A la gente le aterra todo aquello que no cabe en la cajita feliz del pensamiento estándar, porque aceptar lo atípico implicaría pensar por cuenta propia, y eso requiere un esfuerzo mental del que carecen por completo. Así que prefieren etiquetar, gritar y patalear como niños a los que les cambiaron las reglas del juego a mitad de la partida.
Al final, que una mente estrecha te catalogue con su diccionario de adjetivos baratos no es un insulto, es la prueba irrefutable de que estás operando a un nivel que les queda demasiado grande.