Buenos Aires 1920
¡Es la última vez que se lo pregunto! –vociferó a la altura de la oreja derecha.
Maniatado hacia atrás, el respaldo de la silla entre sus muñecas y la espalda, la cabeza gacha goteando sangre y con el presentimiento de que su rostro volverá a impactar en el duro roble de la mesa, el detenido se debate en responder o dejarse morir.
Son tres en la sombría habitación. El que observa, el que ejecuta y el que sufre. Uno, narcisista, de autoestima desequilibrada, necesitado de ningunear al resto para sostenerla en alto. Otro, de pocas luces, experto en cumplir órdenes sin razonar, perfecto sociópata. El restante, nada más ni nada menos, el que nació sin estrellas, viviendo a oscuras en lugares errados, en momentos equivocados.
Buenos Aires 1920. Buenos Aires de postguerra. Tierra de inmigrantes: babel de culturas, idiomas y creencias. Hipólito Irigoyen en el poder, Lux Solar en el arte, Gardel y Troilo en música, Borges y Arlt en letras. Lucha de tecnologías en las calles; caballos discutiendo su lugar con primeros carros tirados a motor, mientras en las entrañas de la tierra se abre paso el subterráneo.
La conciencia cede. Tras cinco horas de tortura su cuerpo se desconecta de la realidad. La última bofetada no logra su cometido; solo saciar, en algo, la ira del verdugo. El comisario, en una esquina, prende un habano. Mira insensible la cruel escena, dejando a su lugarteniente disfrutar de su obra, y al detenido descansar, por ahora, de la paliza.
Cuarto día. Hace tres noches que le patearon la puerta de su habitación y lo sacaron semidesnudo. El conventillo cerró puertas y ventanas, liberando al murmullo y a los rumores al día siguiente. Esa misma noche comenzó el martirio, con un concierto de palos, puñetes y cachiporras. Las mismas preguntas, el mismo interrogatorio… las mismas respuestas que no convencen. Hoy es la cuarta noche, aniversario sin sentido.
Hace siete días encontraron muerto al joyero del barrio. Más que comerciante, usurero del submundo. Le birlaron un botín apreciable, incluidas las alhajas que cierto comisario se había hecho con los años, en dudosos procedimientos. El joyero, más que comerciante, testaferro de autoridades, políticos y mafiosos. Fue apuñalado por la espalda, por alguien conocido, al que habría franqueado la puerta y por distraído… otorgado su perfil desprotegido. La tarea policial fue ardua. No es búsqueda de justicia, más bien del tesoro. La pesquisa, intranquila, se puso ante el callejón sin salida, hasta que un inesperado testigo soltó la data sobre un holgazán de la zona, habitual en solicitar préstamos al occiso, y que fue visto husmeando la vidriera del negocio por varios días.
Entre dos lo arrastran fuera de la sala de torturas. Lo conducen por un largo pasillo adoquinado y traspasan cuatro calabozos hasta depositarlo en la última celda. Cada jaula de gruesos barrotes aloja a particulares inquilinos. En la primera están las mujeres, mecheras, gitanas y prostitutas; en la siguiente, la infancia abandonada y delincuente; en la tercera los contraventores, verdadera escuela de malhechores, en donde el más novato aprende desde engaños a violentos atracos; en la cuarta, cierta comodidad para ciertos detenidos de los que se espera cierta contraprestación del servicio. En la última, el destino de hombres en manos de la Justicia, tan lenta y corrupta como la misma policía.
El cerrojo se abre, metal contra metal. Lo tiran sin piedad al sucio y maloliente piso de cemento. Quedará allí mismo, inconsciente, hasta que el primer entrometido rayo de luz se cuele por las rejas y caliente su rostro.
Un ojo se abre, el otro permanece cerrado, pegado con sangre entre los párpados. Ya lo hizo antes, lo hará ahora. Como puede, se recuesta contra la pared opuesta a los barrotes. Desde allí observa el descuidado patio interno de la dependencia. Tres caballos bebiendo, dos policías… también. El olor de las caballerizas lo invade todo, confundiéndose con el propio de humanos hacinados. Solo hay un lugar para perder la mirada e imaginarse el afuera: un aljibe y un poco de pasto a su alrededor es el ícono de una campiña soñada.
