El patio de entrada de la academia comenzó a llenarse de estudiantes, todos avanzaban con una cadencia casi militar, esperable para cualquier aprendiz de caballero de Valoris. Todos menos Camila Leofric, quién llevaba la falda subida hasta el límite del reglamento, su camisa estaba desabotonada en la parte superior, su corbata estaba mal amarrada, llevaba un simple bolso de cuero colgando en el costado de la cintura y llevaba su chaqueta sobre el hombro, sujeta del cuello con dos dedos. Su expresión era indiferente ante los muros blanquecinos ornamentados en yeso de la academia y su andar garboso era el mismo que si se dirigiera a buscar el pan.
¿Que si conocía la Academia Valoris? ¡Claro que lo sabía! Que si era una escuela para jóvenes talentos, que había sido fundada en los albores del Imperio de Lucina, que si de ahí sólo salían los mejores… y claramente, obviando el último punto, todo eso le importaba un absoluto rábano.
Subió las escaleras con breves saltos, adelantando al resto de estudiantes, que a ojos de Camila parecían más enfocados en ir con la espalda erguida que en avanzar. Llegó pronto a la explanada de entrada y atravesó el enorme portón abierto para los estudiantes. Hubo murmullos de asombro que hicieron vibrar el pasillo.
De improviso, la aglomeración de alumnos empezó a abrirse como el mar ante la roda de un barco. Entre los estudiantes que se apartaban surgían rumores y palabras urgentes. “Aparten”, decían “es Euric Albano, el primogénito del duque. Quiten de en medio”.
De entre la masa de estudiantes emergieron tres más. A plena vista no eran distintos a los demás, llevaban el mismo uniforme negro con rojo y dorado de Valoris. Pero el resto de estudiantes sabían de la importancia que tenía uno de ellos.
Era un muchacho alto y rubio, de ojos azules, y ostentaba su uniforme escolar de hombros abullonados con tal porte cual el de un soldado. Lo flanqueaban una muchacha de cabello oliva, con el uniforme arreglado de forma religiosa; y un muchacho de cabello púrpura de mirada caída, ambos con sus espadas de práctica al cinto que les hacían parecer auténticos guardaespaldas. Euric Albano parecía contento del efecto que generaba su mera presencia.
Todos los estudiantes se apartaron ante el avance del heredero. Todos excepto una chica, quién le daba la espalda, ofreciéndole una vista de su larga melena rubia rojiza. Para colmo, la chica caminaba con tal calma que interrumpía el paso apresurado de Euric.
— ¡Eh, tú! ¡Aparta de en medio! — Ordenó la chica de pelo oliva.
La de cabello rubio giró con parsimonia sobre sus talones, apareciendo pronto su rostro a través de las hebras. Unos ojos azul turquesa se posaron sobre los ojos verdes de la escolta, era la cara del que era abordado por un vecino ruidoso.
— ¿No crees que le falta algo a tus palabras? — Dijo con voz desganada. — ¿Un “por favor” tal vez?
La frente de la peliverde se arrugó tras esas palabras, haciéndola entrecerrar los ojos.
— No te estás enterando de nada ¿Cierto? — preguntó evidentemente malhumorada la escolta, antes de señalar al rubio. — Éste de aquí es Euric Albano. Hijo mayor y favorito del duque Albano, una de las personas más importantes del Imperio de Lucina, y estás en medio de su camino ¿Tienes idea de lo que eso implica?
Las palabras de la peliverde hizo que una sonrisa altiva se formara en los labios de Euric. En cambio la rubia reaccionó de otra forma: Conteniendo un bostezo.
— Mira… chica. Por mí tu amigo puede ser hijo del duque o del panadero de la esquina. — La sonrisa de Euric se borró de su cara. La joven siguió hablando. — Pero en mi casa me enseñaron a que las cosas se piden con educación y cortesía, no solamente porque otro lo decide por su cara bonita ¿O es que acaso al duque se le olvidó enseñarle a su hijito algo de modales?
