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Susana, Malena y Juliana Sensible

Rulo1948
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Susana tenía 18 años, era joven y linda. Acababa de empezar el primer año del profesorado de Historia, una materia que le apasionaba. Justo hacía apenas una semana que había cortado con su novio,…

Contenido de la publicación

Susana tenía 18 años, era joven y linda. Acababa de empezar el primer año del profesorado de Historia, una materia que le apasionaba. Justo hacía apenas una semana que había cortado con su novio, después de dos años de relación. Estaba triste, claro que sí, pero se había dicho a sí misma que la vida continuaba. Ese sábado tenía una fiesta a la que había sido invitada, y decidió ir: quería distraerse, sentirse bonita, volver a empezar.

Por eso fue primero a la peluquería, y como le faltaban hacerse las uñas, le recomendaron a Malena, que trabajaba en su casa en un barrio cercano. Sacó turno, fue hasta allá, y la recibió Malena, una chica hermosa, cálida, con una sonrisa natural y tranquila. Se sentaron cómodamente y Malena comenzó a trabajar en sus uñas con mucha delicadeza. Mientras lo hacía, empezaron a charlar de cosas simples, de esas conversaciones de chicas que fluyen solas.

En un momento dado, Susana la miró con admiración y le dijo:

—Qué joven y linda sos… ¿Tenés novio?

Malena la miró a los ojos, sonrió con total naturalidad y le respondió:

—No tengo novio. Tengo novia. Me gustan las chicas.

Susana se quedó boquiabierta, sorprendida, sin saber qué decir al instante. Malena notó su asombro de inmediato y le preguntó con suavidad, sin ofenderse:

—¿Algún problema? ¿No te caemos bien las lesbianas?

—¡No, no, no! —se apresuró a decir Susana, sincera y amable—. Todo bien, de verdad. Es solo que… me sorprendiste, amiga. No me lo esperaba, eso es todo.

Malena la miró con una sonrisa comprensiva y le preguntó con suavidad:

—¿Y qué sabías vos de nosotras, de las lesbianas?

Susana se sonrojó un poquito, pero fue totalmente sincera:

—Casi nada, amiga. Sé que se gustan entre ustedes, nada más. Te soy sincera: entre mis amigas a veces salen bromas… dicen cosas como que "pan con pan, comida de tonto", y nos preguntábamos cómo hacen para tener sexo, cómo se satisfacen si no hay hombre… cosas así, sin saber. Pero te juro que no tengo ningún prejuicio, al contrario. Me da curiosidad, nada más.

Malena soltó una carcajada cálida, divertida y le apretó suavemente la mano que tenía entre las suyas:

—¡Ay, mi amor! Qué inocente sos… y qué refrescante. No hay "pan con pan", hay dos personas que se quieren, se desean, y se aman. Y en cuanto a cómo hacemos… déjame decirte algo: nadie conoce el cuerpo de una mujer mejor que otra mujer. Nosotras sabemos exactamente dónde tocar, cómo, cuándo… no hay adivinanzas, no hay errores. Solo hay placer compartido.

Susana respiró hondo, se armó de valor y miró a Malena a los ojos, con esa mezcla de timidez y curiosidad que solo la inocencia puede tener:

—¿Me lo vas a explicar bien, sin burlarte de mí? —le pidió con voz suave—. Porque de verdad no tengo ni idea.

Malena sonrió, le acarició suavemente la mano y le dijo:

—Nunca me burlaría de vos. Preguntá lo que quieras, que yo te respondo con toda la verdad.

Susana tragó saliva y empezó:

—Bueno… ¿dónde lo meten? Si no hay pene, ¿cómo hacen? ¿De verdad se puede gozar igual? ¿O es solo para complacer a la otra? ¿Y qué es eso de "comerse la torta"? ¿Es algo asqueroso o es lindo? ¿Se besan ahí abajo también? ¿Y usan los dedos? ¿Duele? ¿Se puede acabar muchas veces seguidas? ¿Y la tijera qué es? ¿Cómo lo hacen?

Malena se rio suavemente, con esa picardía dulce que tenía, y le explicó todo despacio:

—Tranquila, mi amor, te lo explico todo, de a poco. Mirá: no necesitamos nada que nos falte. Tenemos todo lo que necesitamos, porque somos mujeres y sabemos lo que nos gusta. Tenemos nuestros dedos, que son suaves, cálidos, y saben exactamente dónde ir. También tenemos nuestra boca, nuestra lengua… y eso es más íntimo, más nuestro, que cualquier cosa. No hay que "meter" nada para disfrutar. El placer está en todas partes, no en un solo lugar.

