Te entiendo, padre. Yo también habría deseado nacer hombre.
Lo vi en la inclinación rígida de tu espalda cuando el doctor pronunció mi sexo, en la sombra amarga que se aposentó para siempre en las comisuras de tu boca, en esa forma en que tus ojos evitaban cruzarse con los míos cada vez que intentaba levantar un saco de papas o sostener madera con una firmeza que mis puños jamás tuvieron. Arrepentimiento, padre, esa es la palabra exacta; un veneno sutil que se traga despacio, una vergüenza cotidiana por haberme sabido insuficiente desde el primer llanto, por haberme descubierto poseedora de este cuerpo tibio, curvo y blando, de hueso corto y fibra dócil, condenado a la fragilidad por el capricho biológico de la carne.
Por eso me fajaba el pecho todas las mañanas. Aprieto las vendas con rabia, tirando de la tela hasta que el aliento me falta y siento crujir el esternón, queriendo aplastar estas mamas embrionarias, borrarlas, anular cualquier rasgo que recuerde la estirpe vencida a la que pertenezco. Quería ser fuerte, padre. Lo deseaba con una desesperación física, visceral, que me hacía sangrar los nudillos contra las paredes del patio, imaginando que la fuerza era una cuestión de voluntad y no un asunto cruel de músculos e inercias. Pero al final del día, cuando me desato las vendas en la penumbra y contemplo las marcas moradas marcadas sobre mi piel, la verdad me aplasta el pecho con la fuerza de una lápida, nunca seré igual que él. Nunca tendré la densidad de su pisada, ni el eco grave de su risa, ni la anchura natural de su espalda abriéndose paso en la multitud. Él es el hijo que esperabas, el molde intacto, la continuación exacta de tu sangre; yo solo soy el desecho, la tentativa fallida, el borrador que se quedó a mitad del camino.
Y la maldición no se detiene en mí, padre. Fluye en la sangre, se contagia. Por eso sé. No quiero tener hijos. Tengo un terror absoluto a engendrar una hija, a mirarme al espejo del tiempo y ver cómo la historia se repite sin piedad. Encontraría tu mirada en mis ojos y la mía en los de ella, la misma mezcla de reproche, dolor y anhelo sofocado. La misma urgencia inútil por aplastarse el pecho, el mismo deseo amputado de querer ser fuerte en un mundo que solo nos mide por lo que nos falta. Tengo miedo, padre. Miedo de convertirme en el verdugo involuntario de otra carne frágil, de ser el espejo roto donde una niña descubra, igual que yo, que su propio cuerpo es su primera y más grande derrota.