Personajes:
Ignacio "Nacho" Silva (65): Dueño de "La Selección de Pocitos", rotisería y provisión de alta gama. Excampeón de yachting, viste camisa Oxford celestina de hilo, suéter sobre los hombros y mocasines Tod's sin medias.
María Pía "Pía" de Silva (60): Su esposa y co-dueña. Impecable, pelo rubio planchado, aros de perla australiana, tapado de paño beige. Obsesionada con la imagen del local y el protocolo social.
Gonzalo (28): Hijo menor de ambos, graduado de la Universidad de Montevideo, trabaja en finanzas. Viste ropa de padel, chaleco inflable y sostiene un termo de cuero.
Lourdes (45): Empleada doméstica de la familia Silva de toda la vida, atiende en el mostrador. Usa delantal blanco almidonado con el logo bordado del local.
La "Pancha" Arocena (72): Cliente habitual de la zona alta de Pocitos. Vestida de pieles, lentes oscuros en la cabeza, habla con voz rasgada e imperiosa.
El "Tato" (21): Delincuente del barrio vecino. Gorra de marca deportiva con visera doblada, campera holgada, zapatillas fluor. Tenso, errático, sostiene un revólver calibre 38.
El "Beto" (24): Cómplice del Tato. Cara tapada con un cuello polar negro, nervioso, agita un cuchillo de caza y un bolso deportivo.
Escenografía:
El interior impecable de "La Selección de Pocitos", ubicado en una esquina privilegiada sobre la calle Gabriel Pereira, a dos cuadras de la rambla. Iluminación cálida de diseño, piso de microcemento pulido y estanterías de roble claro.
A la izquierda, una heladera exhibidora con quesos brie de importación, trufas, salmón ahumado y caviar. A la derecha, cava de cristal climatizada repleta de vinos Tannat y Pinot Noir de exportación. En el centro, un mostrador de mármol de Carrara con una registradora táctil, flores frescas en un florero de cristal y una cafetera exprés profesional.
Afuera, es una noche de invierno ventosa. Los árboles de la calle agitan sus ramas desnudas contra los faroles. Se oye el motor distante de autos de alta gama circulando por la calle Chucarro.
ACTO I
(Al abrirse el telón, la tienda está iluminada suavemente. Lourdes repasa el mármol con un paño. Pía ajusta un arreglo de orquídeas en la entrada. Nacho está detrás de la cava anotando en un iPad con funda de cuero. Gonzalo entra apurado por la puerta principal, haciendo sonar una campanilla metálica elegante).
GONZALO: (Dejando la paleta de padel sobre una silla de diseño) Papá, Mamá, che, qué frío afuera. ¿Sigue abierto esto? Pasé a buscar el carpaccio de lomo que me dijo mamá que me preparó Lourdes. Mañana nos juntamos con los chicos a ver la Champions en lo de Santi en Malvín.
PÍA: (Acomodando el tapado con gesto refinado) Hola, mi amor. Sí, Lourdes te dejó la bandeja pronta en la heladera de abajo, con el aceite de trufa que trajimos de Italia. Decile a Santi que no se olvide de abonar la cuenta del mes pasado, que el contador me pidió cerrar la facturación de la tarjeta.
NACHO: (Saliendo de la cava, sonriendo y palmeando a su hijo en la espalda) Tranquila, Pía, la familia de Santi compra acá desde que abrimos en el 98. ¿Cómo estuvo el partido, Gonza? ¿Le ganaron a los de Carrasco Lawn?
GONZALO: Un desastre, papá. Perdimos en el tie-break. El viento en la cancha descubierta era insufrible. (Mira la hora en su Apple Watch) Che, voy a buscar un espresso de la máquina mientras espero a la Pancha, que me dijo que venía a buscar unos vinos para la comida de su cuñado.
(Se abre la puerta de cristal. Entra la Pancha Arocena arrastrando un carrito de compras importado, cubierta por un tapado de visón).
PANCHA: (A viva voz, acomodándose los lentes sobre el pelo) ¡Nacho! ¡Pía! Qué suerte que los encuentro abiertos, por favor. Gabriel Pereira es un congelador a esta hora. Vengo del esteticista de la calle Ellauri y me acordé que no tengo nada para picar antes del asado de mañana en el campo de Rocha.
