Me dijeron: “No te enamores con el primer beso”.
Pero a mí ya me brillaban los ojos sin haber tocado su piel.
Todavía no había besos.
Ni abrazos interminables.
Ni momentos que pudieran confundirse con una historia de amor.
Solamente estaban sus palabras.
Su manera de hablar.
La forma en que podía hacerme sonreír sin siquiera intentarlo.
Y esa sensación extraña de querer seguir conociendo a alguien que, hasta hacía poco, era completamente desconocido para mí.
Quizá por eso nunca entendí esas reglas sobre cuándo está permitido enamorarse.
Porque el corazón no pregunta cuándo es el momento correcto.
A veces empieza con una conversación.
Con una mirada.
Con una risa.
Con la tranquilidad que sientes cuando hablas con alguien y, sin darte cuenta, empiezas a esperar sus mensajes.
Y cuando quieres darte cuenta, ya estás sonriendo al pensar en esa persona.
Todavía no había pasado nada extraordinario.
Pero yo ya encontraba algo especial en su presencia.
Y quizá eso era lo bonito.
No necesitaba tocar su piel para sentir que algo dentro de mí estaba cambiando.
No necesitaba un beso para saber que me gustaba.
Me bastaba con verlo ser él mismo.
Escucharlo hablar.
Descubrir poco a poco quién era.
Y sí, quizá me estaba adelantando.
Quizá estaba sintiendo demasiado pronto.
Pero hay emociones que no llegan siguiendo instrucciones.
Llegan sin avisar.
Y cuando llegan, simplemente las sientes.
Por eso, cuando me dijeron que no me enamorara con el primer beso, solo pude pensar:
“¿Y qué hago si a mí ya me brillaban los ojos mucho antes de que siquiera existiera ese beso?”
Porque quizá el amor no siempre comienza cuando dos personas se tocan.
A veces comienza mucho antes.
En una mirada.
En una conversación.
En esa pequeña emoción que aparece cada vez que alguien especial entra en tu mente.
Y a veces, sin siquiera darte cuenta, ya estás sonriendo por alguien que todavía ni siquiera has podido abrazar.