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Lucia y su primera vez Sensible

Rulo1948
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Lucía ya era una chica mayor de edad y estaba deseosa de debutar sexualmente. Por eso se puso en contacto con Ernesto, un amigo de la infancia en quien confiaba plenamente, y le pidió que fuera él…

Contenido de la publicación

Lucía ya era una chica mayor de edad y estaba deseosa de debutar sexualmente. Por eso se puso en contacto con Ernesto, un amigo de la infancia en quien confiaba plenamente, y le pidió que fuera él quien la iniciara. Decidieron ir a un hotel y, una vez en la habitación, ambos se desnudaron. Ernesto, con mucho cuidado y delicadeza, le abrió las piernas y comenzó a practicarle sexo oral, lo cual llenó de gozo a Lucía.

—¿Estás bien, Lucía? —preguntó Ernesto con voz suave, deteniéndose un instante y alzando la mirada, aún con la respiración compasada sobre su piel.

Lucía dejó escapar un suspiro hondo, enredando los dedos entre el cabello de él para mantenerlo cerca. La sensación de calidez y el cuidado con el que Ernesto la trataba eliminaron por completo los nervios que la acompañaban al entrar.

—Estoy más que bien... No pares, por favor —murmuró ella, con la voz entrecortada por la agitación. Se sentía completamente segura a su lado.

Ernesto le dedicó una sonrisa pausada y volvió a concentrarse en ella, aumentando el ritmo de forma paulatina, atento a cada leve temblor y a cada respiración de Lucía.

—Avisa si voy muy rápido o si quieres que paremos —dijo él cerca de su piel, asegurándose de que cada paso fuera a su ritmo.

—No... Es perfecto así. Me haces sentir increíble —respondió Lucía, cerrando los ojos mientras se dejaba llevar por la intensidad del momento. Sentir el control y la delicadeza de su amigo le dio la confianza total para entregarse por completo a la experiencia.

El calor en su vientre se volvió cada vez más intenso, hasta que un temblor firme la recorrió de golpe. Lucía sujetó la espalda de Ernesto con fuerza mientras alcanzaba el orgasmo, dejando salir un gemido ahogado en el hombro de él. Ernesto la sostuvo con firmeza, dándole el apoyo que necesitaba mientras las olas de placer iban cediendo lentamente. Se acomodó a su lado y la envolvió en un abrazo, dejando que ella apoyara la cabeza en su pecho para recuperar el aliento.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él en un susurro, acariciándole la espalda con calma.

Lucía sonrió aún con los ojos cerrados, sintiendo el latido constante del corazón de Ernesto debajo de su mejilla.

—Protegida... y muy feliz. No pudo haber sido con alguien mejor.

Después del sexo oral, Lucía quería ser penetrada y le pidió a Ernesto que lo hiciese despacio para que no le doliera. Ernesto le dijo que lo haría con mucho cuidado. Acto seguido, y utilizando lubricante, apoyó su miembro en la vulva de Lucía y empezó a empujar suavemente.

Ernesto se detuvo apenas un instante al sentir la resistencia inicial, apoyando la frente junto a la de Lucía para mirarla directamente a los ojos.

—Dime si molesta en algún momento —susurró él, manteniendo las manos firmes en su cadera para sostenerla, marcando una pausa intencional para permitir que el cuerpo de ella se adaptara.

Lucía exhaló un aire cálido y continuo, sintiendo cómo la tensión se disipaba a medida que la presencia de su amigo le devolvía la tranquilidad. Acomodó las manos sobre sus hombros y asintió con una leve sonrisa.

—Ya pasó... me siento lista —dijo ella en voz baja, ajustando la postura de su pelvis.

Con la lubricación adecuada y el ritmo pausado que acordaron, Ernesto comenzó a deslizarse con movimientos cortos y constantes, midiendo cada reacción. Al notar cómo la rigidez inicial daba paso a un compás compartido, ella dejó escapar una respiración profunda, liberando la última duda.

—Se siente increíble... no te detengas —expresó Lucía, comenzando a acompañar el vaivén con sus propios movimientos, descubriendo una sincronía natural que convirtió la expectativa en un goce fluido y cercano. Lucía sintió esa presión, se aflojó, recibió el miembro del muchacho y comenzó a gozar y a moverse.

