Estoy sentado,
casi tirado en la silla de la oficina.
Es lunes.
Gris.
El tubo de luz, cansado como yo,
parece no tener muchas ganas
de alumbrar.
Titila de a ratos,
por momentos torpe,
como si también dudara
de quedarse encendido.
Por un instante
me separo del cuerpo.
Me veo desde afuera,
tirado en la silla,
leyendo,
buscando conceptos,
haciendo preguntas
sobre vos,
sobre mí,
sobre esta costumbre
de convertir los lunes
en una sala de espera.
¿Cuántos lunes más quedarán así?
Y muchos dirían que es incierto.
O no.
Podría calcular la cantidad de lunes
por los años que me quedan de trabajo,
descontando un porcentaje
por los lunes
en los que finjo que me siento mal,
posibles nuevos feriados
y un par de accidentes del calendario.
Como por ejemplo:
el día en que una hormiga se rebeló contra su fila
y en un intento de conocer el mundo más allá de esa línea delgada
que cruza el patio de mi casa, por un hecho fortuito,
descubrió una fuente de alimento tan estable
que obligó a revisar la relación histórica entre las hormigas y la especie humana.
Podrían alimentarse durante generaciones sin entrar en conflicto con nosotros.
Ya no serían una molestia, no invadirían los jardines de la casa de mi abuela,
ni las encontraría una mañana de lunes, en la que fingí sentirme mal,
hurgando mi alacena.
Habría consenso.
Y la humanidad, en un gesto un tanto obsecuente,
decidiría dictar feriado todos los terceros lunes de marzo,
en reconocimiento al día en que las hormigas encontraron la forma
de no molestarnos.
Esta cuenta me daría
un aproximado de 1167 lunes,
descontando los lunes en que...
Pero sí,
sería incierto.
Porque no estoy teniendo en cuenta
si seguiré trabajando
25 años más acá,
si mis lunes cambiarán
producto de una buena terapia
donde ya te habré superado
y no seras
el tópico de charla
de los jueves.
Esos lunes
no contarían técnicamente
como lunes apáticos.
Pero sí,
existe una respuesta
matemáticamente exacta.
Vive en algún tiempo,
descontadas circunstancias,
lunes anómalos,
posibles nuevos feriados
y tantos demases que no me alcanzan los dedos para contarlos.
Vive en un tiempo
que no es este,
y en un destino
que todavía no me tiene.
En un yo que desconozco
y al que posiblemente
no le importen
los lunes apáticos.