La mandíbula de la peliverde se tensó visiblemente y sus puños se cerraron con fuerza.
— ¡Estúpida insolente! — Exclamó mientras llevaba la mano a la empuñadura de su espada.
— Julianna, quieta. — ordenó Euric ya cuando la espada de la peliverde estaba casi desenvainada. Con un gruñido, la tal Julianna volvió a enfundarla mientras el rubio daba un paso al frente. — ¿Siempre acostumbras a ser así de impertinente, señorita? — preguntó mientras erguía la espalda.
Camila se encogió de hombros.
— ¿Siempre acostumbras a que la gente te obedezca sólo por ser el niño bonito del duque? — Respondió indiferente.
— ¡Jajaja! ¡Buen intento! — Dijo con una risa presuntuosa que a Camila le dió grima. — Si tu intención es que los dignos herederos de la gallarda nobleza luciniana pierda los nervios por la insolencia de una plebeya, mejor te será desistir. Mi magnanimidad no cede ante provocaciones banales.
— Muy lindas palabras, su majestad. — Replicó Camila en tono sardónico. — ¿Te las enseñó tu institutriz antes de abandonar tu casa?
Hubo un silencio mientras Euric miraba a la desgreñada, sin perturbarse por sus palabras, o al menos fingiéndolo muy bien.
— Julianna, Bastián. Vámonos de aquí, no desperdiciemos el tiempo en alborotadores. — Dijo mientras giraba sobre sus pies, mirando sobre el hombro a Camila. — Ya se encargarán las autoridades de la academia de bajarle los humos.
Los tres dieron un rodeo y echaron a andar con el paso del que quiere aparentar una victoria, aunque Julianna dedicó una mirada acusatoria de soslayo a la rubia mientras la dejaban atrás.
Camila se limitó a sonreír despreocupada, despidiéndose de Julianna moviendo los dedos. La peliverde apartó la vista molesta y continuó andando.
La desgreñada, aún con su sonrisa en la cara, se giró para seguir su camino. Mientras se alejaba, decenas de ojos le seguían, primero en silencio y luego en susurros que oscilaban entre la alarma y la admiración. “¿Has visto eso?” Decía uno “acaba de medir al hijo del duque”.
La joven estaba girando en un pasillo hacia la derecha cuando sintió que alguien se le acercaba para abordarla, lo que hizo que mirara de soslayo.
Era un chico, de cabello castaño largo peinado de forma descuidada hacia atrás, ojos verde lima, llevaba su uniforme arrugado y cuando percibió la mirada de la chica pegó un respingo antes de dar un paso hacia atrás.
— ¿Si? — preguntó Camila mientras miraba al chico.
— Emmm… Disculpa. — Dijo el chico rascándose la nuca. — Solamente quería decirte que me has sorprendido, no esperaba que alguien en su primer día le hablase así a Euric.
Camila arqueó inmediatamente la ceja.
— ¿Es acaso amigo tuyo? — Preguntó suspicaz.
— ¡No, no, no! ¡Ni mucho menos! — Exclamó de inmediato levantando los brazos, antes de acercarse y susurrar cerca del oído de la chica. — Entre nos, no he conocido a nadie en toda la academia que le simpatice, salvo Julianna. Sólo que nadie se ha atrevido a decirle nada al respecto. — Dijo antes de guiñar el ojo conspiradoramente. — Al menos nadie hasta ahora.
Camila entonces sonrió.
— Igual no creo que sea para tanto. — Dijo antes de seguir andando, el chico la siguió caminando a su lado. — Un choque de realidad no debería de ir mal.
— Para los miembros de la alta nobleza si les sienta como un tiro. — Comentó el chico, rascándose el cogote de la cabeza. — Ya a Euric Albano lo conoces, hijo del duque y todo eso. La que casi te saca la espada era Julianna Montano, su padre creo que es general del imperio. Y el otro, chico que se quedó como pasmarote, es Bastián Ferrante y es sirviente de los Albano. — Volvió a susurrarle al oído a la chica. — Procura no subestimar su calma y buscarle problemas, sólo eso te diré.