PÍA: (Acercándose a saludar con dos besos en el aire) ¡Pancha, querida! Qué divina estás. Lourdes, por favor, preparale a la Sra. Arocena doscientos gramos del manchego curado y unas aceitunas griegas de las que llegaron el viernes.
PANCHA: Ay, mi amor, sos una salvación. Le decía hoy a la mucama en casa: en Pocitos ya no quedan comercios como este. Todo es autoservicio barato. Vos entrás acá y sabés que el jamón serrano te lo cortan a cuchillo como corresponde. ¿Y tu hijo? Mirá qué grande que está Gonzalo.
GONZALO: (Saludando con una sonrisa) Hola, Pancha, ¿cómo estás?
PANCHA: Un divinismo, querido. Oigan, ¿vieron qué raro está el barrio últimamente? Hoy al mediodía vi dos muchachos medio extraños caminando por la rambla, cerca del parador. Yo le dije a mi esposo: "Gonzalo, hay que poner más cámaras en el edificio, esto ya no es lo que era".
NACHO: (Restándole importancia con un gesto de mano) Exageraciones de la prensa, Pancha. Acá en Pocitos nos conocemos todos. Hay patrullaje a dos cuadras. Además, puse el sistema de respuesta rápida con la empresa de seguridad. Tocás un control acá abajo y en tres minutos tenés dos motos en la puerta.
ACTO II
(La campanilla de la puerta suena con violencia. La puerta se abre de golpe, rebotando contra el tope de goma. Entran el Tato y el Beto. El Tato blande un revólver oxidado; el Beto lleva un cuchillo militar de hoja ancha).
TATO: (Gritando fuera de sí, con voz rasposa) ¡Quietos todos, la concha de su madre! ¡Al piso! ¡Al piso todos o les vuelo la cabeza!
BETO: (Corriendo hacia la caja, pasando el cuchillo cerca del rostro de Lourdes) ¡No te movás, vieja! ¡Cerrá el pico! ¡Trae el bolso, dame todo!
(Pancha lanza un grito agudo, dejando caer su bolso Chanel y cubriéndose la boca. Gonzalo reacciona por instinto poniéndose delante de su madre).
GONZALO: ¡Tranquilos! ¡Che, paren un poco! ¿Qué precisan? Les damos la plata, no hay necesidad de gritar.
TATO: (Le da un empujón a Gonzalo en el pecho, haciéndolo tambalear contra el exhibidor de vinos) ¡Cállate vos, cheto de m...! ¡A mí no me hables como si fuera tu empleado! ¡Mové las manos donde las vea!
PÍA: (Con la voz temblorosa pero intentando mantener la postura) Por favor... muchacho. Tomen la caja. Lourdes, dale el dinero de la registradora. No tenemos nada más acá.
BETO: (Mirando la tienda con codicia, metiendo la mano en la caja metálica que salta al presionar un botón) ¡Mirá lo que es esto, Tato! Hay fajos enteros. ¡Estos giles se la pisan en plata! Che, vos, el viejo del suéter... (Apuntando a Nacho) ¡Abre la caja fuerte! ¡Sé que tienen caja fuerte atrás!
NACHO: (Manteniendo la calma, levantando las manos despacio) Escuchame bien, botija. Acá no hay caja fuerte. Esto es una rotisería. Toda la recaudación del día está en esa caja que tu compañero está vaciando. Llevate los pesos, llevate los dólares de la propina y andate.
PANCHA: (Sollozando en el piso, arrastrándose hacia la esquina) Por favor, los santos del cielo... no nos hagan nada... me va a dar un ataque al corazón...
TATO: (Caminando desorientado por el local, sudando, visiblemente alterado por las drogas) ¡Cállese la boca, vieja cheta! ¡Me tienen podrido con sus olores finos y sus autos de lujo! ¡Ustedes se piensan que son los dueños de Montevideo!
