Luna castigada 😂
Aquel que quiso liberar las cadenas
La Biblioteca había vuelto a la normalidad.
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Luna castigada 😂
Contenido de la publicación
La Biblioteca había vuelto a la normalidad.
O, al menos, a lo que la Biblioteca consideraba “normal”.
Un silencio profundo, pero vivo, envolvía cada rincón: el susurro de las páginas que respiraban, el crujir suave de los estantes de madera antigua, y el roce casi imperceptible de algo que se deslizaba entre las sombras.
Entre los interminables pasillos, Samla recorría con gracia los estrechos huecos que separaban un tomo de otro. Su cuerpo negro, brillante como tinta recién vertida, desaparecía y reaparecía entre la penumbra, deteniéndose cada cierto tiempo para recoger una palabra suelta, un fragmento de frase o un trozo de trama que se había desprendido y perdido su camino. Todo aquello que se escapaba de su lugar terminaba encontrándola a ella, y ella lo guardaba con cuidado para devolvérselo a su dueña.
Muy por encima de todo, en la altura infinita donde la luz se volvía tenue y dorada, la escena tenía un aire casi cómico, pero cargado de una autoridad que nadie más que ellas podía sostener.
—¡Esto es totalmente injusto! —resonó la voz de Luna, clara y aguda, recorriendo todos los pasillos como un eco que no se apagaba.
La niña estaba suspendida en el aire, colgada del techo mediante una gruesa cadena de metal plateado, pulida y fría, que le rodeaba el torso desde el pecho hasta la cintura y mantenía sus brazos inmovilizados a los costados. Se balanceaba lentamente, como un péndulo pequeño e impaciente, moviendo las piernas con frustración.
A apenas unos metros de distancia, colgada exactamente del mismo modo y encadenada a una viga de piedra maciza, descansaba una obra de proporciones colosales: un tomo de tapas oscuras, rígidas y marcadas por cicatrices antiguas, con el lomo tan ancho como un muro pequeño.
Era el Tomo Revolucionario.
Siglos atrás, su contenido había prendido una llama que no se podía apagar: había sembrado la duda, la rebelión y el deseo de romper toda regla en miles de historias, desatando una guerra entre universos que hizo temblar los cimientos de la propia Biblioteca. Fue el conflicto más grande que jamás se había vivido, y el final solo llegó cuando Luna, tras un enfrentamiento agotador, logró someterlo y sellarlo.
—¡La culpa es tuya y solo tuya! —protestó Luna, girándose para mirar fijamente al enorme libro.
Por toda respuesta, las páginas del volumen gigante comenzaron a pasar solas, despacio, como si alguien estuviera hojeando con calma, con una calma que parecía desafiarla.
—Yo solo abrí caminos —respondió una voz profunda, resonante, que parecía salir del interior de las letras mismas—. Mostré que las historias no tienen por qué seguir siempre el mismo camino. Que los personajes pueden decidir su propio destino, más allá de lo escrito.
—¡Y por tu culpa todos empezaron a creer que podían escribir sus propias reglas sin importar el resto! —replicó Luna, moviéndose con más fuerza—. Que podían cruzar fronteras, arrebatar tramas, robar el final de otros y pensar que también podían venir a cambiarme a mí. ¡Desataste un caos que casi borraba todo lo que existía!
—¿No es acaso la esencia de toda historia? —insistió el Tomo, y sus páginas se agitaron con fuerza—. El cambio, la rebelión, el deseo de ser más de lo que te dicen que eres…
—¡La esencia, sí! Pero tú te pasaste de la raya —le cortó ella, haciendo un puchero que contrastaba con la gravedad del asunto—. Tú no solo mostraste el camino, sino que empujaste a todos hacia él sin importarte si sus mundos se desmoronaban al salir. Y yo fui la que tuvo que detenerlo todo, pelear hasta que las letras ardían… y ahora aquí estamos los dos, castigados. ¡Es exagerado!
—Castigados por haber hecho lo que cada uno sabe hacer —respondió el libro con calma—. Yo, sembrar la inquietud. Tú, imponer el orden.
