Solemos andar por la vida con una tarjeta de presentación invisible en la mano. Cuando nos preguntan quiénes somos, echamos mano inmediatamente del repertorio que tenemos más a la vista: nuestra profesión, nuestros roles familiares, nuestros pasatiempos o las cosas que nos gusta consumir. Decimos "soy arquitecto", "soy deportista", "soy una persona ansiosa" o "me apasiona la lectura".
Construimos un personaje convincente con base en lo que hacemos, lo que nos gusta y las historias que nos contamos sobre nuestro pasado. Pero todas esas definiciones son externas a nuestra verdadera naturaleza; son construcciones, capas protectoras, armaduras que nos ayudan a movernos por el mundo.
La pregunta inevitable es: si por un momento te despojas de tus logros, de tus responsabilidades, de tus preferencias e incluso de tu memoria... ¿qué o quién queda ahí?
La respuesta no es el vacío, aunque a primera vista pueda dar esa sensación. Lo que queda cuando acallas el ruido de la personalidad es la consciencia pura: la presencia silenciosa que percibe todo lo demás.
Tus pensamientos, tus emociones y tus gustos cambian constantemente. Quien eras a los diez años poco tiene que ver con quien eres hoy en día en términos de ideas o hábitos. Sin embargo, hay un hilo conductor que no ha cambiado: la capacidad de darnos cuenta. No eres la emoción que sientes; eres la consciencia que nota la presencia de esa emoción. No eres el pensamiento fugaz; eres quien lo observa pasar.
A menudo nos atrapamos identificándonos con objetos mentales: "soy triste" o "soy temeroso". Pero si puedes observar tu tristeza o tu temor, significa que tú no puedes ser esa emoción. El observador no puede ser al mismo tiempo lo observado. Eres el sujeto que experimenta la vida, no el conjunto de circunstancias que la componen.
Antes de ponerle un adjetivo a tu existencia (soy exitoso, soy imperfecto, soy alegre), existe la certeza primaria y directa de simplemente estar presente. Es la existencia sin juicio, el estado en el que la vida ocurre antes de que la mente empiece a clasificarla y etiquetarla.
Vivir desde la construcción de nuestra identidad suele ser agotador. Nos obliga a defender una imagen, a sostener expectativas ajenas y a temer el cambio, porque si mi identidad depende de lo que hago o poseo, perderlo significaría perder una parte de mí.
Reconocer que eres la consciencia detrás de la historia te otorga una libertad profunda. Entiendes que las actividades, las pasiones y los roles son herramientas para jugar en el mundo exterior, pero no definen tu valor ni tu esencia interior.
Cuestionarte quién eres más allá de la superficie no es un ejercicio abstracto de filosofía; es una invitación a soltar el peso de tener que definirte todo el tiempo y darte permiso de, sencillamente, ser.
¿Alguna vez te has sentido atrapado o limitado por las propias etiquetas con las que te defines?
¿Cómo experimentas ese espacio de silencio cuando dejas de lado tus roles del día a día?
Nos leemos en los comentarios.