Tenía un regalo frente a mí,
una bendición que no miré.
Estaba tan ciega que no la vi
hasta que yo misma la alejé.
Cuando estaba a punto de perderla,
fue que de verdad la aprecié.
Mientras se alejaba, me di cuenta
de que fue por lo que algún día tanto oré.
Me cegó el orgullo, mas vi mi error;
nada merezco, mi buen Señor.
De mi orgullo me arrepentí,
y en mi angustia volví a Ti.
Si lo dejas, Señor, lo valoraré;
si lo quitas, Padre, Te alabaré.
Al entregarme, Su gracia venció:
Y en Su gran amor, mi Dios lo dejó.