-Soy el culpable de tu posible entendimiento. Permíteme solucionarlo —me dice, mientras me extiende la mano, a la espera de mi reacción.
Esos ojos verdes que realzan su mirada seductora hacen que me resulte imposible negarme. Extiendo mi mano y la tomo.
Apenas nuestras palmas se encuentran, comenzamos a correr hacia la sala inicial. Una vez junto a los espejos, optamos por sentarnos. Él me acomoda de manera que quedo frente al espejo.
-(Se acerca a mi oído). Enuncia tu recuerdo a medias —me pide Salvador, logrando tranquilizarme.
Cierro los ojos. Siento cómo el aire desciende hasta mis pulmones y vuelve a ascender, llenándolos por completo.
Adriana, ten cuidado.
La voz comienza a resonar en mi interior.
—Permítete recordar, manifiesta tu memoria. Libérate de las tensiones y deja tu mente en blanco para que el recuerdo regrese a ti.
Escucho atentamente a Salvador. La voz de mi recuerdo se intensifica:
Ten cuidado.
Repito las palabras una y otra vez. El tono es grave, ligeramente temeroso. Poco a poco, alcanzo a distinguir su vestimenta: lleva un vestido largo y blanco, y me extiende la mano.
Adriana, ten cuidado.
Sin embargo, la voz no proviene de la persona que tengo frente a mí. Estoy segura de ello. Pertenece a un hombre. Es la voz de mi padre.
Creyendo que eso es todo lo que conseguiré recordar, comienzo a abrir los ojos, pero, una vez más, la voz de mi padre irrumpe en mi mente:
Ten cuidado y ve con Alma.
Abro los ojos, frunzo el ceño y miro a Salvador. Por la manera en que se me queda viendo, entiendo que lo deje confundido.
- ¿Cómo ha ido? ¿Pude ayudarte? - me dice con un tono esperanzado
No sé si me sirvió de algo que ese recuerdo volviera. Es insignificante; creo que le di demasiada importancia. Apenas recuerdo estar en mi antigua casa. Opto por guardarme el resto.
—Lo primordial es que me facilitaste las cosas, ayudándome a recordar. Te debo una —digo entre risas.
—Me siento encantado de ayudarte y hacerte las cosas más sencillas. Las horas pasan rápido. Ambos necesitamos descansar —responde Salvador, dando unos pasos hacia mí.
Observo cómo se acerca. Me aparta un mechón de cabello y deposita un beso en mi mejilla a modo de despedida. Después, se aleja.
Cuando compruebo que realmente se ha marchado, comienzo a preguntarme si aquel recuerdo puede servirme de algo. De niña solía tener niñera; es posible que se tratara de una de ellas y que mi padre simplemente me estuviera dando permiso para salir a pasear en su compañía.
Tal vez estoy dándole demasiada importancia, inventando posibilidades, aferrándome a la ilusión de encontrar algo más. Con la facilidad que tengo para crear historias, como las que escribo en mi cuaderno personal, resulta demasiado sencillo dejar volar la imaginación.
Al menos he conseguido recordar algo más, algo que no sea nuestra última conversación. Por esta noche es suficiente. Sé que todavía no me siento preparada para enfrentar lo que me espera entre las páginas de esos libros. Mucho menos después de lo sucedido hoy. No, esta noche no. Ya he tenido suficientes revelaciones.