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Un aliento de supervivencia Sensible

XavierBlackfort
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Todo comenzó en 1937. Por aquel entonces, comenzaban a crecer las tensiones entre los países que años más tarde terminarían enfrentándose en una nueva guerra mundial. Yo era apenas niña que llevaba…

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Contenido de la publicación

Todo comenzó en 1937. Por aquel entonces, comenzaban a crecer las tensiones entre los países que años más tarde terminarían enfrentándose en una nueva guerra mundial. Yo era apenas niña que llevaba sobre sus hombros el peso de una infancia que había perdido algo que todavía no alcanzaba a conocer.

Yo vivía en Liverpool, una ciudad de Inglaterra que sufriría las devastadoras consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y de todo aquello que esta traería consigo. Mi familia no fue la primera en ser afectada en aquel entonces. Vivíamos bien, en un barrio tranquilo de clase media. Aun recuerdo que teníamos muebles de alto valor, instrumentos de las mejores confecciones, comida para todo el pueblo, servicio de limpieza una vez al mes y muchas más comodidades que no logro recordar. Mi hermano era Thomas Blackwood un soldado ejemplar, fuerte como un burro e igual de inteligente que uno. Mi padre era Arthur Blackwood, un músico famoso y compositor de música clásica. Y mi madre era Shirley Blackwood, una cocinera reconocida que durante su trabajo se iba a vivir cerca del palacio de Buckingham donde trabajaba.

Yo, por otra parte, era una niña de solo 3 años con una niñera que parecía ser mi hermana mayor. A donde fuera me llevaba y donde ella estuviera yo estaba. Mi vida era bonita y satisfactoria, un pasado bonito, un presento alegre y un futuro prometedor.

¿Quién se lo habría imaginado?

En 1938, mi papá ya estaba más en la casa que en otras ocasiones, y mi hermano estaba menos que antes. Ahora mi niñera llevaba comida, ropa, agua, armas y municiones al sótano de nuestra casa, mamá escribía un recetario y maneras de prender fuego controlado para cocinar.

Había hombres entrando a nuestro sótano, traían palas y picos, salían llenos de polvo y con las palas rotas en la punta «¿Qué estaban haciendo» me preguntaba cada mañana cuando entraban y cada noche cuando salían. Ahora ya comprendo que estaban reforzando el sótano.

En la noche del primero de octubre de 1938, mi hermano se reunió a hablar con papá. Aun no sé de que estaban hablando, posiblemente de la cesión de los sudetes a Alemania para que ya no se expandiera, o algún trato injusto que nunca se nos reveló a los civiles.

A tres habitaciones de mi cuarto, hubo una charla que no conocí hasta tiempo más tarde.

— Papá, temíamos que Alemania siguiera expandiéndose, así que tuvimos que ceder los Sudetes.

—Thomas, por Dios —dijo Arthur, al tiempo que golpeaba la mesa.

—No entiendes, padre. Lo hicimos para evitar una guerra. Pensamos que, si cedíamos los Sudetes, Alemania detendría sus reclamaciones territoriales.

—¿Y no has considerado que podrían estar aprovechándose de nosotros para conseguir un territorio más?

Thomas guardó silencio. Luego sacó un documento firmado. En él figuraban las garantías y compromisos asumidos bajo la promesa de preservar la paz entre las potencias europeas.

Arthur lo observó durante unos segundos.

— ¿Y qué esperan hacer si atacan? ¿Atacarlos de vuelta y ya?

Se acercó a la mesa y clavó un cuchillo sobre el mapa. Varias rutas habían sido trazadas sobre Europa, señalando posibles avances de las fuerzas alemanas.

—Porque una vez que comiencen a avanzar —continuó Arthur—, no habrá un papel firmado que pueda detenerlos.

Después de eso mi familia paso todo un año en carreras, haciendo todo lo que pudiera, mi yo de 4 años aún no comprendía en que situación nos encontrábamos, veía a mi hermano salir todas las madrugadas y volver con cara de muerto en las tardes. Aunque no había guerra, algo no olía bien, parecía que hubieran miles de muertos en las calles limpias de la ciudad, y el ambiente se sentía tan pesado con cada paso de mi hermano en las noches, que era imposible cenar con calma en el estómago.

Una mañana de un 25 de agosto de 1939 recuerdo a todos los soldados corriendo hacía el cuartel, ver a mi hermano salir corriendo, caer y ser pisado por varios soldados mientras el permanecía acostado, esperando el momento para ponerse de pie, pues el constante pisoteo lo lastimaba cada que trataba de ponerse de pie. Unos 3 o 4 minutos después un soldado se detuvo para ayudarlo y llevárselo casi cargado, pues tenía un dolor en sus piernas que no lo dejaba correr.