(Beto junta el dinero en el bolso, pero en el apuro golpea un estante de cristal. Cuatro botellas de vino de edición limitada caen al suelo de microcemento, estallando en un charco rojo oscuro y vidrios esparcidos).
BETO: (Asustado por el ruido) ¡Uh, la p...! ¡Tato, vámonos que esto hace mucho ruido!
TATO: (Mirando el charco de vino y los reflejos de las luces en el cristal) ¡No nos vamos nada todavía! El viejo me está mirando mal. (Avanza hacia Nacho) Vos te pensás que yo soy un gil, ¿no? Mirás los mocasines, mirás la camisita... Te pensás que valés más que yo.
GONZALO: (Tratando de interponerse) Flaco, ya tenés la plata. Mi viejo no te dijo nada. Tomen el bolso y salgan por Gabriel Pereira, nadie los está siguiendo.
TATO: (Cegado por la paranoia, le propina un culatazo en el rostro a Gonzalo, tirándolo al suelo con la frente sangrando) ¡Que te calles te dije!
PÍA: (Sueltan un alarido desgarrador) ¡GONZALO! ¡MI HIJO! ¡ASESINOS!
NACHO: (Perdiendo la compostura por primera vez, abalanzándose sobre el Tato al ver a su hijo herido) ¡CON MI HIJO NO, BASURA!
ACTO III
(En el forcejeo, Nacho logra agarrar la muñeca del Tato. El Beto retrocede asustado. El Tato, presa del pánico y fuera de control, tira del gatillo en medio del desorden).
(Un disparo seco resuena en la acústica del local. La bala impacta de lleno en el tórax de Nacho).
(Nacho se detiene en seco. Su mirada se nubla. Da un paso hacia atrás, tropezando con la caja de madera de los quesos, y cae pesado contra el mostrador de mármol. El suéter celestina se tiñe inmediatamente de un rojo denso).
PÍA: ¡NACHO! ¡NOOO! ¡NACHO, POR FAVOR! (Se tira sobre el cuerpo de su esposo, intentando tapar la herida con las manos).
GONZALO: (Tratando de levantarse con la cara ensangrentada, mareado) Papá... no, no, no... ¡Papá!
TATO: (Mirando el arma, dando pasos hacia atrás tropezando con los vidrios rotos) ¡La c... de la lora! ¡Se cruzó! ¡Él se me vino arriba, Beto! ¡Yo no quería tirarle!
BETO: (Aterrado, corriendo hacia la puerta) ¡Vámonos, Tato! ¡Lo quemaste al viejo! ¡Vámonos que viene la yuta!
PANCHA: (Gritando desde el suelo, fuera de sí) ¡Auxilio! ¡Asesinos! ¡Policía!
TATO: (Escuchando los gritos de la Pancha y la sirena lejana de un patrullero que se aproxima por la avenida Brasil. Su mente colapsa en pánico. Apunta a ciegas hacia donde están Pía y Gonzalo abrazados sobre el cuerpo de Nacho).
TATO: ¡Cállense todos! ¡CÁLLENSE!
(El Tato dispara dos veces más a quemarropa).
(El primer disparo da en la espalda de Pía, que se desploma inerte sobre el pecho de su marido. El segundo disparo impacta en el cuello de Gonzalo, quien cae de costado contra la vitrina de cristal, dejando un trazo de sangre en el vidrio impecable).
(Lourdes se cubre la cabeza bajo el mostrador, ahogando los sollozos. Pancha queda en shock, muda, mirando el horror con los ojos desorbitados).
(Un silencio sepulcral cae sobre "La Selección de Pocitos". Solo se oye el zumbido de la heladera de vinos y el motor de la cafetera que termina de gotear).
BETO: (Gritando desde la calle) ¡TATO, CORRÉ!
(El Tato tira el revólver al suelo, agarra el bolso de la caja con la mano ensangrentada y sale corriendo por la puerta de cristal, haciendo sonar por última vez la campanilla metálica).
(Afuera, el viento de Pocitos sopla con fuerza, golpeando las hojas secas contra la vidriera. Adentro, las luces de diseño siguen iluminando el mármol, las orquídeas y los tres cuerpos inmóviles en el piso de la tienda).
TELÓN