En mi escuela hay muchos niños,
que juegan, ríen y quieren aprender,
pero a veces una palabra
puede hacer llorar sin querer.
No te burles de otro niño
por su forma de hablar o vestir,
todos somos diferentes,
y eso nos hace compartir.
Si alguien está solito,
no lo dejemos atrás,
acércate, dale tu mano
y dile: «Ven, conmigo estarás».
Si ves que alguien está sufriendo,
no te quedes sin hablar,
busca a un maestro o a un adulto,
ellos te pueden ayudar.
Las palabras dejan huellas,
aunque no se puedan mirar;
una palabra puede herir,
pero otra puede sanar.
Y si alguna vez me equivoco
y hago llorar a un compañero,
pedir perdón con el corazón
me hará ser mejor que ayer.
A los niños y a los grandes
hoy les quiero recordar:
nadie merece ser maltratado,
todos merecemos respeto y paz.
Porque una escuela más bonita
no se construye con ladrillos:
se construye cuando aprendemos
a cuidar nuestros corazones.
Y si tú ves una injusticia,
no tengas miedo de ayudar;
cuando uno alza la voz por otro,
el mundo empieza a cambiar.
Autor: Amado Ferreira