No me invadas en la silenciosa turbación de tu mirada, que me muero. En este suspiro eterno, en este ruego de pasión desesperada, en este pobre corazón que palpita ansioso en espera, por fin, de un aliviado te quiero.
Ayúdame a pensar que estamos juntos en el mismo juego, en la misma nave, en la misma celda atados por el mismo miedo. Que estamos en la única isla que arrulla el mar en el invierno. Que somos luz, que juntos huiremos hasta el lejano confín del firmamento.
Amado mío, no soy tu Julieta ni tú mi Romeo. No te angusties, que soñador marchas al esperado encuentro. Vete en paz, así lo espero y que te guie la luz de mis luceros. El amor se manifiesta de extrañas maneras y hoy es tu cadalso, marcha sin miedo.
Altivo, arrogante, como un gigante caballero de las mil batallas y en todas siempre el primero, pero hoy amado mío, no esperes más, que te acompaña el sabio duende del misterio.
Y desde la cinematográfica distancia del mar embravecido se vieron una mano, unos dedos congelados y una angustiosa despedida hundiéndose en la profundidad del mar océano…