La verdad, ya ni siquiera me decepciono.
Llega ese momento en el que pasa algo que antes te habría dolido muchísimo y ahora solo piensas:
“Ah… ¿otra vez? Jajaja, bueno, no pasa nada.”
Y no sabes si reírte porque ya te lo esperabas o preocuparte porque quizá te acostumbraste demasiado a que ciertas cosas pasaran.
Antes buscaba explicaciones.
Preguntaba qué había pasado.
Intentaba entender por qué alguien podía hacerme sentir así.
Ahora simplemente observo.
No porque ya no me importe nada, sino porque aprendí que hay comportamientos que se explican solos cuando se repiten demasiadas veces.
A veces dejar de decepcionarnos no significa que nos volvimos fríos.
Significa que finalmente dejamos de esperar de alguien aquello que tantas veces nos demostró que no podía darnos.
Y quizá ese “bueno, no pasa nada” no sea indiferencia.
Quizá sea la tranquilidad de saber que esta vez ya no voy a perderme intentando entender a alguien más. 💜