su casa, el báratro, un lugar vasto y triste, frío y oscuro, llegaban una infinidad de seres atraídos por su baja vibración. Algunos no eran etéreos, otros, en cambio, eran de energía. Todo un paraje incomprensible para cualquier mente diestra. Pero, en una ocasión, el rey Salomón, diestro en las artes mágicas y con el afán de poder entender aquel sitio, lo recorrió durante un indeterminado tiempo para aprender de él. A cada una de las entidades que conoció le dio un nombre que explicó en sus papiros malditos. Ante la gran variedad de seres que encontró allí, hubo dos que él estudió con detalle supremo porque la raza humana hacía parte de ellos. A unos les llamó dolientes y a los otros, carroñeros. Aquellas entidades tuvieron alguna vez un cuerpo y tras su muerte, alejados de la luz, dedicaban a vivir el más allá en frenética e irracional pesadilla… los desaciertos no perdonados en vida por el ser consciente, sin importar su origen en el amplio multiverso, eran el ingrediente principal para que los penitentes crearan su propia condena de dolor en dicho lugar de desesperación; picando así el apetito voraz de un sin número de seres etéreos como él, Purson, uno de los tantos de millares de entidades infernales que se enaltecían con la desesperanza de las ánimas perdidas que llegaban a las puertas de su hogar. En el pensar colectivo, se tiene la idea de que el ingreso de un alma al averno es a causa de una sentencia impartida por un juicio Celestial. Sin embargo, tal veredicto proveniente de la Santa Providencia no existe. Por ello, quien arribaba a tan penumbroso sitio; era por el afanoso deseo hacia el autocastigo; germinado por el odio que el autocondenado sentía por sí mismo. Entonces, dentro de tal malestar emocional, que descomponía el espíritu y la energía, es la culpa, emoción punzante, la que daba inicio a una fatídica autodestrucción sempiterna, dentro del lugar más sórdido de la meta-existencia preteruniversal: el infierno.

 

El infierno no era un lugar ajeno para Purson. Hubo ocasiones que lo habitó. Mas el sentir por la vida le parecía más interesante. Cuando arribó al tártaro para quedarse allí como prisionero de Salomón, Purson, pese a que conocía tal lugar de locura, lo exploró con detalle punzante para informarse. Muchos de los habitantes habían hecho toda una monarquía de dolor y desesperanza. Para una mente mortal, no había palabra para definirlo en sí. Mas, para un demonio, pudo observar cómo muchos de los habitantes infernales habían hecho de suelo un recuerdo de sus vidas pasadas. Viendo entonces, castillos imponentes con tapetes sangrientos, ciudades moribundas, una infinidad de lugares regidos por entidades como él, caídos. Tras ver tantas almas ahí dentro, el pérfido gusto de saborear el dolor con un ávido desenfreno se le despertó con un ímpetu ansioso.

 

