tengo una musa,
no es una musa cualquiera.
de sus ojos nacen estrellas,
en sus manos lleva la luna
y en su boca, el sol.
pero ella no lo sabe.
a veces me pregunto
si el cielo sabe
que guarda una copia de sí mismo
en el cuerpo de una mujer,
si las estrellas comprenden
que hay otra forma de brillar
cada vez que ella me mira.
no sabe que podría pasarme la vida
observándola hacer cualquier cosa,
que hay algo en su manera de existir
que me hace querer quedarme,
que a veces la escucho hablar
y pienso que reconocería su voz
incluso en otra vida.
porque ella no necesita hacer milagros,
ni pronunciar palabras extraordinarias.
hay algo divino en su sonrisa,
en la forma en que sus manos encuentran las mías,
en esos pequeños instantes
en los que no sucede nada
y, sin embargo,
yo siento que lo tengo todo.
y yo,
que tantas veces he buscado
un lugar al que pertenecer,
he terminado por encontrar
el universo entero
en la tibieza de sus brazos.
hay algo de hogar en ella,
algo que no sé explicar
sin sentir que las palabras
se me quedan pequeñas.
me he aprendido su esencia de memoria
cada rincón de su existencia:
sus días buenos,
sus días tristes,
las pequeñas cosas que la hacen reír
y aquellas que le cuesta decir.
que fácil es adorarla
incluso cuando no se siente extraordinaria,
cuando el mundo le pesa
y olvida toda la luz que lleva consigo.
porque no necesito que sea un milagro
todos los días.
me basta con que sea ella,
con que me deje quererla
incluso en aquellos días
en los que no consigue verse hermosa.
y qué ironía,
haber pasado la vida mirando al cielo
para terminar encontrando mi hogar
en una mujer
que ni siquiera sabe
que lleva las estrellas consigo.
tengo una musa,
no es una musa cualquiera.
es la mujer
a la que volvería a elegir
incluso si los dioses
me ofrecieran el universo entero.
porque ¿de qué me serviría el cielo
si no pudiera encontrarla en él?