— Vaaale… — dijo despreocupada la chica mientras se descolgaba la chaqueta y se la ponía sobre los hombros. — ¿Y tú tienes nombre, chico raro?
— ¡No digas lo de raro en voz alta, que me delatas! — Dijo riéndose el muchacho. — Soy Sisco Velajada, por cierto.
— ¿Eres hijo de alguna casa noble, Sisco Velajada? — Preguntó la chica, finalmente girando la cabeza para verlo.
— ¡Je! Lo único que heredé de mi familia fue un viejo grimorio, y encima rayadísimo. — Respondió el muchacho con un encogimiento de hombros.
La muchacha sonrió.
— Soy Camila Leofric. — Le dijo tendiéndole la mano. — Un gusto conocerte.
Los dos jóvenes siguieron caminando hasta llegar al patio interior de la academia. En el centro se encontraba una estatua de mármol que representaba a un hombre y una mujer, cada uno rodeando la cintura del otro con el brazo mientras sujetaban cada uno una espada en sus manos libres.
Camila y Sisco avanzaron por el camino hecho de patrones geométricos de cerámica. El muchacho iba hablándole de lo que iban viendo en la academia haciendo gesticulaciones, mientras Camila caminaba con la cabeza apoyada en sus manos, juntadas tras la nuca.
— La estatua de allí representa a la Pareja Gallarda. — Dijo mientras señalaba el centro del patio. — ¿Sabes esa historia?
— No me suena. — dijo la chica con aparente desinterés, aunque igual no quitaba los ojos del chico.
— El hombre es Alvare Saetano, y la mujer se llamaba Desperta Castellan. — Empezó el chico a gesticular con un brillo en los ojos. — Hace siglos, un tirano revivió a un demonio poderoso que puso a Lucina, en ese entonces un pequeño reino. Las huestes avanzaron hasta los dominios de los Castellan y los invadieron, el conde Alvare fue enviado para ayudar ante el inminente asedio.
— ¿Fue suficiente su ayuda? — preguntó curiosa Camila.
— Apenas. El primer asalto fue contenido y las defensas habían quedado maltrechas, sin embargo los demonios quedaron tan tocados que no se atrevieron a otro asalto por un buen tiempo. Y en ese tiempo Alvare y Desperta hicieron más fuerte su vínculo, y eventualmente se enamoraron uno del otro.
— ¿Se enrollaron en medio de un asedio? — preguntó desconcertada la chica. — Pfft… pues menudo concepto de romance el de esos dos.
— A ver, tampoco es que tuvieran otro sitio. — Respondió el chico alzándose de hombros.
Camila guardó silencio unos segundos antes de asentir.
— ¿Y qué pasó después con los tortolitos? — preguntó la chica.
— Aunque Desperta y Alvare se amaban intensamente, no perdieron de vista que su misión era proteger la plaza. — Prosiguió Sisco. — Sin embargo, después del primer asedio se daban cuenta que no aguantarían otro asedio, y sabían que era cuestión de tiempo que intentarían otro ataque. Apenas tenían hombres para resistir, aunque el reino enviase refuerzos no llegarían a tiempo y estaban rodeados, por lo que evacuar no era una opción, aparte que el orgullo de caballero de los dos no permitiría la huida si llegase la hora.
Sisco de adelantó y alzó dramáticamente la mano al cielo, extendiendo los dedos.
— Entonces pidieron ayuda a Doron, Dios de la Luz. Clamaron por ayuda para destruir a los demonios. — La mano de Sisco se cerró como si aferrase algo. — Y la ayuda llegó en la forma de dos espadas: Distira y Txinparta. La primera la llevó Alvare, y la segunda fue blandida por Desperta. Ambos animaron a los soldados ondeando las espadas, inflamaron sus ánimos y éstos asaltaron el campamento principal de los sitiadores. Hicieron añicos a las fuerzas demoníacas y salvaron no sólo la plaza, sino al reino del grueso de la invasión.
