“Yo existo en dos lugares, aquí y en donde sea que te encuentres”.
Intenté gritarte, pero el taxi al que te subiste ya se había ido y las gotas, ya gordas, no hacían más que interrumpir nuestra despedida. Nuestra, sí, como aquella vez que manchaste tu vestido añil en junio y te marchaste sin pronunciar ni un adiós, ni un hasta luego o quizás un te quiero, si yo lo recuerdo.
Cerraste la puerta con fuerza, atrapando parte de tu abrigo en el marco, pero no me dejaste ayudarte porque ya lo habías abandonado, como aquel regalo que nunca concebimos en octubre.
No quiero saber por qué decidiste dejar tu vida entera en mi placar, pero aún te espero, con mi mirada puesta en esos vientos.
...Y si la tuviste, no la usaste, porque si nos desentierro a ojo consigo un lugar en tu vuelo; con tanta risa que te ganabas, tantos chistes casi en la nada, te olvidaste de que en el florero habitaban pequeños rasgos de un marzo en Mendoza. Una mendocina casi que abusiva, tirándome al río más callado, susurrando un lento rezo.
Pero te creo, en cada calle con velo, paseando por la avenida más grande que conociste, tratando de guardar mil secretos mientras barrías penas de borrachos con tu sombrero.
Atte.: Un amor de abril.
Lieri.