Al fondo de una cueva gigantesca se encuentra una chica de pelo castaño y ojos negros.
En su apariencia nada es destacable**;** su pelo desordenado y las oscuras manchas bajo sus ojos hacen que su simple apariencia se vea sucia y miserable.
Así se llamaba aquella muchacha**:** miserable.
Se escondía de los agraciados y bellamente vestidos pobladores del pueblo Quimbaya.
Los cuerpos del poblado se veían decorados con ostentosos vestidos, coronas, joyas y antifaces deslumbrantes.
Las flores eran el principal decorado y accesorio de las vestiduras. Colores y formas había por escoger.
El exceso de coloridos botones silvestres era tanto que desperdiciarlos parecía casi una pérdida de tiempo.
Y vaya que eso solo le garantizaba y confirmaba a la pobre mendiga miserable que salía de vez en cuando para negociar con sus ropajes mediocres que apenas cubrían sus heridas**—algo de alimento—:** que solo era la desgraciada y humillada miserable mendiga pobre del pueblo.
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Abro los ojos y veo mi techo. Es de un color rojo con tintes de negro. La pedí así, pues vi en una película -que vi hace un tiempo- una estética igual, y le pedí a mis padres que me compraran un empapelado similar.
Miro a la derecha y veo la pared, que definitivamente necesita algo de pintura. Pero mis padres bien dijeron que no había dinero, así que habría de hacerlo más adelante. En fin, no es como si yo no pudiese ir a comprar la pintura; después de todo, tengo dos meses de ahorro. Pero siempre se me ocurre que podría usarlo para algo más, así que nunca termino de comprarla.
En fin, me levanto de mi cama y poso mis pies en el suelo, una vez más con menos ganas de seguir que ayer. Pero pienso con algo de optimismo: definitivamente hoy no es lo mismo que ayer; hoy es un nuevo día.
Camino hacia mi guitarra y abro un cuaderno. Pienso en qué escribir. En fin, no es como que haya tomado clases de guitarra por diez años para dejarla tirada como si nada.
Empiezo con el primer acorde y trazo unos dos más. Suena bastante decente, así que lo escribo. Me veo sumergida en mi propio mundo e imagino, en un futuro, cómo esta canción va a ser, en definitiva, lo más escuchado y lo primero en tendencias. Me emociono y paso el resto de la mañana a hilar más acordes.
Pasa un rato. Después, mucho más. Y no hallo ningún acorde que vaya con el principio de la canción. Me siento desesperada, sin idea de qué hacer. En definitiva, no puedo comenzar de nuevo la canción. Tarde por lo menos casi media mañana para escribir tan solo esos tres acordes.
Prendo mi teléfono para intentar despejar mi mente, y veo la notificación de que ha salido una nueva temporada de mi serie favorita. Sin espera, oprimo el botón de play y pongo toda mi concentración en la trama. Por fin la protagonista iba a obtener su tan ansiado objetivo despues de mucho tiempo.
Sin darme cuenta, me vi toda la temporada y ya eran las 2 a.m. Miro a mi alrededor y noto que estoy en mi cama nuevamente, abrigada con mi mejor cobija. La guitarra que estaba en mis manos hace un momento se encuentra descuidadamente en el suelo, con sopa desparramada -de, al parecer, el almuerzo que me trajo mi madre.
Maldigo en voz alta al estúpido teléfono. En definitiva, nuevamente es un día perdido, todo por su culpa. Y pienso, en definitiva, que el peor día para la humanidad no fue el inicio de la Segunda Guerra Mundial, sino el día que se les ocurrió pasar de teléfonos fijos a táctiles. Lo dejo cuidadosamente en el mueble de al lado.
Me vuelvo a levantar e intento, sin nada de éxito, limpiar mi guitarra. Pero qué fatalidad: ahora tiene una mancha gigantesca que está desparramada sobre toda la caja. La toco y respiro. Bien, al parecer, por lo menos aún funciona. Aunque, definitivamente, no puedo siquiera considerar mostrar esta guitarra en la facultad. Solo mostraría lo descuidada que soy a la hora de cuidar mis instrumentos.
En fin, suspiro con tristeza y desánimo. Es la tercera guitarra destruida del año. Mis padres, de seguro, me van a matar.
Con resignación, vuelvo a encender el teléfono y busco por esta página donde todo lo que compras es una ganga. "Así por lo menos no me van a echar de casa", pienso más tranquila. Miro todas las opciones, y ninguna me gusta. Pasa el tiempo y el sueño se asoma. Así que miro la hora con pereza: las 3 a.m., al parecer.
En fin, no es como que tenga que madrugar. La clase de la señora Amanda es en la noche.
Me acuesto, cierro mis ojos, esperando poder dormir un poco antes de que pensamientos de inutilidad por no haber podido escribir siquiera la mitad de una canción decente me atacen...
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Mañana será un día nuevo, pienso con un poco de optimismo.
Proverbios 4:23