— ¡Dale ya! — Exclamó incrédula Camila mientras arqueaba la ceja. — ¿Y qué fue lo siguiente? ¿Que el rey demonio salió y se disculpó formalmente con la parejita y se ofreció a oficiarles la boda?
Sisco bajó la mirada y le dedicó un ceño fruncido a la chica.
— Vale, si. Esa parte es confusa ¿Vale? — Dijo con algo de molestia la voz. — Trato de darle epicidad a ver si se disimula un poco, no es mi culpa que los bardos no se pongan de acuerdo.
Camila le dedicó una sonrisa, aunque la duda no abandonó su rostro.
— Y dime ¿Qué pasó con los tortolitos? — Preguntó.
— Bueno, luego de evitar la invasión ya no había nada que impidiese que estuvieran juntos. — Dijo Sisco recuperando el brillo en los ojos. — Se sabe que se casaron y se sabe que tuvieron hijos, durante años fueron admirados por salvar al reino de la invasión demoníaca. Y después de eso no se sabe mucho más, aunque la familia real imperial dice descender de la Pareja Gallarda.
— Bueno, supongo que eso se acerca a un final feliz. — Dijo la chica encogiéndose de hombros, aunque levantando la vista hacia la estatua que representaba a la pareja.
Pronto un ruido invadió el patio e hizo voltear a ambos muchachos: El de una vidriera haciéndose añicos, y a través de ella alguien salió volando hasta caer girando sobre el césped. Se trataba de una chica de cabello dorado y orejas de zorro, quién se estaba poniendo de pie cuando una mole emergió de la vidriera destrozada, avanzando a una velocidad que contradecía su tamaño.
Se trataba de un tipo de cabello corto marrón, ojos morados y vestido con un uniforme de la academia que apenas entraba en su inmensa musculatura. Su mandíbula cuadrada estaba tensada y las venas de su grueso cuello se veían hinchadas mientras se acercaba a la chica zorro, agarrándola del cuello y levantándola sobre su cabeza.
— ¿¡Te crees que es gracioso lo que haces!? ¿¡Eh!? — Le gritaba mientras ponía la cara a centímetros de la chica zorro. — ¿¡Acaso me crees tan lerdo!? ¿¡Quién te has creído, sucia alimaña extranjera!?
— Yo… lo siento… juro que… lo siento… — Decía mientras la chica se agitaba con el rostro desencajado, con dificultad por la tenaza que tenía en el cuello.
— ¿¡Que lo sientes!? — Gritó el grandulón. — ¡Ya te digo yo que lo vas a sentir en serio, estúpida!
— ¡Oh, rayos! ¡Es Guille El Toro! — Exclamó alarmado Sisco en paralelo a la situación.Empezando a girar en dirección a Camila. — Yo creo que deberíamos marchar…
No llegó a terminar la frase, ya que Camila se estaba quitando la chaqueta y se la echó encima al muchacho, quién la atrapó contra su pecho con los brazos. Poco después ella le arrojó su bolso, el cual éste atrapó a duras penas.
— Sujétame ésto, ahora regreso. — dijo la chica escuetamente antes de empezar a andar a zancadas en dirección a Guille El Toro.
— ¡Eh, Camila! ¡Detente! — Gritó Sisco con alarma, Camila no se detuvo.
La joven avanzó con rapidez, apartando con los brazos al tumulto que comenzaba a formarse de forma brusca y sin ceremonia para luego llegar a una distancia de diez pasos del gigantón.
— ¡Eh, novillo! — Exclamó la chica mientras recogía las mangas de su camisa, haciendo que la mole girara la cabeza, los ojos morados de éste clavándose en ella con una ceja arqueada. — Voy a hacerte una propuesta, amigo. Tú dejas a esa chica en paz y yo me ahorro darte una paliza aquí mismo. — Tras subirse las mangas de la camisa, la chica empezó a tronarse los nudillos. — Lo de dejarla en paz no es negociable.
Se hizo un silencio sepulcral en el patio interior de la academia.