Cargando…

Prisión Estatal de Huntsville / Confesión de una mujer Sensible

RaMarSa
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 30 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El relato que van a leer es una obra de ficción. Nada de lo narrado en estas líneas sucedió realmente. Contiene escenas y situaciones explícitas que pueden resultar excesivas o perturbadoras para…

In groups

Contenido de la publicación

El relato que van a leer es una obra de ficción. Nada de lo narrado en estas líneas sucedió realmente. Contiene escenas y situaciones explícitas que pueden resultar excesivas o perturbadoras para algunos lectores.

Carta encontrada en la celda 7, corredor de la muerte. Prisión Estatal de Huntsville, Texas. 14 de marzo de 1997.

Escribo esta carta la noche antes de mi condena. No sé si alguien lo leerá, pero para quién la encuentra, le dejo estás líneas.

¿La vida es de color rosa? Si me apuran, diría que no. Pero tampoco el cielo se queda teñido de gris para siempre; a veces se vuelve negro.

No existe un mundo bueno ni uno malo. Las personas son las que lo iluminan o lo pudren. Y la vida que te toca —o la que te imponen— termina moldeando tu carácter por el resto de tus días.

Mi niñez fue, en apariencia, normal. Fui hija única con padres amorosos, de esos que te conceden casi cualquier capricho. Ese «casi» escondía las reglas del juego: portarse bien, obedecer, sacar buenas calificaciones. Después de todo, ese era el único deber de un niño en mi época. Una época donde las normas se respetaban, antes de que todo se echara a perder.

Si buscan un «y vivieron felices para siempre», pueden pasar la página: aquí no lo van a encontrar. En el mundo real nadie es feliz todo el tiempo; la vida también se compone de días dulces, tristes, amargos. Esto no es un cuento de hadas.

Ahora, hablemos en serio. Mi vida dio un vuelco definitivo después de cumplir mis catorce años. Me da vergüenza admitirlo, pero hasta ese momento jamás había estado con un hombre en la intimidad.

Estas lágrimas que caen por mis mejillas son de puro dolor al recordar que mi padre fue mi primer hombre. Mientras dormía boca abajo, me tomó por la espalda y no pude hacer nada.

No tienen ni idea de lo horrible que es gritar y llorar de dolor hasta que se te reviente la garganta sin que nadie te socorra; sentir como te rompen por dentro sin piedad. No sé cuánto tiempo duró aquello; pero para mí fue una eternidad.

Con mucho dolor me levanté y caminé como pude hasta el baño. Fue un asco sentir que por mis piernas algo chorreaba, juro que pensé en terminar con mi vida. Llené la bañera y me sumergí, esperando que mis pulmones se llenaran de agua hasta que mis sentidos se apagaran. No sé cómo llegué hasta allí, pero desperté en mi cama.

Quizás se estén preguntando: por qué no se lo conté a mi madre. La respuesta es tan simple como triste: mi madre murió un año antes de aquel ultraje. Yo misma vi, desde el otro lado de la puerta, cómo los paramédicos intentaban reanimarla en el suelo del dormitorio sin ningún éxito. Pude ver su último suspiro.

Creo que ese día comenzó todo. No la culpo a ella, la muerte simplemente llega cuando te toca. Pero ese día me quedó la certeza de que me había dejado sola con un lobo disfrazado de cordero. Supongo que me tomó como alguien con quien saciar sus deseos. Así continuó todo durante dos años. A los dieciséis dejé de contar los días y empecé a contar pastillas

Nada dura para siempre; todo ciclo acaba y yo elegí el final del mío. Aquella noche, por primera vez en años, pensé en mí. Tenía que arrancar de raíz esa sucia costumbre en la que me había atrapado, aunque mi alma sintiera exactamente el mismo asco que la primera noche.

Lo calculé todo con frialdad:, esa sería la última vez. Actué como si fuera una jornada cualquiera: le preparé la cena y le serví una copa de vino cargada con una sobredosis de somníferos. Me fui a la cama y él, como de costumbre, vino tras de mí. Soporté la humillación una última vez, sabiendo que la cuenta regresiva ya había empezado.

Esperé a que cayera en un sueño pesado. Tomé el cuchillo de la cocina y me abalancé sobre él. Fuera de mis cabales, lo apuñalé una y otra vez, queriendo devolverle en cada estocada cada uno de sus abusos. Luego bañé su cuerpo y cada esquina de la casa con combustible. Le prendí fuego a todo, marqué el número de emergencias y simplemente me senté a ver cómo ardía la pesadilla.

Estas fueron las palabras que le dije al juez. No me arrepiento de lo que hice: esa bestia me robó la niñez.

Mañana será mi último día sobre este mundo; una inyección letal me estará esperando. Pero dejo esta carta como testigo de mi sufrimiento y como muestra de las consecuencias que te cambian la vida para siempre.