🔹 Bebió con avidez la fuente dulce que se le ofrecía, saboreando cada gota de su miel más íntima.
🔹 Acercó sus labios con firmeza al árbol de la vida, lo recorrió con avidez y bebió hasta la última gota de su savia cálida y fecunda.
🔹 Entró en el valle tibio hasta lo más hondo, llenándolo por completo, y al ritmo de cada embestida, la luna suave de su origen se mecía dulcemente.
🔹 Con firmeza ensanchó la senda trasera, y por ese camino de sombra y ternura, lo acogió hasta lo más hondo.
🔹 Se dio placer con sus propias manos, y al llegar el momento pleno, un manantial cálido bañó su rostro entero.
🔹 Mientras la besaban en su rincón más íntimo, el placer la desbordó de tal modo que su ola tibia y dulce bañó por completo el rostro de quien la amaba.
🔹 Cada una bebió con avidez la fuente de la otra, y en el mismo instante en que el gozo las desbordó, sus aguas tibias y abundantes bañaron generosamente el rostro que las amaba.
🔹 Ayer pasé por tu puerta y me regalaste una perla preciosa. Hoy vuelvo a tu lado, porque no hallo refugio donde guardar mi anhelo, y vengo a pedirte que me acojas en tu cálido manantial, el único lugar donde todo mi ser halla sitio.
🔹 Pepito era un muchacho que buscaba a menudo el calor de su propia mano.
🔹 Lo hizo entrar con tal fuerza que el velo virginal se rasgó suavemente; y ella soltó un grito donde se mezclaron el dolor de la primera herida y el temblor del gozo que nacía por primera vez.
🔹 La mujer madura acogió con avidez en sus labios el brote de su juventud, lo bebió con fuerza y, cuando la savia brotó cálida y abundante, la recibió entera y la hizo suya con deleite.
🔹 Se alzó sobre él, y desde lo alto de su trono, dejó caer sobre su rostro un río tibio que lo cubrió por entero.
🔹 El hombre, con la sabiduría de los años, recorrió con sus labios el jardín secreto de la joven; la hizo florecer una y otra vez, y ella se retorcía bajo su cuidado, entregada por completo a la marea de su deleite.
🔹 Anhelaba unirse a ella, pero su cuerpo tardaba en seguirlo; insistió con ternura, y valiéndose de sus manos logró que el árbol se alzara, firme y listo para el encuentro.
🔹 El fuego de él tardaba en despertar; ella acercó sus labios y lo abrazó largo tiempo, buscando avivar la llama, pero la savia no terminaba de subir.
🔹 El manantial de la mujer madura se hallaba seco, sin corriente; sin embargo, él se inclinó sobre él y lo bebió con ternura durante largo tiempo, buscando con su aliento devolverle la humedad y la vida.
🔹 Desnudas y entregadas, se pusieron a su disposición; él las fue recorriendo una tras otra y, por la puerta que se guarda en la sombra, penetró en cada una, uniéndose a ellas por ese camino íntimo y profundo.
🔹 En su pesadilla, la joven ardía en hambre y sed; ante ella se alzaban unos tallos firmes y enhiestos, llenos de savia y promesa. Uno tras otro los acogió en sus labios, bebió su néctar cálido y fecundo, y tragó entera la leche de cada uno, hasta que su cuerpo quedó colmado y su sed por fin apagada.
🔹 Durante el recreo, las muchachas propusieron entre ellas un juego: ver quién alcanzaba primero la cima del deleite con sus propias manos.
🔹 Entre los muchachos nació un juego: contar cuántas veces podían despertar su propia llama y llegar a la plenitud. Al final se supo quién había llegado más lejos y se lo llevó el triunfo.
🔹 Formaron un círculo y cada una recorrió sus propios senderos de placer. El desafío era claro: quién lograba desbordarse más veces en ese medio tiempo, coronando así su entrega con más oleadas de deleite.