Desde el primer calabozo llegan insultos. Dos veteranas prostitutas se rebelan ante el antojo del titular de la comisaría, que ha decidido saciar su lujuria, cobrándole por adelantado la multa a una joven meretriz. La muchacha volverá más tarde, con las ropas destruidas y su cuerpo moreteado. En el segundo, los jóvenes se imaginan las escenas en el despacho del comisario; por eso lo vitorean y a gritos le sugieren actos oprobiosos. En el tercero, hay murmullos; mientras en el cuarto, los acomodados se callan… siempre lo hacen. En el último calabozo se analiza, se comenta, se especula, aunque nada se resuelva.
Quinta celda, cuatro ocupantes. El francés, acriollado, que no hace más que timbear y dejarse, por otario, atrapar por tramposo, hoy ocupa ese espacio, porque sus flacos bolsillos no le permiten alojarse en el cuatro. El marinero, gordo y viejo, venido a menos por el alcohol que fluye en sus venas. Hace un mes que está detenido por contrabando. En el catre superior, un joven llora sus cuitas sosteniendo la foto de una joven doncella. Fue detenido hace una semana en un prostíbulo, intentando intercambiar sexo por compasión. Al comisario no le gustó que intentaran estafarlo en uno de sus burdeles. El cuarto integrante de los cuatro ocupantes del último calabozo es el que lleva todas de perder. Es el propietario del fin de una línea de investigación, que lo hace poseedor del pasaporte a una vida mejor, para un grupo de facinerosos guardianes del orden que exudan sus jodidas existencias.
Hace cuatro días que se conocen y comparten la clausura, pero poco se hablan. Cada quien se encuentra interesado en salvar el propio pellejo, aunque sea a costa de almas ajenas. El mezquino sentido de supervivencia hace que el premio sea la libertad, y para llegar a ella es necesario sigilo y aprovechar cada oportunidad.
Agarrado de las rejas, desde adentro, el francés, vanamente, trata de mirar hacia el origen del tumulto; no es curiosidad, desea saborear con la mente el cuerpo de la víctima. En un entreverado francés con lunfardo expresa c'est la vie pebeta. El viejo lo insta a retirarse, nada más dañino que ser testigo sin sentido. El joven deja de llorar, para salir, con bríos, en favor de la joven meretriz: «Tiene nombre, se llama Catalina»; mientras el último ocupante, desde el piso, cree que el sufrimiento de la muchacha le dará tiempo para respirar antes que vuelva su turno.
El marinero se le acerca y agachando la mirada, da muestra de misericordia. Con gestos sinceros y amable tono le pregunta el porqué de su obstinado silencio, y a modo de reflexión sostiene que no hay tesoro que se disfrute sin vida, pero sí… vida sin fortuna. Por qué no hablar y entregarles lo que buscan, y terminar con la inútil tortura que solo consigue sacar el lado bestial de los verdugos. La víctima lo observa desde abajo. Podría no contestar, pero lo hace. Solo dos palabras honran la respuesta: «Soy inocente». El viejo marinero, curtido por mar y aventuras, sonríe mientras alega «Si, claro. Todos somos inocentes».
Si pudiera hablar… si pudiera hablar.
Les contaría que desde hace dos meses su respirar tiene sentido; bastaron un par de tibias piernas para revolucionar su corazón.
Fue precisamente en el salón El Pituco, con propia orquesta típica, donde su destino hizo carambola. Cómo no ocurrir así, si el que en la pista se expresa con maestría en el tango, sacándole viruta al piso, difícilmente no termine seduciendo a su partenaire.
Cuestión de probabilidad. Dos seres orgullosos, pero entregados a una danza sensual que versa sobre emociones y tristezas, de manos que aprietan y abrazan, de miradas que hipnotizan, de piernas que se cruzan con movimientos que rozan lo erótico; no puede más que acercar historias y potenciar el deseo.
Así la conoció, y desde la primera noche no dejaron rincón sin besar de sus cuerpos. Los unió la pasión, pero más… la desesperación. Él, un pordiosero de la vida; ella, convertida en objeto por su marido. Encontraron en esa junta de piel el deseo perdido, la sonrisa maniatada, la ternura disipada y la locura del enamorado ya olvidada. Juraron venerar este amor clandestino, utópico e irreal. Hicieron votos de pobreza espiritual y martirio, siguiendo con sus vidas cotidianas, tan tristes como reales. Ella supo sortear a su esposo, que por siniestro y perverso ocupaba su tiempo jodiendo a terceros. Él, supo engañar la mala suerte; tiempo suficiente como para mantenerse sobrio y libre, y así concretar los secretos encuentros.
Sí, estuvo mirando, varias veces, la vitrina del joyero, es cierto. Buscaba una joya, alguna biyuya a su alcance, para su enamorada. Sí hubo préstamos de parte del usurero, es verdad; pero saldados hace tiempo.
