Quizá esto estaba destinado al fracaso.
Quizá debí darme cuenta desde el momento en que le dijiste a tu amigo que yo solo era para el rato.
Sí, te escuché. Aunque tú creíste que habías cortado la llamada.
Y aun así, te perdoné.
Porque estaba enamorada y creía que, si me esforzaba un poco más, algún día lograría que te dieras cuenta de que yo valía la pena.
Creo que me esforcé tanto en demostrártelo que me olvidé de recordármelo a mí misma.
Había tantas señales... tantas red flags.
¿Por qué no me di cuenta?
Dicen por ahí que el amor te ciega.
Aquí estoy yo para confirmarlo.
Recuerdo aquella vez en la que lloré delante de ti y te pedí que me trataras bonito. Que me abrazaras.
Y tú me dijiste que no estabas para niñerías. Que si quería que me trataran como una princesa, buscara un príncipe.
Quizá debí entender desde ese momento que no estabas dispuesto a esforzarte por mí.
A veces todavía me siento muy dolida.
Pero supongo que también es parte de soltar.
Porque, aunque tú me lastimaste, yo también me lastimé esperando que algún día cambiaras. Esperando que te dieras cuenta de cuánto te quería.
Hace poco, un amigo me hizo una pregunta muy sencilla:
“Dime algo lindo que él haya hecho por ti”.
Y me quedé muda.
Porque sí, tuvimos momentos muy lindos. Momentos que todavía recuerdo con cariño.
Pero entonces me pregunté...
¿Qué hiciste realmente por mí?
¿Qué gesto tuviste que me hiciera sentir querida?
Y no encontré una respuesta.
No porque no haya habido momentos bonitos, sino porque ahora entiendo que compartir momentos con alguien no siempre significa que esa persona esté cuidando de ti.
Y quizá esa sea una de las cosas más difíciles de aceptar.
Que yo estaba intentando encontrar amor en un lugar donde siempre tuve que pedirlo.
No hay una respuesta para esa pregunta.
Y creo que, poco a poco, estoy aprendiendo que tampoco necesito una.
Hasta otro día más...