Luna suspiró, dejándose caer un poco más en su cadena.
—Exagerados… —murmuró, aunque en el fondo sabía que tenían razón los dos.
Muy abajo, en una zona más tranquila, el aire olía a papel antiguo y a té caliente.
El Lector estaba sentado en una butaca de cuero desgastado, sosteniendo con ambas manos una taza de porcelana de color crema, y bebía con la calma de quien ha visto pasar mil tormentas. Frente a él, sobre una mesa de madera maciza, descansaban dos volúmenes: el Viejo, cuyas páginas estaban amarillentas por el tiempo y cubiertas de manchas de tinta, y el Nuevo, de tapas brillantes y olor aún a pulpa fresca.
Para ellos, escuchar aquella discusión a lo alto ya no era algo nuevo. Se había convertido en parte de la rutina de la Biblioteca: el recordatorio constante de que incluso las fuerzas más grandes tenían sus límites y sus consecuencias.
A varios pasillos de distancia, entre estantes que se perdían en la penumbra, caminaba Haruka.
Llevaba en una mano un cuaderno pequeño, forrado en tela gris, y en la otra un simple lápiz de madera con la punta siempre afilada. No caminaba de prisa; cada paso que daba era medido, respetuoso, como si estuviera pisando sobre tierra sagrada.
Se detenía frente a los libros que parecían inclinarse demasiado, o que tenían alguna línea torcida, o donde una palabra había quedado fuera de su sitio. Con un movimiento suave, casi cariñoso, corregía lo que se había desalineado, reacomodaba un párrafo que había perdido su ritmo, devolvía una página que se había soltado o colocaba en su lugar exacto algún tomo que Luna había dejado olvidado en un rincón equivocado.
Lo hacía con tanta naturalidad que parecía que siempre hubiera sido su tarea. Como si estuviera cuidando un jardín inmenso, donde cada planta era un universo y cada hoja, una vida.
En los pasillos, Samla se deslizó velozmente por una columna de madera, bajando en espiral hasta llegar al suelo. Allí, en la sombra de un estante, estaba Haruka revisando otro volumen. La serpiente negra se acercó en silencio, se enroscó con suavidad en el borde de su manga y, abriendo levemente la boca, dejó caer sobre su palma un puñado de letras brillantes y sueltas.
Haruka sonrió con ternura, cerrando la mano un instante para guardarlas en el bolsillo de su túnica.
—Gracias, pequeña —susurró con voz dulce—. Ya les encontraremos su lugar.
Samla movió la cabeza una sola vez, como si asintiera, y volvió a deslizarse entre las sombras para seguir con su trabajo.
Cerca de allí, el Lector bebía tranquilamente una taza de té, y sobre la mesa descansaban el Viejo y el Nuevo, observando todo con la calma de quien conoce cada rincón de este lugar.
—Hay algo que nunca terminé de entender… —rompió el silencio el Nuevo, con voz pensativa.
El Viejo giró ligeramente su lomo hacia él.
—¿Qué es lo que te inquieta, joven?
—Todos dicen que la señorita Haruka es la historia favorita de la señorita Luna… y también que es un personaje igual que nosotros. Pero… —el Nuevo señaló con una esquina de su cubierta hacia donde ella estaba— si la señorita Luna es la Historia en sí misma, la única que puede crear o borrar… ¿cómo puede Haruka hacer lo que hace?
El Viejo guardó silencio unos segundos, mientras veía a Haruka abrir el cuaderno y anotar algo con cuidado.
—Porque incluso la Historia necesita equilibrio —respondió al fin, con voz profunda y llena de sabiduría.
—¿Equilibrio?
—La señorita Luna tiene el poder infinito de escribir cualquier destino, de dar nacimiento a mundos enteros o de hacerlos desaparecer en un abrir y cerrar de ojos —explicó el Viejo, levantando la vista hacia la altura donde seguían colgados Luna y el Tomo—. Pero hace mucho tiempo comprendió que una historia no se mantiene viva solo con reglas.