Ya en el cuartel empezaba la discusión que decidiría el rumbo de los próximo seis años.

— ¡ATENCIÓN SOLDADOS! Nuestro equipo de investigación extranjera nos informa que han habido avistamientos alemanes dentro de Polonia, esto nos hace pensar que lo intentarán invadir. Ya enviamos una advertencia, esperamos le hagan caso. — Dijo el General con sudor en las manos, palidez en los ojos y temblor en sus piernas.

— Pero señor ¿Y si no hacen caso a la advertencia? — Replicó un soldado al tiempo que se acercaba al estrado, asustado y con pañuelo de su hija en las manos.

— Será la guerra más mortífera que la humanidad haya visto y vaya a ver. Tenemos que estar preparados para pelear. — Esa habitación se volvió en un lugar de llantos y de sufrimiento, todos los soldados sabían que podían ser el blanco perfecto para Alemania, Italia y Japón.

— Lamento tener que decirles esto, pero no pueden advertirle a sus familias, tienen que quedarse aquí. — Dijo el coronel, sosteniendo en su mano derecha la foto de su hija pequeña con su esposa.

Los soldados gritaron tan fuerte, que personas que se encontraban hasta tres kilómetros de distancia pudieron escucharlos. Eso me incluye a mi y a mi familia.

Esa noche mi hermano no llegó a casa, no hubo gritos a tres habitaciones de mi cuarto, no hubieron armas bajando, no paso nada más que lo habitual, la casa se sentía vaciá, parecía que iba a caminar e iba a salir un espíritu sin paz de la nada. «¿¡Dónde está Thomas!?» Era lo único que se escuchaba por la casa, aparte del llanto de mamá y los gritos de papá. « Cuando venga va a ver.» Decía después papá.

Pasaba un día, luego dos, luego cuatro y al quinto día encontramos a Thomas, que lastima que él no se dio cuenta…

Lo encontraron con una soga al cuello, colgado de un árbol de manzanas, donde estaba posada una bella paloma blanca. Y lo perturbador no fue solo encontrar a él, cuando vieron más allá de donde encontraron a Thomas habían cientos de cadáveres de soldados que no pudieron con la noticia y la advertencia sobre la invasión de los nazis a Polonia, pues ellos tenía seguro algo, que nosotros no en su momento, y era que ellos sabían lo que se venía.

El día de su funeral lo vi, ya no era tan fuerte como antes y su sonrisa ahora era un recuerdo que se iba a borrar, podía ser tonto y torpe, pero nos hacía reír a todos en la casa. «Eras fuerte como un burro, pero un poco más inteligente que uno» es lo único que pienso ahora cuando recuerdo a mi hermano.

Nosotros al menos tuvimos la suerte de encontrarlo completo, hasta donde tengo entendido algunas familias encontraron cadáveres a la mitad, algunas los encontraron en estado de putrefacción. Y otras nunca encontraron a los enfermos que violaron a los cadáveres de sus hijos. Que triste que eso no era lo peor que íbamos a vivir.

A la mañana siguiente el ruido de los soldados era peor, pues esta vez estaban secuestrando muchachos mayores a 15 años con buena condición física para mandarlos a la guerra, esto debido al suicidio colectivo ocurrido antes. Los ruidos de balas, de madres rogando que no se llevaran a sus hijos, oficiales gritando y a los niños gritando y llorando para no irse. Todo pasaba tan rápido y tan violentamente. Para tener solo 5 años comprendía bien que estaba pasando y el miedo de todos era evidente, los soldados no actuaban solo por ordenes, tenían miedo que por ser menos perdieran la guerra.

— Sabía que esto iba a pasar, se lo dije a ese estúpido, hubiera ido donde el general a detener esa operación. Tal vez Hitler ya tendría una bala entre sus cejas y la nariz chorreando sangre sobre su estúpido bigote. — Gritaba Arthur por toda la casa.

Parece que por esas fechas Polonia ya había sido invadida por Alemania. Dos días después de eso las calles estaban vacías. Mi madre salió a hablar con una vecina que dejaba flores en la calle.

— Señora Maya ¿Qué pasó? ¿Porqué tira flores en el suelo?

— Enviaron a nuestros hijos a la guerra, Alemania invadió Polonia y ahora hay algún cadáver de algún niño en el suelo. Dejo estas rosas en símbolo de condolencias.

Quien sabe que habrá pensado mi mamá en ese momento.