Carolina:
Tengo la mala costumbre de imaginar cada vez que una cancion me toca, pensé en la versión de nosotros que sí funcionó. En otra vida nos casamos, viajamos, encontramos un departamento pequeño en un segundo piso y lo llenamos de cosas nuestras. En otra vida nuestros hijos —si los hubiera habido— se quedaron con lo mejor de los dos, y nadie se dio cuenta en qué momento se volvió tan fácil quedarnos.
En esta vida no fue así. Y lo raro no es que no haya funcionado —eso, con el tiempo, uno aprende a nombrarlo sin que le tiemble tanto la voz—. Lo raro es la sospecha, que nunca termina de irse del todo, de que no fue el destino el que nos separó, sino algo más nuestro y más pequeño: el valor que nos faltó en el momento justo, la costumbre de postergar lo importante creyendo que iba a esperar.
Hay quienes prometen esperar de todas formas, en alguna canción, en alguna carta como esta. Yo no sé si eso es sabiduría o simple terquedad disfrazada de romanticismo. Lo que sí sé es que a mí también me queda esa sensación —no de esperarte exactamente, porque el tiempo ya hizo lo suyo con nosotros—, sino de preguntarme, cada cierto tiempo, si en algún lugar paralelo estamos bien. Si ahí sí supimos.
No te escribo esto para reabrir nada. Te escribo porque hay pensamientos que funcionan como espejos incómodos: te devuelven una versión de la historia que no viviste, y por un rato te hacen dudar de la que sí.
Quizás la única verdad útil de todo esto es que ninguna vida paralela nos debe nada. La nuestra, la real, también tuvo sus propios aciertos, aunque no hayan sido los que imaginamos de jóvenes. Y si en otra vida nos fue mejor, que así sea. En esta, al menos, aprendimos a despedirnos sin culpa. Que no es poco.