Después de varios minutos, Lucía sentía fuego en su entrepierna y lanzó un chorro de líquido; un squirt donde no podía creer lo que sentía. Ernesto acabó dentro de ella. Quedaron abrazados, se besaron y, uno al lado del otro, se acariciaron comentando lo bien que lo estaban pasando.

—Eso fue... impresionante —murmuró ella, mirando el techo y dejando escapar una risa suave, llena de alivio y asombro—. No imaginé que se sintiera tan fuerte.

Ernesto la rodeó con el brazo, acomodándola más cerca de él y dejando un beso pausado en su frente.

—Tenía que ser especial para ti —respondió él, acariciándole el brazo con la yema de los dedos—. Me alegra mucho que te hayas sentido cómoda y segura todo el tiempo.

Lucía se giró ligeramente para quedar frente a él, apoyando el rostro en su mano para observarlo.

—Gracias por la paciencia y por cuidar cada detalle —dijo con sinceridad—. Tenías razón, la confianza lo cambia todo.

Lucía le dijo a Ernesto:

—Hay otra cosa que quiero probar.

—¿Qué, Lucía?

—Quiero probar por atrás, quiero que me la metas por atrás.

—Bueno —dijo el muchacho—, me pondré lubricante y te la meteré por atrás.

Ernesto se acomodó a su lado y tomó el lubricante, manteniendo la misma calma y atención con la que habían llevado todo hasta ese momento.

—Vamos despacio, como recién —dijo él, mirando a Lucía para asegurarse de que estuviera completamente decidida—. Tú eres la que marca el ritmo; me avisas a la primera molestia.

Lucía asintió, buscando una posición cómoda sobre la cama y exhalando despacio para aflojar el cuerpo. La complicidad y la respuesta previa de Ernesto le daban la tranquilidad suficiente para explorar sin temores.

Con una buena cantidad de lubricante, Ernesto empezó estimulando la zona suavemente con los dedos, dándole tiempo al cuerpo de ella para acostumbrarse a la nueva sensación. Lucía cerró los ojos, concentrándose en la respiración a medida que la tensión inicial comenzaba a ceder. Cuando sintió que estaba lista, Ernesto apoyó la punta y comenzó a presionar con extrema lentitud y firmeza. Lucía apretó las sábanas por un instante, asimilando la presión, pero la paciencia de él le permitió relajarse por completo hasta recibirlo.

—¿Estás bien? —preguntó él en un susurro, deteniéndose justo ahí.

—Sí... bastante bien —respondió ella con la voz entrecortada, soltando el aire y empezando a disfrutar de la intensidad del momento—. Puedes moverte, despacio.

Ernesto comenzó un vaivén suave y controlado, permitiendo que la sensación se transformara gradualmente en un placer distinto y profundo, rodeando la cintura de Lucía para sostenerla mientras ambos volvían a entrar en sintonía.

En un momento dado, Lucía estaba muy excitada y, para acelerar su orgasmo, se metió los dedos en la vagina y se masturbó, llegando al orgasmo en el mismo momento en que Ernesto acababa y sentía el chorro de semen dentro de su ano. La combinación de la estimulación simultánea llevó la intensidad al máximo. El roce de sus dedos sumado al movimiento de él creó una ola de calor incontenible. Lucía arqueó la espalda, apretando las sábanas con la otra mano mientras sentía cómo los músculos de su cuerpo se tensaban al límite.

—Me voy a venir... Ernesto, ya... —alcanzó a murmurar con la respiración completamente desbordada.

Esa señal fue el detonante para él, que aceleró las últimas embestidas ajustando el agarre en sus caderas. En el mismo instante en que Lucía entraba en un orgasmo expansivo y liberador, Ernesto alcanzó su propio clímax, sintiendo la contracción simultánea de ambos mientras dejaba salir su calidez en el interior de ella.

El impacto del placer compartido los dejó inmóviles por unos segundos, unidos en la misma respiración acelerada. Gradualmente, las pulsaciones fueron bajando. Ernesto se dejó caer suavemente a su lado, buscando su rostro para besarla con ternura mientras ambos intentaban recuperar el aliento. Lucía se acomodó contra su pecho, con una sonrisa de satisfacción absoluta.

