En este breve ensayo pongo a dialogar Foucault ( Vigilar y castigar); Fernando Ulloa (La cultura de la mortificación) y Byung-Chul Han ( La Sociedad del cansancio)
4.07.26
Vigilancia, mortificación, cansancio. Tres diagnósticos. Tres autores. Tres miradas sobre lo mismo: un sistema de control que ya no necesita rejas porque tiene algo mucho más eficaz: la precariedad.
Pero hay algo que estos diagnósticos iluminan con particular crueldad cuando miramos a través de la lente de la perspectiva de género: la violencia no es solo estructural—es también íntima, corporal, letal.
Las mujeres vivimos estos tres mecanismos simultáneamente, pero atravesados por una violencia adicional que es, al mismo tiempo, sistemática y "naturalizadísima". Estamos vigiladas—no solo por algoritmos, sino por miradas, por comentarios, por la exigencia constante de ser "apropiadas", de sonreír, de estar disponibles, pero no tanto para no parecer putas. Esa vigilancia es tan antigua como el patriarcado y tan contemporánea como un comentario en Instagram diciéndole a una mujer qué puede o no hacer con su propio cuerpo.
Estamos mortificadas—sin valentía para protestar porque el costo es aún mayor. Porque si una mujer reclama en el trabajo, la tildan de "difícil". Si rechaza un trabajo precario, pierde el ingreso. Si denuncia abuso, enfrenta revictimización. Si se organiza, la acusan de "feminazi", de "estar enojada", de "no tener sentido del humor", de pasarse no se cuantos pueblos.
La encerrona trágica de Ulloa se profundiza para nosotras: dependemos de lo que nos maltrata (trabajo, pareja, familia) y sabemos que protestar significa riesgo, aislamiento, o peor: desaparición.
Y estamos cansadas—del doble trabajo (formal e informal), del trabajo emocional no remunerado, del cuidado de otros que nos asigna el género. Cansadas de una sociedad que nos quiere agotadas para que no nos organicemos. Cansadas de que nuestra mortificación se disfrace de "naturaleza femenina", de que nuestro cansancio se nombre "depresión" en lugar de "explotación", de que nuestra rabia se medique.
Y luego está la violencia. La que no cabe en teoría pero que es el ancla material de todo esto.
Estos días, mientras yo escribía y rescribía esto, todos vimos los cuerpos. Vimos las fotos de mujeres asesinadas por sus parejas, por hombres que dijeron amarlas. Vimos femicidios que son noticia una semana y luego se desvanecen en el timeline. Vimos en redes sociales a mujeres diciendo "podría haber sido yo", "conozco a alguien así", "esto me pasó". Y nos damos cuenta de que la vigilancia, la mortificación y el cansancio no son solo síntomas de opresión económica—son infraestructura que permite la violencia de género.
¿Cómo? De múltiples formas:
La vigilancia patriarcal nos atrapa: desde niñas aprendemos que somos responsables de la mirada de otros, de la seguridad de otros, de contener emocionalmente a otros. Ese adentro constante, esa vigilancia internalizada, nos deja sin recursos para identificar cuándo algo es abuso. Cuando está normalizado, no se ve como violencia—se ve como "amor posesivo", como "cuidado", como "interés".
La mortificación nos silencia: estamos tan ocupadas sobreviviendo (trabajando, cuidando, siendo productivas, siendo "agradables") que no tenemos energía para nombrar lo que nos pasa. Y cuando lo nombramos, se nos silencia de nuevo: "exagerás", "está celoso porque te ama", "qué esperas con esa ropa". La queja sin protesta de Ulloa se vuelve especialmente peligrosa para nosotras cuando es una queja sobre violencia que permanece privada, invisible, no colectivizada.
El cansancio nos deja inermes: un cuerpo agotado no puede huir, no puede luchar, no puede organizarse. El cansancio del que habla Han—ese que fragmenta, que aísla—es particularmente letal cuando es el cansancio de una mujer en relaciónes abusivas. Porque además del cansancio del trabajo, está el cansancio emocional de gestionar a alguien que la lastima. El cansancio de fingir que está bien. El cansancio de elegir cada día si se va o se queda.