¿Por qué justo él tuvo que comerse el garrón?, se pregunta; si al avaro todos los conocían y de una u otra forma algunos tratos con él habían tenido. Su celda es una muestra de ello. El francés era un apostador crónico y el usurero su interesado benefactor; el viejo del mar contrabandeaba lo que el joyero pidiera, y el muchacho, que sigue llorando en el catre, supo trabajar en su tienda. ¡Flor de embrollo! ¿A causa de la mala fortuna, o alguien estaba jugando sucio con él?
Reemplaza, como puede, al francés en el puesto de vigía, pegándose a las rejas, mientras el otro se tira para apolillar en el catre de abajo. Desde el nuevo lugar es testigo de la jugarreta del destino.
La celda uno se abre y depositan al maltrecho juguete sexual del mandamás. En el calabozo dos, los menores se ríen, mientras un botija con sarcasmo comenta: «Quería trabajar gratis, pues ahora lo hizo con creces». En el encierro siguiente, dos contraventores dialogan sobre cierta amante del asesinado joyero y de la hija de aquella que acaba de ser vejada por el jerarca de la prisión. En el cuarto contiguo, los prisioneros con beneficios dejaron de estar callados para murmurar en voz baja que el botín buscado nunca estuvo en la joyería, sino bien escondido por el desconfiado usurero. Si hubo asesinato, no fue por dinero, sino por otros motivos. Pero en realidad nunca aportarán la hipótesis a la Justicia; como se sabe, su negocio es callar y esperar.
Los pasos de gruesas botas se escuchan en la lejanía. Se los siente acercarse y un escalofrío invade el cuerpo de quien sabe a dónde van. Se detienen en su celda y el milico de mayor jerarquía vocifera «¡Es tu turno!».
Lo sacan esposado y lo conducen con cabeza gacha por el largo pasillo adoquinado. Quizás por creer que su cuerpo no soportará el amasijo y ya no regresará, echa un último vistazo a su celda. La imagen del muchacho lo sorprende; ha dejado de llorar y observa con particular mirada. No es compasión ni lástima, es con vergüenza, arrepentimiento, cobardía, como quien guarda un oscuro secreto. Traspone con paso cansino la celda cuatro, implorándoles con sus ojos que atestigüen a su favor, sin recibir ni siquiera que lo miren a la cara. Camina por el frente del calabozo tres, de donde recuerda haber oído hablar de la amante del joyero y quizás de una hija bastarda empujada a prostituirse. Llega con sus escoltas a la celda dos, de donde escuchó decir que la prostituta vejada no había querido cobrar el servicio. Allí mismo su mente se ilumina: ¿podría ser que el joven de la cinco hubiera sido detenido junto a la mujer ligera por el mismo hecho? Pero la realidad supera cualquier hipótesis. Al llegar al encierro femenino, por primera vez observa el rostro de la joven mancillada; es el mismo que aparece en la foto del muchacho.
Su cabeza estalla antes de ingresar a la habitación del comisario, transformada en su mazmorra preferida. La revelación se le ha presentado, es una gloriosa epifanía con toda la trama resuelta. Mientras lo sientan en la misma silla, teñida de rojo, el verdugo a su costado y el comisario en una esquina… él reconstruye la historia. De seguro, el muchacho que llora por amor ha conocido la historia inhumana de su antiguo patrón; despreciando y transformando a su ilegítima hija en una meretriz para su provecho; y la única forma encontrada para terminar con la enfermedad fue aniquilar al virus que la provocaba. Luego del hecho, los dos deben haberse encontrado en el prostíbulo, en donde fueron apresados por no cumplir la ley del rufián. Y no sería descabellado suponer que el testigo estrella, causa de su detención, sea el mismo homicida que hoy gime de vergüenza sobre un colchón.
De nada sirve tener ideas claras. Nada de lo que diga lo salvará. Porque de cualquier modo deberá decir dónde se encontraba en el momento del asesinato, y la coartada que posee, firme y exculpatoria, lo llevará directo al cadalso. Cómo traicionar a la mujer que ama, cómo decir que estaba con ella en el momento de los hechos, cómo explicarles a las autoridades, que ese mismo día y a esa misma hora estaba haciéndole el amor a la esposa del comisario.
—¡Es la última vez que se lo pregunto! –vociferó a la altura de la oreja derecha.
Maniatado hacia atrás, el respaldo de la silla entre sus muñecas y la espalda, la cabeza gacha goteando sangre, y con el presentimiento de que su rostro volverá a impactar en el duro roble de la mesa, el detenido se debate entre responder o dejarse morir.