Las voces en la mente discuten entre sí porque hace tiempo no entra ningún ruido del exterior. Se han acostumbrado tanto al vacío que parece que ya olvidaron que yo existo, que poseo una voz propia. Como llevo un largo trecho sumida en el silencio, ni siquiera registran mi presencia.
Por eso, una de ellas se extraña e inquiere en un murmullo por qué no la he mandado a callar, por qué no le he puesto un alto como antes. La otra, con una lucidez amarga, le responde que la razón es sencilla: me he quedado sola. Le dice que se han ido los amigos, que se ha esfumado el amor y que, en esa marejada de ausencias, terminó por extraviarse la más importante: yo misma.
Le explica que ahora solo sobrevivo por inercia, por aparentar que todo está bien, empujando los días con una calma fingida. Olvidé que aún sé hablar, olvidé que todavía puedo habitar mi propia vida.
Están perplejas, extrañadas de mi parálisis. No logran descifrar el fondo de lo que me pasa, pero hay algo que entienden con despiadada claridad: entre más callo hacia afuera, más espacio les cedo; en la profundidad de este silencio, sus voces son las únicas que han aprendido a volverse más fuertes.
Las sombras de la mente ganan terreno cuando se deja de nombrar lo que duele. Pero el silencio no significa que la voz haya muerto; a veces solo está tomando aire para volver a ser tuya.