"esta obra es inspirada en una serie llamada "violet envergaren" una gran obra que les recomiendo muchísimo. esta obra no es basada en hechos de mi vida y tampoco se si en la serie son reales o no pero aviso que esta obra es una inspiración de la serie y las ensenas hay unas demasiado similares pero con mi toque especial. espero les guste esta historia."
Carta para el Mayor Gilber
De: Scarlett Thornwood
Para: Mayor Gilber
Mayor,
¿Cómo se encuentra? Le deseo verdaderamente lo mejor para su vida dondequiera que esté.
Quiero comentarle que ahora sigo trabajando como una Auto Memory Doll, un oficio que puedo ejercer gracias a que usted me enseñó a leer y a escribir. Verano, invierno, otoño, primavera... muchas estaciones han pasado desde la última vez que lo vi, y sigo esperando su regreso. Le quiero informar que ya no recibo órdenes de nadie y que cumplo con su petición de vivir y ser libre. Sigo viviendo y viviré para que, cuando nos volvamos a ver, podamos volver a conversar, mi coronel.
Espero con ansias que esta no sea la última carta que le escriba, ya que hay muchas cosas más que me gustaría contarle. Gracias por haberme acogido y cuidarme; aún guardo y uso el broche que usted me regaló del color de sus ojos. Espero volverlo a ver pronto y volverlo a llamar coronel.
Usted es la primera persona a la que le digo "te quiero", ya que por fin pude descubrir el significado de las palabras... "te amo".
Atentamente,
Scarlett Thornwood
Capítulo 1: El eco en la torre del reloj
A diferencia de las ruidosas oficinas postales de la capital, el taller de Scarlett se encontraba en la cima de una antigua torre de reloj en la ciudad portuaria de Oakhaven. Allí, entre engranajes gigantescos que marcaban el ritmo del tiempo con golpes sorda y pausadamente, ella no transcribía cartas para ciudadanos comunes: Scarlett era una Doll especializada en descifrar manuscritos inconclusos, diarios de guerra rotos y últimas voluntades que nadie más lograba interpretar.
Sus manos no eran puramente de metal deslumbrante como las de una postal tradicional; eran prótesis mecánicas cubiertas por un fino entramado de grabado artesanal en bronce y cuero, adaptadas por ella misma para sentir el relieve del papel y la textura de la tinta antigua.
De pie junto al gran ventanal circular del reloj, donde el mecanismo proyectaba sombras en forma de números sobre el suelo de madera, Scarlett sostenía el broche. La piedra no era una esmeralda común, sino un fragmento de cristal mineralizado que el Mayor Gilber había encontrado en las ruinas durante su última campaña juntos. A contraluz, la joya cambiaba de matiz: un verde profundo que parecía respirar.
—El viento del norte volvió a entrar por la brecha del tejado, Scarlett —dijo una voz rasposa.
Era Duncan, un veterano relojero ciego que cuidaba la maquinaria del edificio y el único que sabía que Scarlett guardaba, en una caja de hierro bajo el suelo, decenas de cartas dirigidas a un hombre que el ejército daba por desaparecido.
—El frío no perturba la tinta, maestro Duncan —respondió Scarlett con su voz serena y distante, redactando las últimas líneas sobre un pergamino especial impermeabilizado—. Solo necesitaba registrar los eventos de esta estación antes de que la nieve bloquee el paso de las palomas mensajeras.
—Sigues enviándolas al frente abandonado... Nadie responde en esas ruinas desde hace tres años.
Scarlett no vaciló. Guardó el broche bajo la solapa de su abrigo militar modificado —ahora teñido de un azul medianoche para dejar atrás el verde del ejército— y selló el sobre con cera negra, su marca personal.
—No espero una respuesta inmediata —dijo, mirando cómo el engranaje principal del reloj avanzaba un segundo con un eco metálico—. El Mayor me pidió que fuera libre y que aprendiera el peso del lenguaje. Cada carta que escribo para otros descifra un pedazo del mundo, pero cada carta que le escribo a él reconstruye la persona que él me enseñó a ser. Mientras este mecanismo siga avanzando, la orden de vivir sigue vigente.
Caminó hacia la barandilla de la torre, abrió la pequeña rejilla del campanario y soltó a la ave mensajera hacia el cielo nublado sobre el mar. No buscaba que el correo oficial la entregara; Scarlett había trazado su propia red para mantener con vida el único lazo que la conectaba con su origen.
CAPÍTULO 2: LA CARTA QUE EL VIENTO NO PUDO BORRAR
La mañana llegó lentamente a Oakhaven.
