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arenaFina

Aguita con el cantinero pidiendo música justo después de eso :(

Aguita con el cantinero pidiendo música justo después de eso :(

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Estaba sentado en el umbral de la bodega de Don Alfonso tallando con mi vieja navaja un pequeño trozo de madera, pasando el tiempo en aquel pueblo olvidado de Dios donde nunca pasa nada, cuando vi allá a lo lejos una seca nube de polvo llanero de las que anuncian la llegada de algún perdido en la inmensidad de aquella sabana. No era uno, fueron treinta los hombres que pasaron sin mirarme, cansados, perdidos, como treinta fantasmas que marchan al final de su destino. Se veían lejanos, distantes, con aquellos ojos secos envueltos en la sucia máscara de sus rostros marchitos. En un orden  desordenado su fueron bajando de sus bestias flacas y hambrientas como sus amos. Los vecinos se fueron acercando con aquella curiosidad campesina que delata sus miradas. Barbados, sucios, alucinantes, con las ropas rasgadas y las botas cansadas de tanto fragor humano, nos preguntaban dónde estaban y si le podíamos ofrecer agua y alimentos. La gente conmovida los auxilió con lo poco que tenían y podían. Se tiraron en cualquier lugar a descansar aquella larga travesía. Todos los veíamos  incrédulos por tan inesperada visita. Y cuando estábamos ya de regreso a los ranchos sentimos un tropel salvaje y vimos asombrados una espesa nube de polvo que se acercaba velozmente. Eran los federales. Unos cincuenta o más porque no los pude contar. Llegaron y con la misma le dieron bala y fuego de metralla a los indefensos fantasmas del camino. Luego voltearon grupas y se marcharon en silencio dejándonos en medio de aquel cementerio. Así fue. Y dónde pasó esa vaina, pregunto uno de los oyentes. Y yo le contesté que había ocurrido en el pueblo de San Casimiro, por la cañada del Cobre, más allá de la finca de Don Gonzalo Estupiñán. El desconocido escupió la mascada de tabaco, la pisó y se marchó hacia la puerta de la taberna. Todos quedaron en silencio. Y entonces, el cantinero gritó: que siga la música y se oyó a la banda entonar el corrido de San Casimiro…

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Estaba sentado en el umbral de la bodega de Don Alfonso tallando con mi vieja navaja un pequeño trozo de madera, pasando el tiempo en aquel pueblo olvidado de Dios donde nunca pasa nada, cuando vi…

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