Sentí que me mirabas con amor.
O al menos eso fue lo que yo quise creer.
Había algo en tu manera de mirarme que me hacía pensar que sentías lo mismo que yo. En esos momentos, no necesitaba que dijeras nada; yo encontraba respuestas en tus ojos, en tus gestos, en la forma en la que te acercabas a mí.
Y me aferré a eso.
A esa sensación de que quizá, detrás de todo, también había algo que no te atrevías a decir.
Pero con el tiempo empecé a preguntarme si realmente estaba ahí.
Si de verdad me mirabas con amor o si era yo quien necesitaba encontrar amor en tu mirada porque eso era lo que quería recibir de ti.
Quizá confundí cariño con amor.
Quizá interpreté pequeños detalles como señales porque necesitaba creer que significaban algo más.
Y qué difícil es aceptar esa posibilidad.
Porque cuando quieres mucho a alguien, a veces no ves las cosas como son, sino como deseas que sean.
Tu corazón completa las partes que faltan. Convierte una sonrisa en una señal, una mirada en una confesión y un momento bonito en la esperanza de que algún día todo pueda convertirse en algo más.
Y quizá eso hice contigo.
Quizá ese amor que sentí en tu mirada nunca estuvo realmente ahí.
Quizá lo inventé yo.
Pero aunque haya sido así, lo que yo sentí sí fue real.
Y tal vez eso sea lo que más cuesta aceptar: que algo puede haber sido verdadero para ti, aunque nunca haya significado lo mismo para la otra persona.
Así que ya no quiero preguntarme qué había en tus ojos.
Prefiero aceptar que quizá nunca lo sabré.
Porque a veces no necesitamos descubrir si alguien nos miró con amor.
A veces solo necesitamos aprender a distinguir entre lo que realmente recibimos…
y lo que nuestro corazón necesitaba imaginar.