Una niebla espesa cubría el puerto y ocultaba los barcos que descansaban junto a los muelles. Las campanas de la torre anunciaron las seis, y Scarlett Thornwood abrió los ojos antes de que el último sonido se desvaneciera entre las calles.
Había pasado otra noche soñando con el campo de batalla.
No recordaba todos los detalles. A veces, los recuerdos llegaban como fragmentos de una fotografía antigua: el ruido de los disparos, el olor de la tierra húmeda, el cielo cubierto de humo y una voz que pronunciaba su nombre con una ternura que entonces no había sabido comprender.
Scarlett.
La voz del Mayor Gilber.
Se incorporó lentamente y buscó el broche verde que descansaba sobre la mesita junto a su cama. Lo tomó entre sus dedos mecánicos y observó cómo la luz del amanecer atravesaba el cristal.
—Buenos días, mi coronel —susurró.
Era una costumbre que había adquirido durante los últimos años. Cada mañana saludaba al hombre ausente, como si él pudiera escucharla desde algún lugar más allá del horizonte.
Después se vistió, recogió su cabello y bajó las escaleras de la torre.
Tenía trabajo que hacer.
Y, aunque todavía no lo sabía, aquel día recibiría una carta que cambiaría el rumbo de su vida.
UNA PETICIÓN INESPERADA
Cuando Scarlett llegó al taller, Duncan ya estaba despierto. El anciano se encontraba junto al mecanismo del reloj, escuchando atentamente los pequeños chasquidos de los engranajes.
—Has tardado más de lo habitual —comentó.
—Me disculpo. Estaba revisando unas notas.
—¿Notas o cartas para tu mayor?
Scarlett guardó silencio durante unos segundos.
—Ambas cosas.
Duncan dejó escapar una pequeña risa.
—Al menos ya no intentas convencerme de que esas cartas son simples ejercicios de escritura.
—Nunca he dicho eso.
—No con palabras.
Scarlett inclinó ligeramente la cabeza. No comprendía por qué el anciano encontraba tan divertidas algunas de sus respuestas, pero había aprendido que no todas las conversaciones necesitaban una explicación.
Antes de que pudiera sentarse frente a su escritorio, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Firmes, pero apresurados.
Duncan frunció el ceño.
—No espero visitas.
Scarlett abrió la puerta.
Al otro lado había un joven mensajero con el uniforme azul de la Oficina Postal de Leiden. Su abrigo estaba empapado por la niebla y llevaba una bolsa de cuero cruzada sobre el pecho.
—¿La señorita Scarlett Thornwood?
—Soy yo.
El muchacho sacó un sobre de su bolsa.
—Esta carta llegó esta mañana a la oficina central. Está dirigida a usted. El remitente solicitó que se la entregaran personalmente.
Scarlett extendió la mano para recibirla.
El sobre era antiguo, de papel amarillento y bordes desgastados. No llevaba el sello de ninguna oficina postal conocida. En su lugar, había una pequeña marca militar estampada en cera roja.
Scarlett dejó de respirar por un instante.
Conocía aquel símbolo.
Lo había visto muchas veces en los documentos del ejército durante la guerra.
—¿Quién la envió? —preguntó.
—No lo sabemos. Apareció entre un conjunto de documentos recuperados de una estación militar abandonada en la frontera norte.
La muchacha bajó la mirada hacia el sobre.
En el frente, escrito con tinta negra, aparecía su nombre.
Scarlett Thornwood.
Debajo había una segunda línea, trazada con una letra que parecía haber sido escrita con mucha prisa.
Para ser entregada únicamente a la persona que conoció al mayor Gilber.
Sus dedos mecánicos se tensaron alrededor del papel.
—¿Cuándo encontraron estos documentos?
—Hace tres días. Un equipo de reconstrucción está despejando las ruinas de un antiguo puesto de comunicaciones. Dicen que algunas habitaciones permanecieron selladas desde el final de la guerra.
Scarlett levantó la cabeza.
—¿Qué puesto?
El mensajero consultó sus notas.
—El fuerte de Eiden. Cerca del valle de los abedules.
El mundo pareció detenerse.
Eiden.
Era el nombre del último lugar donde había visto al mayor Gilber.
El último lugar donde había escuchado su voz.
El último lugar donde sus manos se habían aferrado a él mientras el humo cubría el cielo.
—Gracias —murmuró.
El mensajero inclinó la cabeza y se marchó.
Scarlett cerró la puerta con cuidado. Permaneció inmóvil en el vestíbulo, sosteniendo el sobre entre las manos.
Duncan se acercó al escuchar que no se movía.
—¿Qué ha ocurrido?
Scarlett contempló el sello rojo.
—Ha llegado una carta.
—Eso puedo deducirlo por el ruido de la puerta, muchacha.
