Vértigo
Cuando la mente no descansa, resuellos. Cuando el mentir no alcanza, devenir. Cuando las constelaciones nos abruman, quedamos prendidos de nuestras fosas lubricadas.
¿Y a qué me refiero con esto? Tenemos anhelos, destellos a los cuales llamamos con fuerza y emoción; aquello a lo cual sugerimos un reencuentro. Desplazamos vanaglorias llenas de intriga en directrices decretantes de ilusiones y recreaciones.
¿Cuándo será el día en que me lo tome más en serio?
Estamos sometidos a un mar agitado, insipientes de certezas, con cumbres destrozadas y desafinados de todo pudor; sentimos y nos volcamos al desconsuelo. Mañana, no hoy, será nuestro día para desfilar nuestras dudas nocturnas, tan estrechamente propias. Desahogamos lo que nos falta, nos llenamos de luz y nos llamamos «nosotros» cuando solo es uno quien habla.
Siempre aquel desobediente encuentra, entre el azar de charlas casuales, el desvío de la muchedumbre y el frondoso árbol sagaz que se nutre hecho raíces.
La verdad recae en el cumplimiento y la valentía: servir al pensamiento. Hago y estudio lo que tengo de frente; sensaciones insomnes que, sin lógica, vinculan un sentimiento de crudeza y valor sin imponer. Un valor propio, por sí mismo, sin que le afecten las apariencias.