Ernesto le dijo a Lucía que le había encantado el sabor del jugo de su vagina, que nunca había bebido de un pozo tan rico. Ella le dijo que también le había gustado chupar su verga, sentir el semen y tragarlo. Para finalizar esa primera noche, hicieron un 69 con final feliz y ambos disfrutaron de sus fluidos.

Ernesto la miró con complicidad y se inclinó sobre ella para besarla:

—Hablaba totalmente en serio —le susurró cerca del oído, rozando su mejilla con delicadeza—. Conecté muchísimo contigo y todo lo que probamos fue increíble.

Lucía sonrió, enredando los dedos en su cabello y sosteniéndole la mirada con total soltura.

—Pienso exactamente lo mismo —respondió ella, pasándose la lengua por los labios al recordar las sensaciones—. Sentir cada gota y cada reacción tuya fue algo único. Me encantó entregarte mi cuerpo de esta forma.

Sin necesidad de más palabras, ambos acomodaron sus cuerpos en la cama en sentido opuesto, buscando la postura del 69 con fluidez. La familiaridad previa y el nivel de confianza alcanzado hicieron que la entrega mutua fuera inmediata: Ernesto volvió a disfrutar de la calidez de Lucía, al mismo tiempo que ella acariciaba y saboreaba su miembro con entrega y ritmo propio. El movimiento constante y coordinado los llevó de nuevo a un punto de no retorno, alcanzando el clímax casi al unísono. Al terminar, se giraron para volver a quedar frente a frente, abrazados bajo las sábanas, sintiendo el cansancio reconfortante y la calma de haber compartido una jornada de exploración inolvidable.

A la mañana siguiente, la luz tibia entraba por las cortinas del hotel. Lucía terminó de abrocharse la chaqueta frente al espejo, mirándose con una sonrisa renovada. Ernesto acomodó el bolso sobre su hombro y se acercó a ella por detrás, rodeándole la cintura con naturalidad y apoyando la barbilla en su hombro.

—¿Lista para volver al mundo real? —preguntó él con voz pausada, dejando un beso leve en su mejilla.

—Más que lista —respondió ella, girándose para acomodarle el cuello de la camisa—. Pero el mundo real se va a sentir un poco diferente desde hoy, ¿no te parece?

Ernesto sonrió con complicidad, tomándola de la mano mientras caminaban hacia la puerta. Salieron a la calle compartiendo miradas breves y apretones de manos que decían mucho más que cualquier palabra.

Días más tarde, se reencontraron en una cafetería concurrida de la ciudad. Vestido con su ropa cotidiana, Ernesto buscó a Lucía con la mirada hasta encontrarla junto al ventanal. A medida que se acercaba a la mesa, una sonrisa espontánea se dibujó en los labios de ambos.

—Perdón por la demora, se me complicó el tráfico —dijo él mientras apartaba la silla enfrente de ella.

—No pasa nada, recién llego —respondió Lucía, apoyando los codos sobre la mesa.

Un mozo se acercó brevemente a tomar el pedido. Durante esos pocos segundos, sus miradas se cruzaron en silencio, cargadas de ese secreto compartido. Cuando el mozo se retiró, Ernesto la miró fijamente y arqueó una ceja con tono lúdico.

—Te ves muy tranquila hoy. ¿Cómo venimos llevando la semana?

—Muy bien —respondió Lucía inclinándose un poco hacia adelante y bajando sutilmente la voz—. Aunque debo confesar que me costó un poco concentrarme los primeros días. Mi mente se iba a otro lado bastante seguido.

Ernesto dejó escapar una risa ahogada, frotándose la nuca.

—Bueno, no fuiste la única —admitió él en un susurro, buscando la mano de Lucía por encima del mantel—. A mí también me costó volver a la rutina.

Lucía le dijo que le gustaría tener otro encuentro íntimo antes de tener que viajar a otra ciudad por trabajo. Volvieron a ir a un hotel, esta vez mucho más relajados. El muchacho comenzó a chupar la vagina de Lucía y ella arqueó su cuerpo, lo giró y acabó abundantemente en la cara del joven. Acto seguido, Ernesto la penetró y, después de 20 minutos de un vaivén profundo y coordinado, acabó en la vagina de Lucía.

