Nunca dejaré de quererte, pero ya no iré detrás de ti.
Y quizá esa sea una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar.
Porque no me voy porque hayas dejado de importarme. No me voy porque de repente todo lo que sentía desapareció. Me voy precisamente porque todavía siento, pero entendí que no quiero seguir viviendo de lo poco que estás dispuesto a darme.
Ya no quiero esperar tus momentos de atención.
Ya no quiero conformarme con las palabras que aparecen de vez en cuando, con los acercamientos cuando te nace y con las ausencias que después tengo que aprender a justificar.
No quiero seguir recogiendo las migajas de un amor que yo estaba dispuesta a entregar completo.
Porque merezco algo más que momentos.
Merezco reciprocidad.
Merezco sentir que alguien también quiere estar, que no tengo que perseguirlo para recibir un poco de cariño, ni preguntarme constantemente si todavía existe un lugar para mí.
Así que sí, puede que nunca deje de quererte.
Puede que durante mucho tiempo todavía haya una parte de mí que te recuerde con cariño y que, de vez en cuando, se pregunte qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Pero ya no voy a ir detrás de ti.
No voy a convencerte de quedarte.
No voy a pedirte que me des un lugar que debería nacer de ti.
Y si te dejo ir, no es porque lo que sentí haya sido mentira.
Es porque finalmente entendí que querer a alguien no significa aceptar cualquier cosa con tal de tenerlo cerca.
A veces también amar es saber cuándo detenerse.
Y esta vez, aunque duela, voy a elegir dejarte ir.
No porque ya no te quiera.
Sino porque ya no quiero seguir viviendo entre las migajas de tu amor.