Estoy vacío; no hay en mí sentimiento alguno que me levante al escritorio, solo me queda el sabor amargo de la hiel de mis hojas ya hechas: rimas, cuentos, novelas o escritos de porquería.
No hay en mi ser amor, no hay amor en mi vida; la inspiración se acorta, se acaba, se apaga, simplemente fallecen mis líricas.
Las páginas blancas se mueren por ser llenas, pero no puedo darles lo que piden, porque no hay dentro de mí algo para hacerlo.
¡Ah! El desenfoque de mi llama, el desespero de mi alma, que se escasa. Es escaso el caso del manjar: el sol lo ha evaporado, se ha llevado todo consigo.
Pienso en el Señor, y me nacen salmos; pero pienso en la mujer y no hay siquiera una idea vaga. Después pienso en el dolor y al redactarlo me parece ridículo; después caigo en cuenta: estoy bien... no necesito escribirlo.
— Jorge Guzmán