La precariedad nos atrapa aún más: si una mujer es precaria economicamente, abandonar una relación violenta significa perder el techo, el acceso a recursos, la estabilidad. Ulloa lo llamaría una encerrona trágica de segunda orden. No solo depende del trabajo que la explota—depende de un hombre que la daña. Y ambas cosas se refuerzan.
Lo que vemos en estos últimos días—femicidios mediáticos, reclamos en redes, el 3J como fecha de convocatoria—es que las mujeres estamos tratando de romper esa mortificación, de convertir la queja en protesta, de colectivizar lo que durante décadas fue privado y silencioso.
Pero hay algo que el sistema necesita que entendamos: la violencia de género no es una desviación, no es un problema de hombres "malos". Es funcional a un sistema que necesita mujeres vigiladas, mortificadas, cansadas. Un sistema patriarcal que funciona exactamente como el sistema de control que describimos: a través de la precariedad, la autoculpa y la fragmentación.
Por eso no podemos separar la lucha contra la violencia de género de la lucha por condiciones económicas dignas. No podemos separar la lucha por desmantelar la vigilancia patriarcal de la lucha por desmantelar todos los dispositivos de control. Porque están hechos del mismo material.
Entonces: ¿qué significa nombrar esto ahora?
Significa reconocer que la mortificación no es solo una consecuencia de la precariedad laboral. Es también el silencio sobre la violencia intrafamiliar, sobre el abuso, sobre la desigualdad en el trabajo doméstico, sobre los femicidios que se repiten. Significa entender que el cansancio de las mujeres no es depresión química que se resuelve con medicación—es cansancio de un sistema que nos quiere domesticadas.
Significa que no alcanza con "tomar conciencia". Alcanza cuando esa conciencia se vuelve colectiva. Cuando la queja se convierte en organización. Cuando dejamos de culpabilizarnos individualmente por lo que nos pasa y comenzamos a ver las estructuras que nos atrapan.
Eso es lo que está pasando estos días. Eso es lo que el 3J representa: no solo un reclamo por justicia ante femicidios específicos, sino un nombramiento de todo el sistema que los hace posibles.
Esta columna no resuelve nada. Pero nombrar es el primer acto de resistencia. Ahora sabemos cómo se llama lo que nos pasa. Ahora podemos empezar a reconocernos—no solo en el malestar individual, sino en la violencia estructural que nos atraviesa.
Y ahí, en ese reconocimiento colectivo, empieza la posibilidad de organizarse.
Porque lo contrario de la mortificación no es el optimismo individual. No es la medicación. No es la "autoayuda" feminista que nos promete que podemos todo si nos lo proponemos.
Es la organización colectiva. Es el reconocimiento de que no estamos locas, no somos débiles, no fallamos—estamos siendo controladas, explotadas y, en los casos más extremos, asesinadas.
Y eso, todavía, está por transformarse. El abordaje porque claro ahí micrositaciones que se van construyendo tal vez desde eso no desde la mortificación desde el silencio siempre es cómplice totalmente y también pensar esto porque siempre pensamos en la violencia de género y pensamos De dónde sale esa violencia de género no Y pensamos en esto un hombre que también es mortificado en sus instituciones o sus organizaciones y ahí traigo una frase que me interesó mucho de Rita Segato que dice: "el hombre que tiene que arrodillarse, someterse en el trabajo frente a su patrón, frente a quien lo oprime; entonces la única forma que tiene para reconstituirse el macho es la violencia hacia las mujeres" y luego pienso en la segunda mitad del siglo XX que es cuando aparecen los grandes feminismos frente a la presión de los feminismos y y la consolidación de todos estos movimientos hay un hombre completamente herido después de Las Guerras mundiales y de la conciencia que significó la derrota, no a derrota de tal o cual país sino la derrota del ser humano frente a la imposibilidad de evitar la destrucción masiva, porque la derrota es que haya nacido o que haya existido nazismp y el fascismo. También ahí hay una herida que se reaviva en cada circunstancia donde somos mortificados vigilados y castigados.
Lic. María Laura Collivadino Navarro
Docente e Historiadora- Comunicadora- Facilitadora Gestáltica