Si alguna vez alcancé a tocar un alma,
aunque haya sido por un instante,
con una palabra,
con una canción,
con la verdad temblando entre mis labios,
y mi frágil humanidad en mis manos,
entonces mi vida habrá tenido sentido.
¿Para qué late un corazón
si es incapaz de amar la vida?
Tal vez nació para eso:
para insistir,
para romperse,
por alguien,
por algo,
por esa necesidad tan humana
de sentir que pertenecemos.
Yo quise conectar.
Y ese deseo
fue mi perdición.
Abrí puertas que quizás
debieron permanecer cerradas.
Me quedé donde era más fácil partir.
Entregué pedazos de mí
sin saber si alguna vez volverían.
Busqué en otros ojos
algo que ni siquiera distinguía.
Y sí, me dolió.
Pero no me arrepiento.
Porque siempre pude elegir
el silencio,
la distancia,
la comodidad de no esperar nada.
Pude convertir mi corazón
en una habitación sin ventanas
y refugiarme allí,
donde nadie pudiera entrar
y nada pudiera doler,
pero tampoco florecer.
Así que insistí.
Preferí sentir demasiado
antes que entregarme a la cómoda incomodidad
de no sentir nada.
Ahora intento refugiarme en mis palabras,
no para glorificar mi discurso,
sino para encontrar en ellas
esa vieja forma de decir
lo que a veces no sabemos pronunciar:
el olvidado arte de juntar palabras,
hasta que alguna consiga
atravesar el pecho de alguien.
Porque la palabra cambia
cuando obviamos su relevancia.
Parte de crear es plasmar parte de nosotros,
con la esperanza de enviar un mensaje,
sin saber cuándo ni dónde será escuchado.
Una palabra que permanezca.
Una melodía que resuene.
La sensación de haber sido comprendido,
aunque solo haya durado un momento.
Al final,
todo termina.
También nosotros.
Y cuando todo lo vivido
se concluya con un punto final,
solo quiero que cumpla su objetivo
ante la mirada correcta.
Ante alguien capaz de mirar
más allá de mis palabras;
aunque escuetas,
quizás inexpertas,
pero nacidas de alguien
a quien le importaba compartirlas.
Entonces estaré satisfecho.
Porque habré amado.
Habré perdido.
Habré insistido.
Y alguna vez,
aunque solo haya sido por un instante,
habré alcanzado a alguien.
Porque la vida no se mide
por cuánto duramos,
sino por aquellos
con quienes logramos compartirla.
Luciano Solís Campos