Y sinceramente, no lloro por tu desinterés hacia mí.
Lloro por quererte tanto.
Lloro porque no sé qué hacer con todo este cariño que todavía existe dentro de mí, cuando ya no tengo dónde ponerlo.
No es solamente que tú no sientas lo mismo.
Es que yo sí sentí demasiado.
Te quise en momentos en los que quizá ni siquiera te dabas cuenta. Te tuve presente en pequeños detalles, en mis pensamientos, en las cosas que quería contarte y en todos esos momentos en los que, sin querer, terminabas apareciendo en mi mente.
Y ahora tengo que aprender a vivir con todo eso sin poder entregártelo.
Eso es lo que duele.
No saber cómo apagar de un día para otro algo que creció poco a poco.
Porque sería más fácil si pudiera decir que no me importas.
Si pudiera enojarme contigo y convertir todo lo que siento en resentimiento.
Pero no puedo.
Y quizá por eso lloro.
Porque todavía te quiero, incluso sabiendo que no puedo hacer nada para cambiar lo que sientes.
Porque a veces el corazón no deja de querer solo porque entiende que debería hacerlo.
Y estoy aprendiendo a aceptar que puedo querer a alguien profundamente y, aun así, dejar de buscarlo.
Puedo extrañarte sin volver.
Puedo recordarte sin intentar regresar a lo que fuimos.
Puedo llorar por ti sin que eso signifique que estoy retrocediendo.
Quizá estas lágrimas no sean por haberte perdido.
Quizá sean por despedirme poco a poco de todo lo que imaginé contigo.
De ese futuro que alguna vez pensé que podía existir.
De todas las cosas que quise darte y que nunca llegué a entregar.
Así que no…
no lloro porque no me quieras.
Lloro porque yo te quise tanto que ahora necesito tiempo para aprender a quererme lo suficiente como para dejarte ir.