Llegó el momento de despedirse en la habitación del hotel antes del viaje. Lucía terminó de acomodarse el equipaje de mano junto a la puerta, mientras Ernesto, sentado en el borde de la cama, la observaba con afecto. Ella regresó hasta la cama y se sentó a su lado, tomando su mano.

—Se me va a hacer raro pasar estos días sola en otra ciudad —admitió ella con una sonrisa suave—. Me acostumbré rápido a este tipo de despedidas.

Ernesto la atrajo hacia sí, rodeándole la espalda para acomodarla contra su pecho.

—Te va a ir muy bien con el trabajo —le dijo él en un susurro firme—. Y el tiempo pasa rápido. Cuando vuelvas, aquí voy a estar.

Lucía alzó la vista, le acarició la mejilla y lo besó con ternura. Se despidieron con la promesa implícita de reencontrarse pronto.

Al regresar a la ciudad una semana después, el taxi dejó a Lucía en la puerta de su edificio. El cansancio del viaje desapareció en cuanto vio a Ernesto esperándola en la entrada. Al verla bajar, la cara de él se iluminó; caminó hacia ella y la rodeó en un abrazo apretado.

—Te extrañé —murmuró Ernesto cerca de su oído.

—Yo también, no te das una idea de cuánto —respondió Lucía, dándole un beso firme en los labios.

Subieron al departamento y, tras una cena improvisada en la mesa baja del living, Lucía estaba recostada contra los almohadones del sillón con las piernas sobre el regazo de Ernesto. La conversación sobre el trabajo dio paso a silencios cargados de miradas.

—Me distraje —admitió ella en un susurro, sonriendo mientras dejaba su copa sobre la mesa.

—Yo también —respondió él, deslizando las manos por sus piernas.

Lucía lo trajo hacia ella por el cuello de la remera y se besaron con ganas acumuladas. Sin romper el ritmo de los besos, Ernesto la levantó en brazos y cruzaron el pasillo hasta la penumbra del dormitorio. Al dejarla sobre la cama, él se posicionó sobre ella.

—Esta noche no hay apuros —susurró él, bajando besos pausados por su cuello mientras la desnudaba.

Con la soltura y la confianza que ya compartían, Ernesto la buscó con paciencia y decisión. La noche se transformó en un vaivén envolvente hasta alcanzar juntos el clímax.

La mañana del domingo se instaló en el departamento con un silencio apacible y el aroma a café recién filtrado. Lucía estaba sentada con un tazón caliente entre las manos, y Ernesto, frente a ella, revolvía su taza con parsimonia.

—Ernesto —comenzó Lucía, rompiendo la calma con una voz suave pero directa—. Estuve pensando mucho estos días, sobre todo durante el viaje.

Él levantó la vista.

—Te escucho, Lu. ¿Pensando en qué?

—En nosotros —dijo ella—. En lo bien que la pasamos, en la confianza que nos tenemos... y en qué lugar deja todo esto a lo que fuimos siempre. No quiero que esto se vuelva algo confuso o que en algún momento nos distancie.

Ernesto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.

—Para mí nada de esto borra lo que construimos desde chicos, Lu. Al contrario —dijo con firmeza—. Lo que pasó nació justamente de la confianza enorme que te tengo. Si pudimos explorar todo esto con tanta libertad y cuidándonos como lo hicimos, fue porque antes que nada hay un cariño auténtico.

Lucía asintió lentamente, tomando la mano de Ernesto sobre la mesa.

—Eso mismo siento yo. Me dio mucha seguridad empezar a descubrir mi sexualidad contigo porque sé quién eres. No quiero ponerle etiquetas ni presiones; solo quiero saber que podemos hablar de esto con la misma claridad de siempre.

—Siempre —reafirmó él, dándole un apretón cálido en la mano—. No hay reglas escritas. Lo importante es que sigamos siendo transparentes, que nos disfrutemos cuando estemos juntos y que nos sigamos cuidando como lo venimos haciendo.

El peso de cualquier duda latente se disipó por completo. Lucía sonrió, dio un sorbo a su café y volvió a mirar a Ernesto, sabiendo que esa complicidad, ahora más madura y consciente, estaba lista para todo lo que decidieran compartir en el futuro.