María y Julia habían terminado la escuela primaria. Eran muy amigas, inseparables desde que eran chiquitas, y sus padres, como premio por sus buenas notas y por esa amistad tan hermosa que las unía, decidieron regalarlas unas vacaciones inolvidables: las enviaron a una finca en el interior de Catamarca, propiedad de una familia amiga de confianza.
Allí el tiempo parecía detenerse. El aire era limpio, el sol calentaba suavemente y un río cristalino corría entre los árboles frondosos, a apenas doscientos metros de la casa. El río se convirtió en su lugar favorito: todas las siestas, cuando el calor ablandaba el pueblo y todos descansaban, ellas salían despacito, descalzas sobre la hierba fresca, y bajaban hasta el agua.
Ese día en particular, iban riendo y hablando de sus sueños, cuando de pronto se detuvieron en seco. Delante de ellas, antes de llegar a la orilla, escucharon voces y risas de jóvenes, varones, que hablaban fuerte y se reían con alegría. Las chicas se miraron, se callaron de inmediato y, sin hacer ruido, se agacharon y se acercaron escondidas entre los matorrales y los arbustos. Desde allí, protegidas por el follaje, pudieron ver claramente la escena en la orilla del río.
Eran unos seis muchachos, jóvenes como ellas, algunos un poco mayores. En ese momento llegó otro de ellos y dijo:
—Vamos a bañarnos en el río, ¿eh? ¡Hace un calor insoportable!
—Pero no hemos traído short de baño —dijo uno.
—¡No importa! Estamos solos, no hay nadie. Vamos a bañarnos desnudos. ¡Qué más da!
Sin dudarlo, comenzaron a desvestirse. Se quitaban la ropa entre risas y bromas, tirándola sobre la hierba y las piedras. Y uno a uno, quedaron al descubierto, completamente desnudos bajo el sol de la tarde. Las chicas observaban en silencio, con los ojos muy abiertos, curiosas y sin atreverse a moverse. Pero de pronto, una hormiga le picó a María en la pierna. El pinchazo fue tan rápido y fuerte que no pudo contenerse y emitió un grito ahogado.
En un instante, todo se detuvo. Los seis muchachos giraron la cabeza hacia los matorrales.
—¡Tenemos compañía! —gritó uno.
Las chicas salieron de su escondite, avergonzadas, con las mejillas ardiendo.
—¡Nos estabas espiando! —decían ellos, riendo con buena gana—. ¿Y qué tal? ¿Les gustó lo que vieron?
—¡No sabíamos qué hacer! —dijo Julia apurada—. Por favor, no se enojen…
—¿Enojarnos? ¡Cómo nos vamos a enojar! Hagamos una cosa: métanse al agua ustedes también. Nosotros tampoco hemos visto nunca a chicas sin ropa.
María y Julia se miraron una a la otra.
—Bueno… —dijo María—. Nosotras los hemos visto a ustedes… que nos vean a nosotras también. ¡Que sea justo!
Sin mediar otra palabra, se quitaron toda la ropa, quedando completamente desnudas ante ellos. Los muchachos se quedaron admirados, y las chicas caminaron juntas hacia el río y entraron en el agua fresca hasta la cintura. En un instante la tensión desapareció por completo. Todos juntos, jugaron, se salpicaron, se persiguieron y rieron bajo el sol de la tarde. El agua cristalina los refrescaba, el sol les calentaba la piel, y descubrieron que el cuerpo desnudo no es algo vergonzoso, sino algo natural y hermoso.
Cuando salimos del agua, el sol nos secaba despacito la piel y nos sentamos todos juntos en las piedras calientes de la orilla. Ya no había vergüenza, ya no había miedo. Éramos ocho jóvenes, todos iguales, todos desnudos, todos riendo bajo el sol de Catamarca.
—¡Miren qué suaves tienen la piel! —dijo uno de los muchachos, y con la punta de los dedos le tocó suavemente el brazo a Julia. Ella no se apartó, solo se sonrojó y sonrió.
—Y ustedes tienen la piel más firme, más caliente —respondí yo, y me atreví a pasar mi mano por el hombro del muchacho que estaba a mi lado. Él me miró a los ojos y sonrió.
Las bromas se fueron volviendo caricias, despacito, sin prisa. Nadie nos decía qué hacer, nadie nos obligaba. Solo nosotros, descubriéndonos con curiosidad y respeto. Nos tocábamos los brazos, los hombros, las manos, riendo de lo diferente que éramos y a la vez tan parecidos.
—¿Les molesta que las toquemos despacio, solo para ver cómo se siente? —preguntó el mayor, con voz muy suave.
—No… no nos molesta —dije yo, y Julia asintió—. Nos gusta que nos traten con cuidado.
Entonces nos acercamos más. Nos tocábamos con ternura, como quien descubre algo hermoso. Uno a uno, con mucho respeto, los muchachos nos acariciaron suavemente las piernas, las caderas, la espalda… siempre con cuidado, siempre preguntando con la mirada si estaba bien. Y nosotras también los tocamos a ellos: sus brazos fuertes, sus hombros, sus pechos, sus piernas. Todo era curiosidad, ternura, descubrimiento puro.
—Ahora nos toca a nosotras —dijo Julia con una sonrisa traviesa.
Los muchachos se pusieron en fila, riendo nerviosos, y nosotras pasamos entre ellos, tocándolos con las manos suaves, sintiendo sus cuerpos, riendo con ellos. Nadie se burlaba, nadie se reía de más. Solo nos conocíamos.
—Qué lindo que somos todos así, tan distintos y tan iguales —dijo uno de ellos—. No hay nada de qué avergonzarse.
—Es verdad —dije yo—. El cuerpo es solo el cuerpo. Lo importante es cómo nos tratamos.
Nos acostamos todos juntos en la hierba suave, unos al lado de los otros, compartiendo el sol y la sombra de los árboles. Nos abrazábamos, nos acariciábamos, nos contábamos risas y secretos. Fue una tarde de una inocencia hermosa, donde no había miedos ni malicias, solo la alegría de descubrirnos unos a otros con respeto y amistad.
Nos dimos besos con todos los chicos, fue como un concurso, todo dentro de una gran inocencia con dejos de picardia y deseos que comenzaban a aflorar en nuestros cuerpos juveniles, a los chicos también los llamo la naturaleza, sus bultos comenzaron a crecer y la risa no se hizo esperar.
Cuando el sol empezó a bajar, nos vestimos despacio, mirándonos con complicidad y cariño.
—Fue una tarde hermosa, ¿verdad? —dijo uno de los muchachos.
—Sí, hermosa —respondimos las dos a la vez.
—Y lo que pasó en el río, se queda en el río —dijo el mayor, poniendo un dedo sobre sus labios.
—¡En el río se queda! —dijimos todos juntos, riendo.
Caminamos de regreso por caminos distintos, con el corazón lleno de una alegría nueva, sabiendo que habíamos compartido algo especial, algo puro, algo que guardaríamos para siempre como uno de los tesoros más lindos de nuestra juventud. 💛