Tus ojos son marrones
como café recién hecho en las mañanas de invierno,
calientan mis manos sin tocarme
y me despiertan el alma antes que el sol.
Son marrones como tierra mojada
después de la lluvia en Jujuy,
profundos, fértiles,
donde me dan ganas de sembrar promesas
y verlas crecer despacio.
Son marrones como miel al sol,
se vuelven dorados cuando te reís,
dulces cuando me mirás en silencio
y me dicen todo sin decir nada.
En ellos se pierde el apuro del mundo.
Me pierdo yo.
Y encuentro casa.
Encuentro un lugar donde el tiempo
no corre, se queda a tomar mate con nosotros.
Tus ojos son marrones como madera vieja,
fuertes y pacientes,
con vetas de historias que aún no me contaste
pero que ya quiero escuchar toda la vida.
Si el amor tuviera color,
sería el de tu mirada.
Ese marrón que abraza,
que no juzga,
que se queda aunque el día esté gris.
Por eso cuando me preguntan
dónde está mi lugar favorito,
yo digo:
"Entre esos dos pedacitos de chocolate
que me miran y me llaman por mi nombre
sin abrir la boca"