Ese día la hermana Soledad llevó a todas las novicias del convento a un día de río. Estaban por tomar los hábitos y le pareció justo que las chicas disfrutaran un día de sol. En el río no había nadie y hacía calor. Se sentaron en la orilla a la sombra de los árboles. Frente a ellas había una piedra grande. La hermana comenzó a hablar y las chicas le dijeron:
—Hermana, hermana, vamos a nadar, pero no hemos traído malla.
—No importa —respondió ella—, bañémonos desnudas.
La hermana no vio ningún inconveniente, se desnudaron y comenzaron a bañarse. Después de una hora, cansadas, se sentaron a la sombra y ella dijo:
—Bueno, chicas, ¿de qué quieren hablar?
Una de ellas dijo:
—Ay, yo siento calores entre mis piernas, hermana, ¿Cómo puedo calmar eso?
Las otras comenzaron a reírse y otra dijo:
—Eso se calma con los dedos, una buena paja.
La hermana se ruborizó, pero poniéndose seria, dijo:
—Es bueno que pregunten, porque el cuerpo que Dios nos dio es sagrado y merece ser conocido y comprendido. Ese calor que sientes es algo natural: responde a la vida, a la juventud, a la sangre que corre con fuerza. No es algo malo, ni algo de lo que debas avergonzarte. Sentir no es pecado. Lo que sentimos es parte de nuestra naturaleza. Lo que importa es cómo lo vivimos y cómo lo cuidamos. Nuestro cuerpo tiene sus propios ritmos, sus propias señales: nos avisa cuando descansa, cuando necesita alimento, y también cuando desea cariño, cercanía, cuando se siente viva.
—¿Y por qué se siente ahí, entre las piernas, más fuerte que en otras partes? —preguntó una tercera.
—Porque allí hay muchas terminaciones nerviosas, zonas especialmente sensibles, creadas para que la mujer sienta placer, protección y vida. No hay nada de malo en reconocerlo. Cada una de ustedes es distinta: unas sienten más, otras menos, en momentos diferentes. Todo eso forma parte de lo que son.
—¿Y cómo nos calmamos? —preguntó otra.
—Cuando ese calor se siente fuerte, hay formas suaves y respetuosas de acompañar al cuerpo —explicó la hermana—. Respira hondo, camina un poco, lávate la cara con agua fresca, ocupa la mente en algo que te llene el corazón. Y si la sensación persiste, tus manos pueden acompañarte con ternura, sin prisa, con respeto. No hay culpa en cuidar de sí misma. El cuerpo necesita ser tratado con dulzura, y eso nos pertenece.
— Una paja seria? Escuché hablar de aparatos o de frutas como el banano, la berenjena o la zanahoria… ¿es eso cierto? —se atrevió a decir una novicia. las risas estallaron entre las jovenes
—Esas cosas existen —respondió con calma—, pero no convienen. Los alimentos no están hechos para entrar en el cuerpo: pueden lastimar, irritar o traer bacterias. No son seguros. Lo mismo con aparatos: nos alejan de nosotras mismas. En cambio, nuestras manos son nuestras, saben nuestro ritmo, no cuestan nada y no lastiman si las guiamos con cariño. Conocerse no necesita nada extra.
—O sea que es mucho más sano y seguro calmarnos con nuestras manos —dijo una chica—, y si lo deseamos, compartirlo con alguien.
—Las manos propias son siempre el camino más seguro —aclaró la hermana—. Pero compartir esa intimidad con otra persona es algo grande: hay que esperar al momento justo, a la persona correcta, y estar segura de verdad. No hay prisa. El corazón sabe esperar.
—Bueno —dijo una novicia con una sonrisa—, el día que lo desee lo haré con algún muchacho. Si es necesario, dejaré los hábitos. Todo depende, ya lo veremos.
Las chicas se rieron y volvieron a bañarse, desnudas y libres, bajo el sol. Eran todas mujeres, todas amigas, todas compartían el mismo techo. Estaban a resguardo y se sentían dueñas de sí mismas.
Sin embargo, ni la hermana ni las novicias sabían que frente a ellas se alzaba una gran piedra hueca por dentro. Se llegaba sumergiéndose un poco en el agua y aparecía en un vestíbulo amplio y fresco. Allí dentro estaba Francisquito, un muchacho que ya no era niño. Las veía a todas y escuchaba cada palabra. Veia sus entrepiernas con el vello que cubría la entrada a sus vulvas Su cuerpo reaccionó cuando vio a la Monja a cargo y sin que pudiera evitarlo y, con vergüenza pero sin poder contenerse, se llevó la mano a sí mismo hasta dejar un rastro sobre la pared de roca.
Las chicas se vistieron y regresaron al convento. Francisquito volvió a su casa, pero una idea le daba vueltas sin parar. Un día, al ver pasar a Verónica, una de las novicias, se acercó:
—Hola, tengo algo que decirte. Estuve escondido en la piedra y escuché todo. Guardaré tu secreto si tú guardas el mío. No diré una palabra. Pero también escuché que te gustaría conocer la cercanía de alguien… y a mí me gustas mucho. Déjame mostrarte ese lugar.
Verónica dudó, pero no encontró maldad en sus palabras. Al día siguiente, con el pretexto de hacer unos recados, se encontraron y caminaron juntos hasta el río. Él le indicó cómo entrar y llegaron al refugio secreto. Allí hablaron, rieron, y poco a poco se abrazaron y se besaron con ternura. Sin prisa, con respeto, el muchacho la desnudo con mucho cuidado y la comenzó a besar en todo el cuerpo, al llegar a su entrepierna beso y lamio esa vagina palpitante que desbordada su liquido y se entregaron el uno al otro. Ella no sintió dolor, solo una plenitud cálida y dulce. Cada orgasmo la novicia sentía que estaba en el paraíso Compartieron dos horas de dicha y cariño, y al salir sellaron una promesa: volverían a encontrarse y dejarían que el destino decidiera su camino.
Verónica estaba feliz, pero el secreto la atormentaba y fue a buscar a la hermana Soledad. Le confesó todo con el corazón en la mano. La hermana la escuchó sin reproches y le dijo con dulzura:
—Gracias por confiar en mí. No te culpes. Lo que sientes no es malo. Ahora tómate tu tiempo, piénsalo bien sin miedo. Verás qué pesa más en tu corazón: si la vida de oración y silencio, o esa dicha que te hace sentir viva de una manera nueva. No tienes que decidirlo hoy. Tu respuesta nacerá de lo que más te llene, sea cual fuera el camino.
Verónica la abrazó agradecida. Se dijo para sí misma:
—Me tomaré mi tiempo. Pensaré bien cada cosa sin prisa. Veré qué pesa más: si los rezos o la dicha que sentí. El tiempo me dirá cuál es mi verdad.
Y así, con el corazón en paz, dejó que el día terminara, sabiendo que cualquier decisión que tomara, la tomaría con sinceridad y sin culpas.
La hermana Verónica se dijo para si, creo que entre sus rezos y los orgasmos pesaran mas los últimos, se rio para adentro y continuo su camino.