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Nocturna parte 7

EngelAntigonia

Contenido de la publicación

El Contrato de la Carne XVII.

La última Voluntad

El comisionado Alister Browley se acercó a mí, rompiendo la penumbra del sótano. Sus ojos brillaban con esa confianza desmedida de quien se sabe dueño de la ciudad.—¿Sabes, Johnny? —comenzó, con una voz falsamente paternal—. Me intereso por ti más que nadie en esta ciudad. Me preocupas de verdad. No como tu asqueroso, repugnante y cobarde amigo que decidió venderte por unas cuantas monedas. Aunque veo que tú le pagaste mejor. Claro, esos fajos de billetes pertenecen a mi jefe, Maxwell Deinos. Y, en última instancia, a la Casa de Moneda y al Banco Central de este país. En cada hermoso dólar está impreso el símbolo de nuestro mundo perfecto e ideal. Quisiera que formaras parte de él por las buenas... pero de todos modos formarás parte. Tu cuerpo sudará adrenalina mientras sufres en vida la muerte del sacrificio consagrado a nuestro señor Lucifer.Me mantuve en silencio, tragándome la saliva pastosa. Browley se inclinó hacia mí, disfrutando de su propio discurso teatral.—Pero mira que te seré leal a tu última voluntad antes de morir. Yo sé que tuviste una hija con Stephanie. Sé que esa niña te odia y te desprecia por lo que le pasó a su madre. Sé que todos en tu familia te consideran una lacra. Y también sé que tu voluntad es que esa pequeña se quede fuera de todo esto. Te concederé esa última voluntad, Johnny.Al escuchar esa retorcida información, me quedé en completo shock. Mi mente luchó por cerrarse, pero parecía que una fuerza demoníaca e invisible me obligaba a ver visiones horrorosas en la penumbra: vi a mi hija Joan siendo profanada por cientos de sombras demoníacas, cortada en pedazos sobre un altar idéntico al de mi sueño.—Esto que te estoy mostrando es solo una pequeña parte del poder que manejamos en este mundo —susurró Browley, complacido con mi parálisis—. Te mostré de lo que somos capaces. Sabía perfectamente que aceptarías ser el héroe de tu hijita y sacrificarte como un mártir.XVIII. Las llaves del calvarioA un costado, Timothée no pudo racionalizar el horror del que estaba siendo parte. El misticismo de la secta y las visiones mudas lo sobrepasaron. Con el rostro desencajado por el pánico, se dio la vuelta y huyó escaleras arriba, aferrando el fajo de billetes contra su pecho.—Johnny... espero que el chico corra a ver a su madre al hospital —se burló el comisionado, viendo desaparecer al muchacho—. Qué buen samaritano eres. Por cierto... ¿qué piensas de la idea de Cristo en el calvario? ¿No crees que esa crucifixión es una ofensa directa a Jesús?Palidecí por completo.Soy fanático por cierto de las blasfemias a Jesús , pero ponerte al grado de el, no te parece bastante soberbio?!

El aire se me congeló en el pecho al escucharlo describir con precisión exacta la pesadilla que acababa de tener minutos antes de despertar. El diablo no solo controlaba la jefatura; estaba metido en mi cabeza. Forzado por el terror de perder a Joan, tragué sangre y hablé.—Llévame a mí al infierno... pero deja a mi hija fuera de esto.—Lo haría con gusto, Johnny. Pero debes prometerme decirme a dónde demonios se dirige Melanie.—Ella fue tan lista que no me dijo a dónde iba —le respondí, sosteniéndole la mirada con los ojos inyectados en sangre—. Y yo fui tan pésimo detective que ni siquiera me fijé en el nombre del boleto de autobús.Browley apretó los dientes, perdiendo por un segundo su compostura refinada.—Estúpida zorra...Se acomodó el saco y recuperó su sonrisa psicópata.—Sé que dices la verdad, Johnny. No te preocupes. Serás una rica cena para nosotros. No sabrás tan delicioso como una jovencita como tu hija Joan, pero... después de ti, se servirá el postre. Ella podrá disfrutar por fin de los verdaderos placeres de la carne.XIX. El infierno privadoEl horror me devolvió las fuerzas que la electricidad me había quitado. Me sacudí contra las amarraduras, tensando las cuerdas hasta hacerme sangrar las muñecas.—¡Maldito demonio! —le grité, con la voz desgarrada—. ¡Si tocas a mi hija, te llevaré a donde...!—¿A dónde, Johnny? ¿Al infierno? —se carcajeó Browley, dándome la espalda—. Ya estamos en él, como tú mismo dijiste. Controlamos toda la ciudad. Si queremos a tu hija, la vamos a tener cuando nos plazca.—No sé cómo demonios se mata a los demonios, Alister... ¡Pero encontraré la maldita manera! —le rugí mientras él subía los escalones de madera—. ¡Y si no puedo, los encerraré a todos conmigo en mi propio infierno privado!Browley se detuvo a mitad de la escalera, girándose con una mueca burlona que le deformaba las facciones.—Las promesas de amor siempre me deleitan el corazón, Johnny.El bastardo soltó una última carcajada psicópata que resonó en las paredes húmedas del sótano y se marchó, dejándome a oscuras con el goteo constante del agua.

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El Contrato de la Carne XVII.