—¿Se puede gozar igual? Mi amor… te voy a ser sincera: nosotras gozamos más. Mucho más. Un hombre puede durar minutos… nosotras podemos durar horas. Y como nos conocemos tan bien, casi siempre las dos acabamos. Siempre.

—Lo de "comerse la torta" es lo más hermoso que existe. Es cuando una mujer besa, lame y acaricia con su boca esa parte íntima de la otra. No es asqueroso… es delicioso. Es como darle el cielo a la otra persona con tu boca. Se besa ahí abajo sí, se lame, se chupa… y eso hace temblar todo el cuerpo.

—Los dedos son maravillosos. Entran despacio, acarician por dentro, encuentran ese punto que hace ver estrellas… y no duele, nunca duele si se hace con amor y paciencia. Y sí… se puede acabar muchas veces seguidas. Una, dos, tres veces… cuantas veces el cuerpo pida.

—La tijera… esa es una de las posiciones más ricas que tenemos. Se llama así porque las dos se acuestan una al lado de la otra, enfrentadas, y abren y cruzan las piernas como si fueran las hojas de una tijera. De esa forma, sus partes íntimas quedan pegaditas, una contra la otra, y se mueven despacio, frotándose, sintiéndose, mojándose juntas. No hay nada entre medio… solo piel contra piel, calor contra calor, mujer contra mujer. Y se siente cada temblor, cada latido, cada gota que se desborda.

Susana estaba confundida, profundamente confundida. Mientras escuchaba a Malena explicar todo con tanta naturalidad y dulzura, sentía cosas raras que le recorrían el cuerpo: un calorcito que le subía por las mejillas, un cosquilleo en las manos, y una sensación extraña, suave y nueva, instalándose entre sus piernas. No entendía qué le estaba pasando.

Malena le terminó de dar los últimos toques a las uñas, las dejó hermosas, brillantes, perfectas. Susana le abonó, se levantó un poco inquieta, sin saber si irse o quedarse. En ese momento, el teléfono de Malena sonó con un mensaje. Lo leyó, levantó la vista y le sonrió:

—Me cancelaron la próxima cita. Ya no tengo más clientas por hoy. Así que… te puedes quedar a charlar, si querés. Porque yo veo que no solo tienes cosas que preguntarme… tienes cosas que estás sintiendo y no entendés.

Susana ya no se contuvo. Dejó caer el bolso al suelo, dio un paso hacia adelante, rodeó con sus brazos el cuello de Malena y la abrazó y la besó con toda la pasión que estaba acumulando en su pecho. Fue un beso torpe, ansioso, pero lleno de deseo genuino, el primer beso que le daba a una mujer, y sintió que todo su cuerpo temblaba al instante.

Malena le correspondió con ternura y pasión a la vez. La abrazó fuerte, sintiendo cómo la muchacha temblaba entre sus brazos, y cuando se separaron para tomar aire, le acarició la mejilla con suavidad y le dijo al oído:

—Bueno, mi amor… vamos a mi habitación. Vas a tener un debut como corresponde. Pero escúchame bien: si en algún momento es mucho para vos, me lo decís y paramos. No pasa nada, no te juzgo, no te presiono. Todo a tu ritmo. Y te aclaro algo más: yo con mi novia tenemos una relación abierta, así que somos libres. Podemos hacer el amor sin culpas, sin miedos. Voy a ser cuidadosa con vos, bebé. Te voy a hacer gozar como nunca nadie te hizo gozar, y te voy a aclarar todas tus dudas, una por una.

Malena tomó a Susana de la mano, suavemente, y la condujo hasta su habitación. Era un cuarto cálido, con luces tenues, sábanas suaves y un aroma dulce y femenino que lo llenaba todo. Cerró la puerta detrás de ellas y se quedó mirando a Susana, que estaba de pie, temblando levemente, con las manos entrelazadas sobre su falda.

—Respirá, mi amor —le susurró Malena, acercándose despacio—. Aquí no hay nadie más que nosotras. Nadie te va a juzgar. Nadie te va a apurar. Solo nosotras, descubriéndonos.

Susana la miró a los ojos y vio en ellos solo dulzura y deseo puro. Entonces Malena se acercó más, la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. Se besaron de nuevo, pero esta vez más despacio, más profundo. Malena abrió los labios y Susana hizo lo mismo, y sus lenguas se encontraron por primera vez, suaves y tibias, explorándose con curiosidad. Susana sintió que las rodillas le flaqueaban: nunca un beso le había provocado tanto calor, tanto estremecimiento.

