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los que pudieron flotar

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Capítulo 5 — Interrogatorios

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Capítulo 5 — Interrogatorios

 

La desorientación empieza a hacer su trabajo.

Le cuesta recordar detalles que antes recordaba con facilidad.

 

Una de esas tardes donde las palas no dejan de sonar,

Y el ruido de vainas cayendo es parte del ambiente.

Aquellos pasos que ejercen como un juez.

Se frenaron frente ella.

No hubo premisa, no hubo charla.

Solo sintió como su conciencia se iba apagando lentamente,

Sin poder hacer nada para evitarlo.

 

Graciela vuelve a la conciencia lentamente.

Primero escucha.

Un zumbido constante.
Pasos.

Una luz cegadora que la enfoca directo.
Una puerta que se cierra a lo lejos.

Después siente el cuerpo.

Las manos atadas atrás.
La espalda rígida contra una silla.
La capucha pegada a la cara, húmeda por su respiración.

No sabe dónde la llevaron.

Ni tampoco cuánto tiempo estuvo inconsciente.

Solo siente figuras que caminan a su alrededor.

Una voz rompe el silencio.

—Graciela Beatriz Ibarra.

La voz es neutra, como si le aburriera la situación o como si quisiera ocultar su acento.

Era aguda, ese tipo de voz que te provoca un escalofrió solo con escucharla.

 

—Maestra suplente. Veintisiete años. Vive con su madre Eleonor azucena Ibarra

Se oye el ruido de papeles.

Un ruido que hace erizar la piel de Graciela.

Y le provoca un solo pensamiento,

“Cuanto saben de ella? ¿Qué información tienen? ¿su madre está bien?”

—Sin antecedentes políticos. Interesante

El hombre hace una pausa larga.

Como si tratara de comprender algo que no cuadra en toda esta situación

—Sabes una cosa, tenemos un problema Graciela

Esta intenta mover los dedos.

Tomar un poco de control sobre su cuerpo.

La silueta comienza a acercarse a ella.

Su instinto le dice que haga algo,

Pero su cuerpo no reacciona.

No le hace caso.

La figura se inclina sobre ella.

Su cara tan cerca,

Que Graciela puede sentir la respiración ajena atreves de aquella capucha.

—Porque alguien sin antecedentes, no debería conocer tantos nombres.

Hace una pausa que podrían haber sido segundos, pero para ella fueron horas.

—A menos que tengas algún secreto.

 

— ¿señora Ibarra puede comentar lo que sufrió en los días de cautiverio?

La pregunta pesa en aquella sala.

Nadie quiere respirar,

Todos saben que las cosas que sucedieron en ese lugar no son fáciles de relatar.

Mas para alguien que sufrió meses los constantes abusos de diferente índole.

Graciela niega con la cabeza,

Prefiere evitar aquellos recuerdos.

—creo que otros testigos ya han dicho lo que pasaba en esos lugares, eso debería ser suficiente.

 

Algo cae sobre la mesa frente a ella.

Parece un cuaderno.

El zumbido aparece de la nada,

Pero esta vez aparece como aquella vez que pronunciaron su nombre.

Una clara advertencia de que algo no cuadra.

—Escuchame bien.

Empieza a leer

—Esteban Gutiérrez.
—Carmen Maldonado.
—Carlos Ledesma.

—Guadalupe Fuentes

Cada nombre cae como una piedra.

Cada uno tiene un peso diferente.

Graciela reconoce algunos,

Otros le suenan.

No porque los haya visto.

Porque los soñó.

Y porque en algún momento ella los escribió.

El hombre continúa.

Su voz ahora un tono más bajo de lo que ya estaba

—Esos nombres estaban en tu libreta.

Hace una pausa consciente, permitiendo que aquella mujer tomara consienta de su cruel realidad

Algo que Graciela no quería aceptar se implanto en su cabeza,

Ahora estaba sola,

Y esos nombres cayeron donde los sueños temían.

—¿Quién te los dio? ¿con quién trabajas?

Graciela siente que el corazón le golpea las costillas.

Si dice la verdad…

nadie le va a creer.

Peor y si le creen

Estará poniendo en peligro aquello que por meses estuvo,

En algún sentido estuvo protegiendo.

—No lo sé.

La silla cruje.

—¿Cómo que no sabes? ¿me tomas por pelotudo?

la silueta se acerca más de lo que es físicamente posible.

—Los escribí.

Su voz trata de no temblar

—Eso es obvio, la pregunta es ¿Por qué?

Graciela tarda en responder.

—No me acuerdo

La voz del hombre cambia.

—No me hagas perder el tiempo. Contéstame lo que te pregunte

Siente como sus manos son llevadas con fuerza hacia adelante

—Si haces caso puedo hacer que sean más sutiles, que duela menos

Graciela no habla

Y el hombre tampoco duda

Lo único que se escucha en esos pasillos es el ruido de huesos rotos y el llanto de aquella que no sabía que responder

 

—señor... vasco, ¿no?

El nombrado asiente.

Vasco uno de los sobrevivientes que fueron liberados.

— puede decirme que recuerda de esos días

El hombre tarda un poco en hablar.

Sus ojos buscan en la gente,

Parece que no está la persona que quiere ver.

—Era como una rutina

— ¿A qué se refiere?

—Era siempre lo mismo, primero nos dejaban atados con capuchas por unas horas, era como si quisieran que entendamos que nadie nos vendría a buscar, como si tuviéramos que entender que estábamos a su merced.

El juez anota con mucha atención lo que relata

—Después algunos eran llevados ante un juicio militar y otros éramos interrogados.

Su voz busca quebrarse

— ¿a qué se refiere con juicios? y ¿cómo eran esos interrogatorios?

— por lo que pude entender, de lo relatado por terceros. Eran enjuiciados por un consejo militar, y eran sentenciados a las mayores penas, para no soltarlos.

Larga un suspiro, como si buscara recuperar aire

—Lo interrogatorios eran desagradables, insoportables, eran una tortura eterna.

El lugar queda en silencio

— ¿puede relatar alguna de las torturas que le hicieron?

La pregunta floto en el aire.

Por un momento parecía que aquel hombre sentado en el estrado ya no quería hablar.

 

Las preguntas siguen.

Siempre iguales.

¿Quién te reclutó?
¿Dónde te reunís?
¿Quién te pasa la información?

¿de dónde sacaste los nombres?

Y Graciela siempre repite lo mismo.

—No me acuerdo.