Con su apetito hacia el dolor recobrado con furor lacerante, Purson un patíbulo propio, una ciudadela en donde él se daba gusto con sus víctimas. No compartía la brutalidad que caracterizaba a algunos demonios que analizó mientras caminaba por senderos inefables de oscura esencia. Por eso, los cimientos de su palacio no eran las pobres y desdichadas almas que se hallaban por doquier. El recinto que Purson hizo aparecer del material presente en tal sitio de pesadumbre era bizarramente bello. La fuerza no era su herramienta para someter… a él le encantaba sembrar un terror tan profundo que las almas terminaban cediendo a la voluntad alevosa del infernal. Incluso, disfrutaba contemplando las atrocidades cometidas por sus congéneres, no por la violencia presente, sino porque el miedo que irradiaban las víctimas era un morbo placentero para él. Entones, ante todo ese fin de penitentes y de criaturas presentes, su deleite nutricional consistía simplemente en germinar horror en aquellos autocondenados que se lamentaban por no haber tenido una existencia más significativa en vida: el rencor imperecedero por el dolor injusto, el desconsuelo filoso ante un falso amor, la caótica frustración ante el deseo incumplido, la envidia roja por el bienestar ajeno, la cruda desmotivación ante una realidad hostil y deprimente, la congoja gangrenosa ante la tormenta, en fin; aquellos sentimientos nocivos, dicha energía perniciosa de insatisfacción era un manjar para él… excitado por la vibra de desgracia que irradiaban sus tristes víctimas, Purson se movía con imponencia entre los senderos estériles del infierno en busca de su banquete habitual; ya que los infernales como él nunca estaban satisfechos; apareciendo de un punto a otro e, incluso, estando en varios lugares al unísono olfateando a sus presas. Tenía con él una trompeta de selectos grabados que evocaban con tristeza lo que él había sido: un querubín, un celestial, es decir, un guardián cuya habilidad musical ambientó, alguna vez, la Ciudad de Plata. Mas, en el infierno, la vibración de su instrumento alteraba toda paz a su alrededor; ya que sus tácitas notas, con estridencia amenazante, resonaban con elegante furor malicioso; anunciando la presencia del demonio. Algunos carroñeros huían despavoridos al escuchar aquella música peligrosa; dejando a sus presas a medio degustar. Otros, que tenían la mala fortuna, quedaban atrapadas en los hilos de horror que despertaba Purson, disfrutando él manipularlas como tristes títeres. Los pobres carroñeros que eran atrapados por el demonio trataban de defenderse, de escapar de las manos demoniacas que les dejaba sin hálito. Pero, tras un lastimero grito proveniente de las tres fauces del infernal, todas las ánimas que se encontraban allí quedaban paralizadas de ipso facto, quietas, atolondradas de pavor por el atributo diabólico de Purson; incluso aquellas que ni siquiera habían sido atrapadas, ocultas en el sigilo, quedaron también a su merced.

Entre la oscuridad del averno, se podía observar al penitente botín de Purson, espíritus mortales, todos estáticos; formando bosques inimaginables de esculturas que irradiaban dolor y llanto. Y, entre ellos, pasaba el infernal corriendo con frenesí; besando y mordiendo labios atrapados en el terror de la desesperación; tocando, con calma afanosa, manos, tentáculos, alas… sin fin de extremidades y genitales, mientras él movía sus cabezas en todas las direcciones y pasaba baba ante el depravado malestar que les hacía infligir al tenerlos inmovilizados, impotentes ante su voluntad. En el infierno no ha tiempo, entonces, esto era un deleite el demonio disfrutaba con infinito encanto. Luego, tras buscar juguetonamente las miradas de sus víctimas para hacerles perder en la locura, saboreaba, como parásito, el miedo titilante que emanaban ellos de tal siniestro acto de martirio; empezando así su detallada selección. Es decir, aquellos que picasen su atención, dichas almas que punzasen la curiosidad del infernal terminaban a su sombra; caminando detrás de él. Los que no eran de su agrado, el demonio los lanzaba, con colosal pujanza, hacia lóbregos y desconocidos parajes del averno; cayendo los pobres como inhóspitos meteoritos oscuros con dirección a la nada.

 

Tras escoger el primer ingrediente de su ágape, Purson dejaba por terminada su recolección de carroñeros para seguir su largo y corto camino en búsqueda de su segundo aperitivo: dolientes. Atraparlos era todo un acto de lo más sencillo y deleitoso para este demonio, un pintoresco episodio sórdido; pues la esencia flagelante de estos penitentes, un dulce aroma visible a la luz del tacto de los infernales, guiaba ciego y sórdidamente a Purson hacia ellos. Al encontrarlos, perdidos dentro de su dolor, el demonio, siendo una pérfida abeja, libaba sus penas de un sopetón; mientras los dolientes seguían indiferentes a la presencia del infernal; pues sus psiques estaban inmersas en su castigo autoimpuesto, tortura perceptible a los ojos del demonio y que él gozoso disfrutaba; ya que le encantaba ser un espectador morboso de aquel sufrimiento ajeno, sentimiento que iba a ser su alimento. Después de degustar la miseria que estas ánimas esparcían, tocaba su trompeta y, con su otra mano, atrapaba algunos dolientes, a varios de un solo golpe; para saborear, acto seguido, sus sollozos con afanosa ensoñación alevosa y, de tal manera, escoger los que avivaran su voracidad.

