Si acaso me pidieras razones,
si tu voz, suave como brisa de estío,
me preguntara por qué me detengo
frente a ti como quien contempla un misterio,
entonces tendría que hablarte
con el lenguaje tembloroso del corazón.
Eres maravillosa
en la forma en que la luz es maravillosa
cuando atraviesa las hojas al atardecer.
Cariñosa en los gestos pequeños,
en esa manera tuya de mirar
que no exige y, sin embargo, sostiene.
Hay en ti una dulzura antigua,
una ternura que parece venir
de siglos de esperas calladas,
de jardines que nadie nombra
y que, aun así, florecen.
Yo sé que no soy el mejor hombre para ti.
Lo sé con la claridad dolorosa
con que se conoce la propia sombra.
No traigo coronas ni promesas de oro,
ni el brillo fácil de quien nunca ha fallado.
Soy apenas este hombre imperfecto
que ha tropezado más de una vez
y que aún aprende a caminar derecho.
Pero aun así
te pido que me dejes cambiar por ti.
Que me permitas ser mejor
en el reflejo de tus ojos.
Que me dejes aprender
la delicadeza que todavía no domino,
la constancia que a veces se me escapa,
la ternura que quiero ofrecerte
sin que tiemble la mano.
No te fallaré.
No porque sea incapaz de herir,
sino porque el solo pensamiento
de nublar tu sonrisa
me duele más que cualquier renuncia.
Quiero ser el lugar donde descanses,
la voz que no te pida explicaciones,
el pecho donde puedas dejar
todo aquello que el mundo
no supo cuidar en ti.
Si me das apenas un poco de tu tiempo,
un poco de tu fe temblorosa,
yo haré de mis defectos
una materia maleable.
Transformaré lo torpe en cuidado,
lo incompleto en promesa,
lo humano en algo que merezca
estar cerca de ti.
Y si al final
el destino decide otro camino,
al menos sabré
que me atreví a mirarte de frente
y a decirte, con toda el alma:
déjame intentarlo.
Déjame ser, por ti,
alguien mejor
de lo que hasta ahora he sido.
n.