—Está relacionada con el mayor Gilber.
El anciano dejó de sonreír.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
Finalmente, Duncan preguntó:
—¿Vas a abrirla?
Scarlett miró la letra de su nombre.
—Tengo miedo.
Las palabras salieron de sus labios antes de que pudiera detenerlas.
Duncan no respondió inmediatamente. Se limitó a acercar una silla al escritorio.
—Entonces siéntate. No tienes que demostrar valentía cada vez que algo te asusta.
Scarlett observó la silla y después el sobre.
Había aprendido a reconocer muchas emociones gracias a las cartas de sus clientes. Había escrito sobre la tristeza de una madre, la alegría de dos enamorados y el arrepentimiento de un hombre que nunca había logrado pedir perdón.
Sin embargo, todavía había sentimientos que no sabía cómo afrontar cuando le pertenecían a ella.
Se sentó.
Con una pequeña herramienta, rompió el sello.
Y comenzó a leer.
LAS PALABRAS DE UN DESCONOCIDO
La carta contenía una sola hoja.
La tinta estaba descolorida y algunas palabras resultaban difíciles de distinguir, pero la escritura seguía siendo legible.
Scarlett leyó en voz alta:
—«A quien encuentre esta carta:
Si estas palabras han llegado hasta usted, significa que alguien ha regresado al lugar que todos los demás decidieron olvidar.
Escribo esto porque no puedo seguir guardando silencio sobre lo sucedido en Eiden.
Durante la última noche de la batalla, recibimos órdenes de evacuar el puesto militar. Sin embargo, el mayor Gilber permaneció en el edificio principal junto a una joven soldado.
No sé qué ocurrió después de que abandonáramos el fuerte.
Solo sé que, cuando regresamos, el lugar estaba destruido y ninguno de los dos aparecía entre los supervivientes registrados.
Si la joven soldado continúa con vida, necesita saber que el mayor no fue olvidado por todos.
Hubo alguien que intentó regresar por él.
Hubo alguien que buscó respuestas.
Y hubo alguien que recibió una orden que nunca debió haber recibido».
Scarlett se detuvo.
Volvió a leer la última frase.
Una orden que nunca debió haber recibido.
—¿Qué significa? —preguntó en voz baja.
Duncan permanecía de pie a su lado.
—No lo sé.
Ella continuó leyendo.
—«No puedo escribir el resto aquí. Hay personas que todavía prefieren que la verdad permanezca enterrada.
Si desea conocerla, viaje a Eiden.
Busque la habitación de comunicaciones, detrás del muro occidental.
Allí encontrará algo que el fuego no consiguió destruir».
La carta terminaba con una firma ilegible.
Scarlett la dejó sobre el escritorio.
Su mente comenzó a reconstruir imágenes del pasado.
Recordó las órdenes que había recibido, los días en los que había obedecido sin hacer preguntas y las ocasiones en que el mayor Gilber había intentado enseñarle que una persona no era una herramienta destinada a cumplir los deseos de otros.
Recordó también sus últimas palabras.
Vive y sé libre.
Durante mucho tiempo había pensado que aquellas palabras constituían una despedida.
Pero ¿y si todavía quedaba algo que debía comprender?
¿Y si la historia de aquella última batalla no había terminado como todos le habían hecho creer?
Scarlett apretó las manos sobre sus rodillas.
—Debo ir a Eiden.
—Lo imaginaba —respondió Duncan.
—No puedo ignorar esta información.
—Tampoco debes hacerlo.
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—¿No intentará detenerme?
—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó el anciano—. Te he visto pasar años esperando una respuesta que quizá nunca llegue. Si esta carta puede darte alguna verdad, tienes derecho a buscarla.
Scarlett bajó los ojos.
—Pero tengo miedo de lo que pueda encontrar.
—Eso no significa que debas quedarte aquí.
El anciano colocó una mano sobre su hombro.
—Escúchame, Scarlett. Una carta puede contener una noticia maravillosa o una noticia terrible. Pero mientras permanezca cerrada, solo tendrás preguntas. Y las preguntas, cuando se guardan durante demasiado tiempo, pueden convertirse en una prisión.
Ella miró nuevamente el papel.
Una prisión.
Aquella palabra le recordó las murallas del fuerte, las habitaciones sin ventanas y los años en los que había vivido creyendo que su única utilidad consistía en luchar.
Después recordó al hombre que le había enseñado a escribir su propio nombre.
—El mayor quería que yo pudiera elegir —dijo.
—Entonces elige.
Scarlett respiró profundamente.
Por primera vez en mucho tiempo, no tomó una decisión porque alguien se lo hubiera ordenado.
Lo hizo porque deseaba conocer la verdad.
continuara...