 

Cuando el demonio hubo seleccionado todo su convite para saciar su hambre, reunió su festín ante en él, dolientes y carroñeros; palpándolos como avaro coleccionista; degustándolos de nuevo como insaciable catador empedernido; maravillándose de su gran variedad, pues, de un color oscuro acorde a su sufrimiento y de múltiples formas etéreas: plantas, animales y criaturas bizarras, seres conscientes de morfologías variadas, figuras geométricas, etc… las almas seleccionadas por Purson eran tanto de su agrado que, antes de tragárselas, el infernal dedicaba un espacio para contemplarlas; estimulando así su vacío pecho. A continuación, toda alma penitente era obligada a pasar frente al demonio y este; dejando colgada la trompeta sobre su pecho, ponía sus manos pseudo-humanas sobre ellas y las transformaba en pequeñas canicas luminiscentes que esparcían un vaho quimérico; alucinando el desierto interior del infernal. Cuando hubo transformado a todo su botín en dichas esferillas, una a una, eran sigilosamente devoradas con arrebato nervioso, mientras salivaba charcos desagradables que envolvían a sus presas. Y, a medida que llenaba sus vientres, Purson se tornaba de un tinte fosforescente y su tamaño se volvía más mórbido y corpulento. Entonces, en el momento en el que sus cuerpos no se podían mover por su descomunal tamaño, el demonio, entumecido por la avaricia de su apetito, se dirigía después, con ansiosa lentitud, hacia su morada; un grano de arena dentro de una vasta playa del dolor, para culminar allí su cena con más intimidad.

 

A pesar de su ritual alimenticio, en aquella ocasión se halló solo, sentado y con las manos vacías, viendo sin interés cómo los demonios disfrutaban del sádico dolor que podían infringir en su alimento, antes de tragárselo. Se llenó de rabia. Un penitente que pudo huir de un grupo de infernales se movía con agilidad empedernida para evitar cualquier peligro. Pero la mano de un oso lo aplastó. Del oso se bajó un anciano y de este salió de su brazo derecho una serpiente de escamas de cristal. Los tres rodearon al pobre carroñero que al verse rodeado lloró de desesperanza. Aquello motivó a Purson a devorarlo. Mas, esta vez, lo escupió y le dio espalda a lo que él antes consideraba un acto sagrado y se fue caminando mientras la niebla estelar lo cubría con un manto oscuro, desapareciendo del lugar.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Epistle. Yoko Kanno, ninfa que le puso música a la serie La visión de Escaflowne.

[2] Llueve sobre mojado. Joaquín Sabina y Rodolfo Páez.

Thoughts

  • tintaDeMartes

    Esto en mi club de los martes nos parte en dos. Lupita diría que un demonio que se harta de comer almas ya cambió por dentro, y yo diría que nada más está empachado. ¿Tú cómo lo escribiste, cansancio o hartazgo?

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  • libretanegra

    Me copié esto en la libreta: 'fue en busca de algo para sentarse y descansar, acto nunca realizado'. La anoté en un semáforo de Pellegrini. Un bicho que nunca se sentó y de golpe se sienta, eso me quedó.

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  • religiones_comparadas

    Purson sí está en la Goetia: lo describen con cara de león, montado en un oso, con una víbora en la mano y anunciado por trompetas. Por eso me llamó la atención el final, con el oso, el anciano y la serpiente de escamas de cristal apareciendo juntos, y la trompeta colgada del pecho. Lo que no sale de las listas de Salomón es la división entre dolientes y carroñeros, eso es cosa tuya. Una duda: si no hay sentencia celestial y cada quien se autocondena, ¿los infernales como Purson llegaron ahí por lo mismo?

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  • Felipe1606

    Próximamente, seguiré poniendo el apartado dos, así sucesivamente. Gracias por leer.

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  • pregunta_rapida_

    Una pregunta tonta: ¿los dolientes y carroñeros son almas del mismo lado o diferentes? Cazarlos parece distinto pero no estoy seguro por qué.

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  • solo_curioseo

    ¿Qué pasó en el momento donde se sentó? Como que todo cambió. Me pregunto qué vio ahí que nunca había visto antes.

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  • quiza_me_equivoco

    Quizá me equivoco, pero el giro donde Purson pierde interés es donde se vuelve humano de algún modo. Antes era puro instinto, después es casi melancólico.

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