Tu mente debe ser más fuerte que tus emociones.
Porque si dejas que cada emoción decida por ti, vas a perderte cada vez que algo te duela.
Habrá días en los que quieras volver a donde sabes que ya no debes estar.
Días en los que extrañarás a alguien y pensarás que la única manera de sentirte mejor es buscarlo.
Días en los que una decepción te hará querer cerrar todas las puertas y convencerte de que nunca volverás a confiar en nadie.
Pero sentir algo no significa que tengas que actuar desde ese sentimiento.
Puedes extrañar y decidir no volver.
Puedes querer a alguien y reconocer que no te hace bien.
Puedes estar decepcionado y aun así elegir no actuar desde el rencor.
Puedes tener miedo y, aun así, seguir avanzando.
Tus emociones son importantes. No tienes que ignorarlas ni fingir que no existen.
Pero tampoco tienes que permitir que cada emoción pasajera tome decisiones que podrían cambiar tu vida.
Porque cuando estás herido, todo parece más definitivo.
Un día malo puede hacerte pensar que nada volverá a estar bien.
Una decepción puede hacerte creer que nadie merece tu confianza.
Una despedida puede hacerte sentir que nunca volverás a querer de la misma manera.
Y quizá por eso necesitas aprender a detenerte.
Respirar.
Pensar.
Esperar a que pase la intensidad del momento antes de decidir qué hacer con todo eso que estás sintiendo.
No se trata de elegir entre la mente y el corazón.
Se trata de aprender a escuchar a los dos.
Que tu corazón pueda sentir todo lo que necesita sentir, pero que tu mente recuerde aquello que el dolor intenta hacerte olvidar.
Porque no todo lo que sientes tienes que convertirlo en una decisión.
A veces, la mayor muestra de fortaleza es sentir muchísimo…
y aun así elegir lo que sabes que te hace bien.