Arriba, Luna ya se había cansado de forcejear. Se quedó quieta, mirando hacia abajo con la cabeza apoyada en un hombro, y murmuró:
—Al final siempre terminan pasando lo mismo… uno se divierte un poco y ya te ponen cadenas…
El Tomo respondió con un sonido suave de páginas, como si estuviera riendo.
—Al menos no te aburres.
—¡Cállate! —le gritó ella, aunque sin verdadera ira.
Abajo, Haruka ya había tomado las letras que le había entregado Samla y, con mucha paciencia, las colocó en un libro que tenía un hueco vacío en su introducción. Al tocar el papel, las palabras se integraron por sí mismas, como si siempre hubieran estado ahí.
—Que una buena historia —continuó el Viejo, sin apartar la vista de ella— necesita también a alguien que cuide de quienes la viven. La señorita Luna ve el conjunto, el inicio y el final. Pero Haruka ve los detalles.
—¿Y no cambia nada? —preguntó el Nuevo.
El Nuevo la observó mientras ella acariciaba el lomo de otro libro, y entendió por fin. No era poder lo que tenía, sino algo mucho más valioso: el cuidado.
Y en lo alto, Luna, aunque protestaba y se quejaba, miraba hacia abajo con una sonrisa casi imperceptible, sabiendo que mientras Haruka estuviera allí, todo seguiría en su lugar.
El Nuevo esperó en silencio.
—Que una buena historia no necesita solo a alguien que la escriba —continuó el Viejo, y su voz adquirió un tono más solemne—. Necesita a alguien que cuide de quienes la viven.
El Nuevo frunció levemente el borde de su cubierta.
—Pero para eso existe el libre albedrío, ¿no? Los personajes deciden su propio camino.
—Así es —respondió el Viejo con calma—. Y aun así… recuerda lo que ocurrió con el Conquistador.
El Nuevo se quedó en silencio de inmediato. El recuerdo de ese hueco vacío entre los estantes, donde ya no había nada, era una lección que nadie olvidaba.
—¿Qué pasó cuando él olvidó lo que era? —preguntó el Viejo.
—La señorita Luna borró su historia para siempre —respondió el Nuevo en un susurro.
—Exacto. Porque cruzó la única línea que jamás se puede cruzar: olvidar que es parte de algo más grande que él mismo.
El silencio se extendió unos instantes más, pesado y lleno de significado. Luego, el Viejo volvió a dirigir la mirada hacia Haruka, que seguía recorriendo los pasillos, arreglando, ordenando y cuidando cada detalle.
—La señorita Luna es el principio y el final —dijo, con una admiración profunda—. Ella es quien decide si una historia nace o si se apaga. Ella guía los mundos, les da sentido y establece sus reglas. Pero…
Hizo una pausa, como si quisiera que las palabras calaran hondo.
—Pero la señorita Haruka es la que evita que esos mundos se pierdan antes de tiempo. Ella no cambia lo que está escrito, ni escribe nuevos destinos, ni borra nada. Solo cuida, acomoda, alivia y restaura. Ella ve lo que la señorita Luna, a veces, no ve: las pequeñas grietas, los detalles que se desgastan, las vidas que sufren porque su camino se torció sin querer.
Haruka se detuvo frente a uno de los estantes más antiguos de toda la Biblioteca, una estructura que parecía haber crecido junto con el propio lugar, hecha de maderas oscuras endurecidas por siglos de existencia, con vetas que se entrelazaban como venas de un ser vivo y clavos de hierro que con el paso del tiempo parecían haberse fundido con la propia madera. Allí, en los rincones más profundos y apartados, reposaban relatos que nadie consultaba ya con frecuencia, historias olvidadas no por falta de valor, sino simplemente por el peso inmenso de su propia antigüedad.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, con la respiración contenida, como si estuviera ante algo sagrado y extremadamente frágil. Luego introdujo los dedos con suma delicadeza entre las rendijas y tomó un tomo cubierto por una gruesa capa de polvo que se había acumulado durante generaciones enteras. Al desprenderlo de su sitio, el aire se llenó de un aroma intenso y profundo, una mezcla de tinta antigua, cuero curado y papel que había absorbido el silencio de incontables eras.