Malena fue desvistiéndola con una lentitud exquisita. Primero le sacó la blusa, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo: sus hombros, su clavícula, sus pechos jóvenes y firmes. Cuando Susana quedó completamente desnuda, se sintió tentada de cubrirse, pero Malena le tomó las manos y le susurró:

—No te escondas. Sos hermosa. La mujer más hermosa que he visto.

Entonces Malena se desvistió también, y Susana la miró con ojos grandes y asombrados: un cuerpo suave, curvilíneo, perfecto. Malena la acostó con cuidado sobre la cama, se acostó a su lado y comenzó a recorrerla con sus manos y su boca. Empezó por sus labios, bajó por su cuello, besó sus pezones hasta que Susana arqueó la espalda y gimió suavemente, y siguió bajando, despacio, besando su ombligo, sus caderas, sus muslos internos… cada vez más cerca de ese lugar que Susana nunca había dejado que nadie viera, ni tocara.

—¿Puedo? —le preguntó Malena, con la respiración cálida rozando sus labios íntimos.

—Sí… por favor… sí —gimió Susana, abriendo las piernas temblorosas.

Malena no dudó. Besó primero suavemente, apenas un roce de sus labios contra esa piel sensible, y Susana dio un respingo y un gemido ahogado. Luego, con infinita delicadeza, introdujo su lengua. La recorrió de abajo hacia arriba, rodeó su clítoris con la punta, lo succionó suavemente, y Susana sintió que el mundo se le iba. No sabía que podía sentirse así: un fuego dulce que crecía y crecía, que la hacía menearse, que la hacía pedir más sin saber qué era lo que pedía.

—¡Ay, Malena… qué rico… qué rico es eso! —lloraba Susana, con las manos en el cabello de ella, empujándola suavemente hacia sí—. No pares… por favor, no pares…

Malena no paró. Sabía exactamente lo que hacía. Alternaba su lengua con sus dedos: introdujo dos dedos dentro de Susana, despacio, suave, y la acarició por dentro mientras con su boca trabajaba por fuera. Susana se arqueó entera, temblando, mojándose cada vez más, y entonces llegó el primer orgasmo de su vida: una ola que la recorrió de punta a punta, que la hizo gritar el nombre de Malena, que la dejó temblando, sin aire, completamente rendida.

Pero Malena no se detuvo. Esperó a que recuperara el aliento, y le susurró al oído:

—Eso es solo el principio, mi amor. Ahora te toca a vos. Quiero que aprendas. Quiero que sientas lo que yo siento.

Se acomodaron en la posición de la tijera: una al lado de la otra, enfrentadas, cruzando las piernas de modo que sus sexos quedaron pegaditos, piel contra piel, húmedos y calientes.

—Frotate contra mí, despacio —le indicó Malena con voz ronca de placer—. Así… suave… ahora más… sentime, Susana. Sentí cómo me mojás. Sentí cómo te mojo yo.

Se movieron juntas, lentamente al principio, luego con más urgencia. Cada roce era fuego puro. Se besaban mientras se frotaban, se abrazaban, se gemían al oído. Susana descubrió que esa fricción, esa intimidad sin barreras, era aún más intensa que lo que había sentido con la boca. Se sentían tan unidas, tan una…

—Ahora probá mis labios, mi amor —le dijo Malena, llevando la mano de Susana entre sus propias piernas—. Tocame como te toqué a vos. No tengas miedo. Soy tuya.

Susana, temblando pero ansiosa, introdujo sus dedos en Malena. Sintió esa humedad, esa calidez que la esperaba, y empezó a imitar lo que Malena le había hecho a ella. Descubrió que le encantaba: sentir a otra mujer disfrutar por su causa, escuchar sus gemidos, verla arquearse de placer bajo su mano. Se sentía poderosa, deseada, completa.

—Así… así, mi amor… sos increíble —gimió Malena, tomando la mano de Susana y guiándola—. Más profundo… más rápido… sí… así voy a acabar… sí…

Y Malena acabó, apretando la mano de Susana, temblando contra ella, y eso excitó a Susana aún más. Se volvieron a besar, se abrazaron, y Malena le dijo:

—Ahora hacemos sesenta y nueve. Vos sentís mi boca, yo siento la tuya. Las dos al mismo tiempo. ¿Te animás?

—Sí… con vos todo me animo —respondió Susana.

