VIVIENDO UN CASTIGO
El relato que van a leer es una obra de ficción. Nada de lo narrado en estas líneas sucedió realmente. Contiene escenas y situaciones explícitas que pueden resultar excesivas o perturbadoras para algunos lectores.
¡Hola! Tengo veintiún años y escribo esto sentada en mi silla de ruedas. Quiero contar mi historia para que las chicas de hoy lo piensen dos veces antes de cuestionar las decisiones de sus padres.
Me llamo María, un nombre tan común como trivial que en la tradición católica simboliza la pureza. Aunque estoy muy lejos de hacerle honor a ese significado, quiero confesar el peor error de mi vida: esa decisión que me dejó sin el uso de las piernas.
En ese entonces tenía dieciséis años y cursaba el cuarto año en el colegio San Miguel Arcángel. Mis notas comenzaron a bajar y las inasistencias a aumentar, todo por una simple razón: un chico. En realidad, un hombre de veinticuatro años.
La mentira tiene patas cortas y todo se sabe, así que mis padres no tardaron en enterarse. Por obvias razones mi papá, un abogado penalista, se opuso por completo a esa relación. Me dejó bien en claro que mientras viviera bajo su techo y él fuera quien pagara mis gastos, tendría que hacer lo que él dijera.
Resumiendo la historia, la pelea escaló hasta que le grité a mi papá en la cara: «¡Me voy de esta casa!». Él, sin perder la calma pero con total frialdad, me soltó una última advertencia: «No vuelvas acá llorando cuando te deje tirada».
Yo estaba convencida de que él era el hombre de mi vida, el tipo con el que envejecería. Qué ciega estaba. Era solo el sueño absurdo de una adolescente enamorada. Pocos meses después, la profecía de mi viejo se cumplió al pie de la letra: el tipo que juraba amarme agarró sus cosas y se mudó a otra ciudad con su verdadera prometida.
Mi vida dio un vuelco irreversible. Me quedé sola, sin trabajo y con demasiado orgullo y vergüenza para volver a mi casa.
Busqué refugio en lo de mi amiga Yanina, que vivía sola. Ella no lo pensó dos veces y me acogió: me dijo que me quedara el tiempo que necesitara y que me ayudaría a conseguir un trabajo. Una noche me invitó a una fiesta; era sábado, cerca de las dos de la mañana. Llegamos a un lugar muy concurrido: música, drogas, alcohol y sexo, todo junto en un solo sitio.
Un hombre de unos cuarenta y cinco años, vestido de traje, le hizo señas desde la distancia a mi amiga.
—Quedate acá. No hables ni confíes en nadie —me susurró al oído.
Me quedé sola, sentada en un rincón. Los hombres pasaban y me miraban con morbo; yo escondía la mirada, sintiéndome profundamente incómoda. Después de una hora, Yanina volvió y me agarró con fuerza de la mano.
—Ya terminé, vámonos —me gritó al oído mientras salíamos apuradas.
Ella salía casi todas las noches y llegaba de madrugada. No aguanté más la curiosidad, una de esas madrugadas la esperé despierta y le pregunté:
—¿A dónde vas todas las noches?
Me lo dijo sin filtros: necesitaba plata y la manera más fácil de conseguirla era complaciendo hombres. Agregó que por una jovencita como yo pagarían muy buen dinero.
No dije nada. Me di media vuelta y me fui a mi cama. En mi cabeza retumbaba su última frase y pensé: «Tampoco sería tan diferente a lo que vine haciendo estos últimos meses». Fui a su pieza, me acosté a su lado y le dije:
—Necesito mi propio dinero. Lo voy a hacer.
Fuimos otra vez a ese lugar de mala vida. Un hombre mayor, que ya peinaba canas, sacó un paquete de billetes asegurados con un sujetador plateado y me miró. Yanina, que vio todo, le hizo una seña con los dedos indicando: «¿Ella o yo?».
El hombre señaló con el fajo hacia mí. Mi amiga se me acercó al oído:
—Esos billetes son tuyos si te animás a pasar una hora con él. Pero si no estás lista, le digo que solo me viniste a acompañar.
Me quedé pensando unos segundos. Caminé hacia él, tomé los billetes, los guardé en mi cartera y subimos a un cuarto. Admito que fue el momento en que sentí más asco en toda mi vida, pero necesitaba mi propio dinero.
Cuando se cumplió la hora, el hombre sacó una tarjeta de su billetera y me la extendió:
—Ahí te pueden dar trabajo, si te interesa.
No contesté; solo quería salir de allí. Guardé la dirección y bajé llorando. Yanina, al ver cómo estaba, me abrazó y me dijo que nos fuéramos.
Al otro día me acerqué a la dirección indicada en la tarjeta. Entré por una puerta que daba a una escalera. Una mujer me atendió y me pidió que me desnudara por completo; sin rodeos me preguntó si era capaz de bailar semidesnuda frente a muchos hombres. Le respondí que sí.
Luego el asunto se puso más intenso: me preguntó si estaba dispuesta a dar el siguiente paso si un hombre me lo proponía. Me explicó que ganaría cincuenta dólares por noche por bailar, pero que la cifra podía subir a trescientos si aceptaba lo otro.
Eso era mucho más dinero del que podía imaginar. Después de varios segundos de consultarlo internamente, acepté el trabajo.
Madame en rouge, como se hacía llamar, me recibió esa primera noche. Me llevó a un camerino y me dijo que eligiera entre la ropa íntima que había allí; me ordenó que prestara atención a las otras chicas y las imitara hasta encontrar mis propios movimientos. Agregó que soportara las manos de los hombres y que al final de la jornada tendría mi paga.
Después de la función me preguntó cómo me había sentido y le contesté que bien. Me entregó trescientos dólares, se me acercó al oído y me susurró:
—En la puerta hay una limusina negra esperándote.
Subí al vehiculo y nos dirigimos a lo que parecía una mansión. Bajamos del coche y entramos al lugar.
—Ponete cómoda —me dijo mientras servía dos vasos de whisky.
Me senté en un sofá; él se acercó, me pasó el trago, se puso detrás de mí y metió la mano debajo de mi sostén.
—Ya vuelvo —me susurró al oído.
Caminó hacia la puerta de entrada y la abrió. Entraron cuatro tipos.
—Miren la putita que les conseguí hoy —dijo, mientras todos se me acercaban desnudándose.
Intenté correr, pero me encerraron y comenzaron a desgarrarme la ropa. Alcancé a rasguñar a uno en la cara. Me noqueó de una trompada y desperté en el hospital.
Cuando abrí los ojos días después, frente a mí no estaban ni mi amiga, ni el hombre por el que dejé mi casa, ni mucho menos la madame. Abrazados y con lágrimas en los ojos, estaban mis padres. Ahí comprendí que nunca habían dejado de amarme; solo no compartían mi visión de la vida.
Luego me enteré de que un matrimonio me encontró desnuda y ensangrentada en un terreno baldío, con un balazo en la espalda. Mi columna vertebral detuvo el proyectil y evitó que mi vida se extinguiera
Creo que Dios me dio otra oportunidad para que hoy les cuente mi experiencia y les diga a ustedes que no se dejen llevar por el impulso.