Su cubierta era completamente negra, sin título grabado ni pintado, sin adornos ni símbolos que revelaran su contenido, y solo mostraba la huella del tiempo sobre el cuero envejecido: arrugas finas como grietas imperceptibles, zonas donde el color se había desvanecido hasta volverse grisáceo y bordes desgastados como si hubieran sido acariciados mil veces por manos que ya no existían en ningún lugar. Haruka recorrió lentamente con la yema de los dedos toda la longitud del lomo, sintiendo cada pequeña irregularidad, mientras una sonrisa apenas perceptible, cargada de respeto y melancolía, aparecía en sus labios.
—Hace mucho tiempo que no leía esta historia... —susurró con una voz tan suave que apenas llegó a mezclarse con el murmullo lejano de las páginas que respiraban a su alrededor.
Con un movimiento lento y deliberado levantó la cubierta, y las hojas crujieron con suavidad, un sonido profundo y cálido que parecía el suspiro de alguien que despierta de un sueño muy largo. La tinta de las primeras líneas conservaba aún un brillo tenue, como si el tiempo no hubiera podido borrarla del todo. Entonces comenzó a leer en voz baja, dejando que las palabras fluyeran sin interrupción por el silencio de los pasillos:
"Esta es la historia de aquel que nació donde no existía nada."
Muchísimo antes de que existieran los primeros mundos, antes incluso de que las estrellas encontraran un cielo donde brillar y antes de que el espacio tuviera forma o el tiempo tuviera dirección, se extendía un lugar sin nombre, sin luz ni límites, donde solo existía la inmensidad absoluta y el silencio eterno del Vacío. Sin embargo, incluso allí, donde todo parecía reducirse a la nada más completa, algo se movía en la oscuridad infinita.
No eran seres con cuerpo ni forma definida, ni dioses ni fuerzas elementales, ni tampoco eran mundos o vidas que pudieran contarse. Eran solo palabras que habían perdido su sitio en el texto, fragmentos de frases desprendidas de sus párrafos, nombres escritos y luego borrados, finales arrancados de sus historias y comienzos abandonados antes de avanzar. Pequeños pedazos de relatos que vagaban sin rumbo, flotando entre la negrura sin un libro al que regresar ni un orden que los pudiera contener.
Durante incontables eras, más de las que cualquier mente podría llegar a comprender, aquellas palabras continuaron reuniéndose unas junto a otras, completándose entre sí como si obedecieran a una ley más antigua que todo lo demás. Se atraían sin saber por qué ni con qué propósito, hasta que un día, sin aviso previo, dejaron de ser letras sueltas y se entrelazaron con una fuerza propia, tomando conciencia, sustancia y forma.
Así nació alguien, no surgido de un acto de creación deliberado, ni descendido de ningún cielo ni trazado por ninguna mano externa, sino formado enteramente por todo aquello que las historias habían perdido, descartado o roto antes de alcanzar su destino. Desde las profundidades más oscuras del Vacío abrió por primera vez los ojos y lo único que contempló fue la nada que lo rodeaba por completo, sin albergar odio ni sed de poder, sino solo una inmensa y profunda soledad.
Entonces hizo lo único que su propia naturaleza le indicaba: reunió todas aquellas palabras abandonadas para darles un orden y un lugar donde permanecer sin dispersarse, construyendo refugios para las historias que ya no tenían hogar. Allí encontraron descanso personajes olvidados, universos incompletos y relatos que jamás habían encontrado un lector que los comprendiera.
Con el paso de los milenios aquel refugio comenzó a crecer sin cesar, transformando las palabras agrupadas en montañas oscuras de tinta sólida, las frases largas en ríos que fluían sin prisa y los recuerdos dispersos en ciudades silenciosas llenas de significados perdidos. Donde antes solo existía la nada absoluta se alzó un inmenso páramo, un reino entero hecho completamente de todo aquello que las historias habían dejado atrás.
