Y así terminó todo.
Él se fue a buscar el amor de su vida y yo me quedé viendo cómo se iba el mío.
Qué extraño es el amor cuando dos personas pueden querer, pero no de la misma manera.
Mientras yo todavía encontraba razones para quedarme, él ya estaba pensando en seguir adelante.
Mientras yo imaginaba todas las cosas que todavía podíamos vivir, él comenzaba a construir una vida en la que yo ya no estaba.
Y no hubo una gran despedida.
No hubo una escena perfecta que marcara exactamente el final.
Simplemente llegó un momento en el que tuve que aceptar que nuestros caminos estaban tomando direcciones diferentes.
Lo vi alejarse con todos los recuerdos que habíamos construido y entendí que no podía obligarlo a quedarse.
Quizá él necesitaba encontrar a alguien más.
Quizá yo también necesitaba aprender a encontrarme a mí.
Y aunque durante mucho tiempo me pregunté cómo podía irse tan fácilmente, con el tiempo entendí que cada persona vive el final de una historia de una manera diferente.
Para él quizá era el comienzo de algo nuevo.
Para mí era aprender a despedirme de algo que todavía quería.
Y eso fue lo que más dolió.
No perder solamente a una persona, sino perder todas las posibilidades que había imaginado con ella.
Ese futuro que nunca llegó.
Esas conversaciones que nunca tuvimos.
Todos los “algún día” que terminaron convirtiéndose en “nunca”.
Pero hoy ya no quiero quedarme mirando hacia atrás preguntándome qué habría pasado si él hubiera elegido quedarse.
Porque si tuvo que irse para encontrar lo que buscaba, entonces yo también merezco seguir mi camino y encontrar aquello que sea capaz de elegirme sin dudas.
Él se fue a buscar el amor de su vida.
Y yo me quedé viendo cómo se iba el mío.
Pero quizá ese no era el final de mi historia.
Quizá solamente era el momento en que tenía que dejarlo ir para descubrir que mi vida todavía tenía mucho amor por delante.