Se acomodaron una sobre la otra, cabeza entre las piernas de la compañera. Y fue el momento más mágico de todos. Susana sintió la lengua de Malena sobre ella mientras ella misma lamía y saboreaba a Malena. Se guiaban con sus manos, se enseñaban mutuamente, se daban placer al mismo tiempo, compartiendo el aliento, el sabor, los gemidos. Susana aprendió que el sabor de una mujer es dulce y salado, cálido y adictivo. Aprendió que hacer gozar a otra mujer da más placer que recibirlo. Aprendió que podía acabar una y otra vez, sin cansarse, sin límite.

Esa tarde Susana tuvo tres orgasmos, cada uno más intenso que el anterior. Malena la guió, la cuidó, la enseñó todo lo que había querido saber y mucho más. Cuando terminaron, se quedaron abrazadas, desnudas, entre las sábanas revueltas, con el cuerpo cansado pero el corazón rebosante.

Se quedaron abrazadas mucho rato, escuchando los latidos del corazón la una de la otra. Susana ya no era la misma chica que había entrado esa tarde: se sentía mujer completa, segura, radiante. Se vistió despacio, con una sonrisa que no se le borraba, y antes de irse le prometió a Malena que volvería. Y volvió. Al día siguiente, y al otro, y al otro.

Al principio se veían en secreto, en la casa de Malena, entre las uñas y las charlas que se convertían en caricias, besos, y horas de amor entre las sábanas. Susana descubrió que no podía pasar un día sin verla, sin tocarla, sin sentirla. Era como si hubiera encontrado una parte de sí misma que no sabía que le faltaba.

Pero la pregunta que flotaba siempre estaba ahí: ¿y la novia de Malena?

Una tarde, mientras descansaban entrelazadas, Susana se armó de valor y preguntó:

—Malena… ¿tu novia sabe de mí? ¿Sabe lo que tenemos?

Malena la miró con sinceridad y le acarició el rostro:

—Sí, lo sabe. Su nombre es Juliana. Hace dos años que estamos juntas, y desde hace un año tenemos esta relación abierta. No es que no nos queramos… es que nos queremos tanto que no queremos encerrarnos. Creemos que el amor no es una cadena. Juliana sabe que yo te amo, sabe que te deseo, y… bueno, hay algo que te tengo que decir. Ella quiere conocerte. Me pregunta por vos todos los días. Dice que de tus fotos se ve hermosa, dulce… y que le gustaría verte, saber si también le gustás a ella.

Susana sintió que el corazón le daba un vuelco, pero unos días después dijo: sí, quiero conocerla.

El encuentro fue en una cafetería tranquila. Juliana era hermosa, distinta a Malena: más alta, con el cabello corto y una sonrisa cálida y directa. Al principio hubo timidez, pero Juliana rompió el hilo enseguida:

—Malena te adora. No deja de hablar de vos. Y mirándote… entiendo perfectamente por qué. Sos preciosa.

Esa noche Susana se quedó a dormir con ellas. Y fue la noche más hermosa de su vida. No hubo competencia, no hubo celos. Solo hubo amor compartido. Malena la guió, Juliana la adoró, y Susana descubrió que ser amada por dos mujeres al mismo tiempo era algo que no tenía nombre: dos bocas besándola, dos pares de manos recorriéndola, dos lenguas haciéndola volar, dos cuerpos fundiéndose con el suyo. Aprendió a dar placer a dos mujeres a la vez, a estar entre las dos, a ser el centro de ese amor compartido. Descubrió que podía amar a las dos, de formas distintas pero igual de profundas.

Con el tiempo, la relación se consolidó. No eran dos, eran tres. Vivían cada una en su casa, pero compartían casi todos los fines de semana, y muchos días entre semana. Iban a fiestas juntas, viajaban, se apoyaban en los estudios y en el trabajo. Susana terminó el profesorado de Historia, y sus dos amores estuvieron en su graduación, tomadas de la mano, orgullosas. No ocultaban lo que eran: tres mujeres que habían elegido amarse libremente, sin miedos, sin reglas absurdas.

La gente miraba, claro que miraba. Algunos juzgaban, otros no entendían. Pero a ellas no les importaba. Habían encontrado algo más raro que el amor: la libertad de amar sin poseer. Y así, Susana que había llegado un día solo a hacerse las uñas, se quedó para siempre, no solo con unas uñas hermosas, sino con dos amigas, dos amantes, dos compañeras de vida que le enseñaron que el amor no tiene formas, ni números, ni etiquetas. Solo tiene corazón. 💛