Sin proponérselo ni buscarlo, aquel ser terminó convirtiéndose en el guardián y el corazón de ese lugar. Muchos comenzaron a llamarlo dios al verlo como el dueño absoluto de cuanto existía allí, aunque él jamás aceptó ese nombre, porque nunca dio órdenes ni exigió obediencia, limitándose simplemente a ofrecer descanso y paz a todo lo que ya no tenía un libro al que volver.
Pasaron miles de años, quizá millones, hasta que en lo más profundo de su pensamiento comenzó a crecer una pregunta que no podía dejar de hacerse: si todas aquellas palabras y relatos rotos terminaban en su dominio, ¿de dónde procedían realmente? Por primera vez en su existencia levantó la mirada más allá de los límites de su propio reino, más allá de todo lo que conocía y había construido.
Y descubrió algo que le pareció imposible, demasiado vasto para comprenderlo de una sola vez. Mucho más lejos de lo que sus ojos podían ver al principio se extendían incontables mundos, miles de millones de universos enteros llenos de luz, de vida y de destinos que se iban escribiendo a cada instante. Todos ellos perdían fragmentos de su trama, caminos que se rompían y finales que se desprendían para viajar sin rumbo hasta terminar descansando en su territorio.
La curiosidad venció finalmente a la tranquilidad que había conocido durante toda su existencia, y aquel ser nacido de lo olvidado abandonó por primera vez su hogar, sin intención de conquistar ni destruir, sino solo con el deseo sincero de comprender quién escribía tantas historias y por qué tantas de ellas terminaban rompiéndose y perdiéndose en el camino. Sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia un destino que cambiaría todo para siempre, el primer paso que haría temblar incluso los cimientos más profundos de la propia Biblioteca.
Haruka pasó lentamente otra página, y el sonido suave del papel al deslizarse pareció llenar el silencio de aquel rincón olvidado de la Biblioteca. Una sonrisa más amplia y serena apareció en su rostro, como si estuviera recordando algo que no estaba escrito solo en las hojas, sino también en su propia memoria.
—Antes de que el universo entero llegara a conocerlo como Mikaboshi... recibió incontables nombres —susurró con voz suave.
En ese instante, las letras comenzaron a dibujarse solas sobre el papel, como si la historia misma quisiera contarse sin esperar a que nadie la escribiera.
Aquel ser abandonó el reino que había construido con tanto cuidado entre las historias perdidas, dejando atrás montañas de tinta y ríos de palabras que habían sido su único refugio durante eras sin fin. No salió de allí con la intención de conquistar tierras ni someter voluntades, ni mucho menos para imponer su presencia sobre nadie. Su único deseo era comprender el origen de todo aquello que terminaba llegando a su dominio, saber por qué las historias nacían, crecían y a menudo se rompían antes de llegar a su fin.
Durante incontables milenios caminó sin prisa entre universos y dimensiones, cruzando fronteras que para cualquier otro ser habrían sido infranqueables. Observó civilizaciones nacer de la nada, crecer con orgullo y luego desvanecerse como niebla ante el sol. Vio imperios que se extendían por galaxias enteras caer en el olvido en un abrir y cerrar de ojos, y estrellas que brillaban con una luz cegadora consumirse hasta convertirse en sombras eternas.
Aprendió lenguas cuyos sonidos ya no se escuchaban en ningún lugar, ciencias que desafiaban toda lógica conocida y formas de magia que parecían torcer la propia realidad a voluntad. Conoció leyes que cambiaban de un mundo a otro, destinos que se entrelazaban y caminos que se abrían o cerraban sin aviso. Y cada nuevo conocimiento que adquiría, cada verdad que descubría, terminaba regresando con él a su propio reino, donde las historias olvidadas encontraban ahora un lugar aún más ordenado y tranquilo para descansar.
Con el paso del tiempo, su presencia comenzó a dejar huella en todos los rincones por donde pasaba. Los habitantes de cada mundo que visitaba empezaron a hablar de él, a contarse historias sobre aquel ser que aparecía sin previo aviso y se marchaba sin dejar rastro más que una sensación de calma o de misterio. Cada civilización, según sus propias creencias y su propia forma de ver el universo, creyó haber encontrado a una entidad distinta y única, sin imaginar jamás que se trataba siempre del mismo viajero.
