Renuncié a la idea de que fuéramos algo.
No porque haya dejado de sentir, sino porque entendí que no todo lo que deseamos está destinado a suceder.
Hubo un momento en el que imaginé demasiado contigo.
Imaginé conversaciones que todavía no habíamos tenido, momentos que nunca llegaron y un futuro que, en mi cabeza, parecía tan posible que por un instante olvidé que para construirlo necesitábamos quererlo los dos.
Yo quería absolutamente todo contigo.
No solamente tenerte cerca.
Quería compartir mi vida contigo de esas pequeñas maneras que terminan significándolo todo. Quería estar presente en tus días, conocer cada parte de ti y descubrir hasta dónde podía llegar aquello que sentía.
Pero algunas historias no se quedan porque uno las quiera demasiado.
Y tuve que aprender a aceptar eso.
Ahora ya no espero que seamos algo. Ya no intento imaginar qué pasaría si algún día cambiaran las cosas.
Pero sé que cuando vuelva a verte, habrá una parte de mí que lo recuerde.
Mi corazón va a recordar todo lo que alguna vez quiso contigo, aunque mi vida ya haya aprendido a seguir otro camino.
Y quizá eso está bien.
Porque olvidar no siempre es la única manera de sanar.
A veces sanar es poder recordar lo que quisiste sin volver a perseguirlo.
Es mirar a esa persona y pensar: “Yo alguna vez quise todo contigo”, pero también poder decirte a ti misma: “Y aun así, aprendí a seguir adelante.”
Renuncié a la idea de nosotros.
Pero no necesito fingir que nunca soñé con ella.
Porque hubo un tiempo en el que mi corazón te eligió sin miedo.
Y aunque hoy ya no espere que seas mi futuro…
jamás podré verte sin recordar que alguna vez quise absolutamente todo contigo.