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Pepito y Josefina Sensible

Rulo1948
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Pepito tenía una idea fija: conocer íntimamente a una mujer. Esa noche fue a un baile, vio una chica muy hermosa, la sacó a bailar y empezaron a conversar. Ella era Josefina. Bailaron y se dieron…

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Pepito tenía una idea fija: conocer íntimamente a una mujer. Esa noche fue a un baile, vio una chica muy hermosa, la sacó a bailar y empezaron a conversar. Ella era Josefina. Bailaron y se dieron unos besos. Después Josefina le dijo:

—Pepito, ¿no querés ir a mi casa? Mis padres han viajado y estoy sola. Vamos, quiero estar contigo.

Pepito asintió y fueron a la casa de la chica. Una vez adentro, la chica lo invitó a tomar una copa y fueron al dormitorio. Allí ella, sin más preámbulos, se quitó toda la ropa y dijo:

—Mírame, Pepito, ¿te gusto?

Pepito no podía creer la suerte que tenía al ver semejante belleza. Deslumbrado por la escena pero traicionado por sus oídos, se quedó mirando detenidamente. Con los ojos bien abiertos y una sonrisa de oreja a oreja, exclamó entusiasmado:

—¡Qué bárbaro, Josefina! ¡No cabe duda de que los milagros existen! ¡Yo pensaba que estabas bien vestida y resulta que ya traes puesto un pijama con el traje de Eva

Josefina, entre risas y desconcierto, solo pudo cruzarse de brazos mientras Pepito seguía maravillado, absolutamente convencido de que su vista le estaba mostrando el vestido más moderno del mundo. Luego, con las piernas abiertas, Josefina le dijo a Pepito que le chupase la concha, que después ella le chuparía su verga. Pepito, sin hacerse rogar, empezó a chupar con esmero la concha de Josefina. Pero como Pepito era medio sordo y no terminaba de entender muy bien el lenguaje de la pasión, a los cinco minutos se detuvo, se limpió la boca con el antebrazo, la miró fijamente con total ingenuidad y exclamó:

—¡Oye, Josefina! ¡Ya le busqué por todos lados a la conchita y no le encuentro el limón ni la sal! Pero bueno, ¡ahora te toca a ti chuparme la verga a ver si le encuentras más sabor!

Josefina soltó una carcajada tan fuerte que resonó en todo el dormitorio. Moviendo la cabeza entre divertida e incrédula, se acomodó en la cama, le dio un toque juguetón en el hombro y le dijo:

—¡Qué tipo ocurrente que sos, Pepito! Dejá, dejá... no hace falta ni sal ni limón. Acercate para acá que me toca cumplir a mí con la promesa.

Josefina tomó la verga de Pepito y se la empezó a chupar con fruición. Chupó y chupó hasta que Pepito estalló y le llenó la boca de semen. Josefina tragó y se le escapó algo por la comisura. Se la volvió a chupar y no le dejó una gota. Pepito, exhausto, se tiró en la cama. Quedó desparramado sobre las sábanas, respirando agitado. Josefina se limpió con delicadeza la comisura con el dorso de la mano, lo miró con picardía, se le acomodó al lado y le susurró al oído:

—¿Y, Pepito? ¿Qué tal la experiencia? ¿Viste que valía la pena venir?

Pepito, que apenas la escuchó entre el cansancio y la sordera, pestañeó dos veces, se acomodó la almohada y le respondió con total seriedad:

—¡Ay, Josefina, qué barbaridad! ¡Qué manera de llover allá afuera! Sentí clarito cómo se cayó el techo, ¡pero por suerte me atajaste toda el agua para que no me mojara la cama!

Josefina se reía por las ocurrencias de Pepito y le dijo:

—Pepito, ya me has chupado la concha y yo te chupé tu verga. Ahora quiero que me pongas la verga en mi vagina y me eches dos polvos sin sacar.

Pepito introdujo su pene y comenzó a hacerle el amor a Josefina. Se acomodó sobre ella y empezó a moverse con ganas. En medio del frenesí, se acordó de la instrucción que le había dado la chica. Detuvo un segundo el movimiento, la miró fijamente a los ojos con la cara totalmente transpirada y le dijo muy preocupado:

—¡Pará, Josefina, pará un poco! ¡Te juro que estoy haciendo lo posible, pero decime dónde tenés la talquera! ¡Porque si no saco la verga de adentro, no sé cómo voy a hacer para echarte los dos polvos que me pediste!

Josefina se rió y le dijo:

—Quiero esa leche de una vez.

Pepito sintió el temblor final y acabó en la vagina de Josefina. Dejó caer el cuerpo despacito a un lado de la cama, exhausto pero radiante. Josefina, respirando agitada, se giró hacia él, le acarició la mejilla y le dijo sonriendo:

—¡Qué bárbaro sos, Pepito! ¡La verdad que estuvo increíble!

Pepito, sintiendo el aire caliente de las palabras pero escuchando cualquier otra cosa, se dio vuelta, le dio una palmadita en la pierna y le respondió:

—¡Viste, Josefina! Te dije que el tambo del barrio entregaba rápido. Pero mirá qué cosa... ¡al final no traía talquera pero te dejé la leche bien guardada en el ropero para que no se te corte!

Josefina le dijo a Pepito:

—Me encanta tu verga. Ahora quiero que me la metas por atrás hasta el tronco.

Pepito la puso en cuatro y le introdujo la verga por el culo hasta el tronco. Entró despacio pero firme hasta que no quedó ni un milímetro afuera. Josefina soltó un pequeño jadeo. Pepito, apretando las manos firmes en las caderas de ella, se detuvo un segundo para tomar aire y le gritó al oído:

—¡Ahhh, Josefina! ¡Con razón me costaba tanto orientarme al principio! ¡Si tenías la entrada principal del garage por el portón trasero y yo tratando de meterme por la puerta de servicio!

Josefina le preguntó a Pepito si le quedaba fuerza para seguir. Pepito dijo que sí.

—Bueno, culminemos con un 69 —dijo Josefina.

—¿Qué es eso? —preguntó Pepito.

—Yo chupo tu verga, tú chupas mi vagina y los dos acabamos en la boca del otro y nos chupamos los jugos.

Pepito asintió y comenzaron el 69. Se acomodaron de cabeza y pies, encajando en la postura exacta. Josefina empezó a trabajar con ganas, mientras Pepito correspondía desde abajo concentradísimo. El ritmo fue subiendo de intensidad hasta que entre espasmos y suspiros profundos, los dos terminaron al mismo tiempo. Cuando por fin se soltaron y Pepito logró girar para quedar acostado de espaldas, Josefina le preguntó al oído:

—¿Y, Pepito? ¿Qué tal te pareció el famoso sesenta y nueve?

Pepito, con la voz ahogada por la sordera y el cansancio, se pasó la lengua por los labios y contestó convencidísimo:

—¡Una maravilla, Josefina! ¡Lo que no me termina de cerrar es por qué se llama sesenta y nueve, si de este lado el gusto era clarito de setenta y tres!

Josefina se rio y se acurruco al lado del joven y se quedo dormida.