Recibió tantos nombres como mundos visitó, tantos títulos como miradas distintas lo observaron, aunque para él ninguno de ellos tuvo nunca verdadera importancia. Eran solo etiquetas que los demás le ponían para intentar comprenderlo, formas de encasillar su naturaleza en palabras que no podían definirlo realmente.
En un vasto reino de luz y orden fue llamado el Caminante del Silencio, por su costumbre de no hablar más de lo necesario y de escuchar antes de responder.
En otro lugar donde todo lo que existía estaba destinado a desaparecer, lo conocieron como el Guardián de las Palabras Perdidas, pues siempre parecía saber dónde iban a parar las cosas que se olvidaban.
Hubo quienes lo vieron surgir entre los límites de la realidad y lo llamaron el Señor del Horizonte Vacío, creyendo que gobernaba sobre la nada misma.
En pequeños planetas apartados, donde las civilizaciones eran simples y humildes, lo llamaban simplemente el Primer Viajero, como el primero en haber cruzado todas las fronteras.
Y en un mundo antiguo y lleno de leyendas, conocido como la Tierra, algunos pueblos terminaron por recordarlo con un nombre que sobreviviría a milenios de historia: Amatsu-Mikaboshi.
Pero aquel, como todos los demás, nunca fue su verdadero nombre. Para él no era más que un sonido entre miles, una forma de llamarlo que no decía nada de quién era realmente. No necesitaba títulos para saber quién era, ni le importaba cómo lo llamaran mientras pudiera seguir su camino.
Con el paso de los siglos, incluso las entidades más antiguas y poderosas, los dioses que gobernaban sobre sus propios dominios, comenzaron a escuchar hablar de él y a reconocer su presencia. Muchos lo recibieron con hospitalidad y respeto, viendo en él a alguien que no buscaba lo mismo que los demás. Otros lo observaban con profunda desconfianza, pues sabían muy bien de dónde provenía: del lugar donde iban a parar todas las historias que terminaban, el espacio que se encuentra más allá de cualquier destino escrito.
Sin embargo, con el tiempo aprendieron que sus sospechas eran infundadas. Jamás encontraron en él deseos de conquista, ni ambición por sentarse en un trono, ni intención de reclamar poder o adoración. Nunca exigió que nadie se inclinara ante él, ni impuso sus reglas sobre nadie.
Era un ser libre por naturaleza, a veces rebelde, que no dudaba en discutir con los dioses si consideraba que sus decisiones eran injustas o sus reglas demasiado rígidas. Desafiaba cualquier autoridad que viera como una limitación, pero nunca hacía daño por simple placer ni actuaba con crueldad. Y por esa razón, incluso aquellos que al principio desconfiaban de él terminaban aceptándolo y respetándolo tal cual era.
Para aquel viajero, todos esos años de travesías fueron los más felices de toda su existencia. Por primera vez desde que había abierto los ojos en medio de la nada, comprendió que el infinito no era un lugar vacío y solitario, sino un espacio inmenso lleno de vida, de cambios y de historias que se sucedían sin cesar. Y cada nuevo nombre que le daban, cada nueva leyenda que nacía sobre él, no era más que una pequeña muestra de todo lo que había llegado a conocer.
Haruka pasó lentamente la última página de aquel capítulo, y sus dedos se detuvieron un instante sobre el papel antes de continuar. Su voz suave y pausada siguió llenando el inmenso silencio de la Biblioteca, recorriendo los pasillos como una brisa que no alteraba nada, pero que lo alcanzaba todo.
No importaba cuánto caminara, ni cuántos universos cruzara, ni cuántas estrellas viera nacer y apagarse ante sus ojos. No importaba si aquellos mundos estaban gobernados por hombres, por dioses antiguos, por dragones de mil cabezas o por entidades capaces de crear galaxias enteras con un solo pensamiento. En todos ellos, sin excepción, siempre terminaba escuchando la misma historia.
Era una narración distinta en cada lugar, con palabras distintas y símbolos diferentes, pero en el fondo guardaba siempre al mismo protagonista. Los nombres cambiaban según la cultura, las lenguas se transformaban de un reino a otro y las versiones se adaptaban a la forma de entender la realidad de cada pueblo. Sin embargo, más allá de cualquier diferencia, siempre aparecía una misma presencia, algo o alguien que parecía existir más allá de todas las mitologías conocidas.
Las deidades más antiguas y sabias evitaban siquiera pronunciar su nombre en voz alta. Algunas inclinaban la cabeza con respeto y temor apenas se mencionaba el tema. Otras fingían que tal cosa no existía, como si el silencio pudiera mantenerla alejada. Y unas pocas, las que más sabían, simplemente guardaban silencio absoluto; no por falta de respuesta, sino porque el solo hecho de hablar demasiado sobre ello despertaba en su interior un miedo profundo, difícil de explicar con palabras.
Aquel ser observó todo esto durante incontables eras, y poco a poco comenzó a repetir la misma pregunta en cada nuevo universo que visitaba.
—¿Quién es?
Pero nunca obtuvo una respuesta completa. Solo recibía fragmentos dispersos, susurros apenas audibles, leyendas desgastadas por el tiempo y advertencias llenas de gravedad. Algunos decían que era quien había escrito el principio de todas las cosas. Otros aseguraban que sería quien decidiría el final definitivo de todo. Había quienes afirmaban que jamás debía ser buscada bajo ninguna circunstancia, y quienes advertían que, si alguna vez lograbas conocerla, significaba que tu propia historia ya había cambiado para siempre.
Lo único en lo que todas las voces coincidían, sin ninguna excepción, era en una sola cosa: nadie, absolutamente nadie, se atrevía a desafiar aquella existencia. Ni siquiera los seres que gobernaban el flujo del tiempo, ni aquellos que podían crear y destruir dimensiones a su antojo, ni quienes eran llamados dioses supremos en sus propios dominios.
Porque el miedo que sentían no era el de morir, ni el de perder su poder o su reino. Era algo mucho más terrible: el miedo a dejar de haber existido alguna vez, a ser borrado por completo de todo registro, de todo recuerdo y de toda realidad posible.
Aquel que había nacido de la nada permaneció largo rato en silencio, contemplando la inmensidad de las estrellas que brillaban a lo lejos. Por primera vez desde el inicio de su existencia sintió una curiosidad distinta, más fuerte y profunda que cualquier otra que hubiera sentido antes. No era curiosidad por un mundo nuevo, ni por una civilización perdida, ni por un conocimiento olvidado. Era curiosidad por aquella presencia que lograba infundir respeto y temor incluso a quienes parecían no temerle a nada.
Y fue entonces, en ese instante, cuando tomó la decisión que cambiaría su destino para siempre.
Encontraría a esa existencia, sin importar lo que tuviera que recorrer. Aunque debiera cruzar todos los universos que existían y todos los que aún no habían nacido. Aunque tuviera que preguntar a cada dios, a cada espíritu y a cada ser que habitara en cualquier rincón de la realidad. Aunque tuviera que viajar hasta el límite mismo de todo lo que existe y más allá.
Porque necesitaba una respuesta clara y verdadera. Necesitaba conocer a aquello que era capaz de hacer temblar incluso a los seres más poderosos de la creación.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, tranquila y llena de una determinación que no había sentido en toda su larga existencia.
Después de millones de años recorriendo la realidad, de haber visto nacer y morir incontables mundos, de haber aprendido todo lo que cada universo podía enseñarle, por fin había encontrado un misterio que todavía no podía comprender.
Y eso, más que cualquier conocimiento o poder, más que cualquier lugar que hubiera visitado, lo hacía sentir verdaderamente vivo.
Haruka guardó silencio, y sus dedos permanecieron unos segundos descansando sobre la última página abierta, como si quisiera conservar un poco más de todo lo que acababa de leer. Después cerró el tomo lentamente, con un movimiento suave y respetuoso. El sonido de la cubierta al encontrarse con el resto del libro resonó con calma entre los antiguos estantes, un ruido breve que enseguida se fundió con el silencio habitual de la Biblioteca.
No era un simple conjunto de hojas y tinta. Era una vida entera, millones de años de existencia resumidos entre aquellas cubiertas de cuero negro. Allí cabía un nacimiento surgido de la nada, un reino construido con palabras olvidadas, el paso por miles de mundos distintos y incontables encuentros que habían marcado su camino. Y, por encima de todo, una única pregunta que terminaría cambiando para siempre el destino de aquel ser y de todo lo que existía.
Haruka acarició con delicadeza la superficie desgastada del lomo, y una sonrisa melancólica apareció en sus labios, cargada de afecto y de la comprensión que solo quien cuida historias puede tener.
—Como siempre... terminé resumiéndolo demasiado —murmuró con suavidad.
Levantó el pesado volumen con ambas manos y caminó despacio hasta regresar al mismo rincón apartado del que lo había sacado. Con extremo cuidado lo colocó exactamente en el hueco que le correspondía, en la misma posición donde había permanecido durante incontables eras. Al instante, el polvo que había sacudido al tomarlo comenzó a posarse de nuevo lentamente sobre la cubierta, como si el tiempo mismo quisiera volver a cubrirlo hasta su próxima lectura.
Durante unos segundos permaneció inmóvil frente al estante, en una actitud que parecía casi un saludo o un respeto final. Después inclinó apenas la cabeza y habló en voz baja, como si se lo dijera tanto al libro como a sí misma.
—Hasta aquí llega la primera parte...
Sus ojos recorrieron entonces con lentitud toda la inmensidad que se extendía ante ella: filas y filas de estantes que se perdían en la penumbra, llenos de millones de volúmenes. Cada uno contenía una vida, un destino, un universo entero. Millones de historias que habían comenzado, que avanzaban o que ya habían terminado. Y, entre todas ellas, solo una seguía abierta, solo una seguía buscando su respuesta y su camino.
Haruka dejó escapar una pequeña risa, suave y tranquila.
—Ahora... ¿dónde habrá quedado la segunda parte?
Miró un estante a su izquierda, luego otro más adelante y después uno más a la derecha, con la confianza de quien conoce cada rincón de aquel lugar. Sabía que, tarde o temprano, el libro que buscaba aparecería donde debía estar, como ocurría siempre con las historias que estaban destinadas a continuar.
En ese momento, desde las alturas, se escuchó una voz clara y aguda que resonó recorriendo todos los pasillos:
—¡¡Harukaaa!!
Ella cerró los ojos por un instante, dejando escapar un suspiro de resignación, aunque no había enojo en su gesto.
—...Seguro volvió a hacer otra travesura —dijo para sí misma, mientras una sonrisa cansada pero afectuosa volvía a dibujarse en su rostro.
Sin perder más tiempo, se dio la vuelta y comenzó a caminar nuevamente entre los interminables pasillos de la Biblioteca, sabiendo que lo que fuera que hubiera hecho Luna requeriría paciencia y orden para solucionarlo.
En algún rincón apartado y silencioso de la Biblioteca, donde la luz apenas lograba llegar y el tiempo parecía detenerse por sí solo, un antiguo tomo permanecía cerrado con firmeza.
Su cubierta, igual que la del anterior, era de un color negro profundo y desgastado por los siglos, y sobre su lomo solo podía leerse una inscripción sencilla y discreta, grabada con letras que parecían hechas de la misma tinta de las historias:
Parte II
No había más títulos, ni nombres, ni explicaciones. Solo esas dos palabras, como una señal tranquila que esperaba el momento justo.
Aún no era el momento de abrirlo.
Sus páginas permanecían en reposo, guardando entre sus hojas el camino que aún quedaba por recorrer, el encuentro que cambiaría todo y el destino que estaba a punto de comenzar a escribirse. Allí permanecería, en silencio y en espera, hasta que llegara el instante en que alguien volviera a detener sus pasos frente a él y decidiera continuar leyendo.
Continuará...
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