Eran cuatro amigas inseparables. Se conocían desde el jardín de infantes, cuando apenas sabían hablar y ya se tomaban de la mano para caminar juntas. Los años pasaron, crecieron, compartieron cuadernos, secretos, primeras ilusiones, también peleas tontas que se arreglaban con una sonrisa y un abrazo. Eran como hermanas, con las diferencias y los enredos propios de la niñez y la adolescencia, pero siempre volviendo la una a la otra.
Y por fin llegaron esas vacaciones que sus padres les habían prometido hacía tanto tiempo: un viaje a un hermoso pueblito en las sierras de Córdoba. Un lugar paradisíaco, rodeado de montañas verdes, árboles altos que susurraban con el viento, y un río de aguas cristalinas que corría fresco y cantarino entre las piedras. Un sitio muy tranquilo, casi desolado, lejos del ruido de la ciudad, lejos de las miradas y las prisas. Exactamente lo que ellas querían.
Además ya eran todas chicas mayores y muy despiertas.
El chalet que les habían alquilado los padres era hermoso, construido de madera y piedra, con grandes ventanales que miraban hacia las montañas. Además, contaban con la compañía de Olga, una mujer amable y de trato cálido que les hacía de guía, cocinera y todo lo que necesitaran. Llegaron una tarde, cenaron todas juntas riendo y contando anécdotas, y a la mañana siguiente se levantaron temprano, ansiosas por salir al río porque ya hacía mucho calor.
Desayunaron café con leche humeante con pan de campo recién horneado, y entre risas le preguntaron a Olga:
—Dinos, el río… ¿no es peligroso? ¿No hay gente que pueda molestarnos?
Olga les sonrió con calma:
—No, chicas, tranquilas. Es un lugar muy tranquilo y casi no va nadie. Pero de todos modos, aquí está mi hijo Franco que las va a acompañar. Él conoce el río como la palma de su mano. Además es fuerte y nadie se va a animar a decirles algo con Franco cerca.
Las chicas sonrieron agradecidas. Franco apareció en la puerta, un adolescente alto, de ojos oscuros y cuerpo que empezaba a llenarse de hombre. Asintió con seriedad, pero sus ojos brillaron al verlas.
Fueron caminando hasta el río. Las cuatro llevaban sus diminutas bikinis, que dejaban ver sus piernas largas, sus cinturas delgadas y sus jóvenes cuerpos en toda su frescura. Al llegar al agua, se quitaron las sandalias y empezaron a chapotear, a salpicar, a reírse fuerte, libres y felices.
Franco se quedó un momento en la orilla, observándolas. Y la verdad, no era el calor lo que lo hacía arder. Su cuerpo, lleno de hormonas a mil por hora, reaccionaba solo ante la vista de esas cuatro chicas hermosas, tan cerca, tan despreocupadas. Su miembro empezó a crecer, firme y caliente, apretado contra su short.
—¡Vamos, Franco, tírate al agua con nosotras! —le gritaron al unísono.
Franco no dudó y se lanzó al agua. No fue por el calor. Fue porque quería estar cerca de ellas.
No había nadie más. Solamente ellos cinco en el río ese día. Parecía que todo el pueblo se había puesto de acuerdo en dejarlos solos, en ese rincón protegido por los árboles. Las chicas se juntaron junto a Franco, y entonces, una de ellas, al agacharse entre las piedras, lo vio a través del agua clara.
—Eh… parece que se despertó —dijo ella con una sonrisa traviesa.
—Sí… despertó la fiera —añadió otra.
Franco se puso rojo como una cereza y empezó a balbucear, avergonzado. Pero las chicas no se burlaron. Se acercaron más y Sofía, la más atrevida, dijo:
—Vamos, Franco, no te avergüences. Eso es lo más normal del mundo. Somos bellas, es natural que te pongas así. ¿Por qué no nos lo muestras? Sientate en esa piedra y quítate el short. Seremos jueces y daremos nuestro veredicto sobre ese monstruo.
Franco caminó hasta la piedra, se sentó y con manos temblorosas se deslizó el short. Allí estaba él, al descubierto ante cuatro pares de ojos hermosos. Clarisa se inclinó entonces y dijo:
—Hagamos una cosa… vamos a inspeccionar con nuestra boca qué tal es la superficie de ese animalito. Empiezo yo.
Se acercó y comenzó a acariciarlo, a recorrerlo con sus labios y la punta de su lengua, de arriba hacia abajo, girando suavemente alrededor de la cabeza. Entonces Ernestina propuso:
—¡Hagamos un concurso! Treinta segundos cada una. Ganará la que logre que Franco se corra primero. Y todas nosotras nos beberemos ese manjar.
Una de ellas contaba el tiempo y golpeaba suavemente el hombro para dar paso a la siguiente. Treinta segundos por chica. Y de golpe, Franco explotó, llenando la boca de la que estaba en ese momento. Pero ella no fue egoísta: compartió el manjar con las demás, todas probaron, tragaron y sonrieron complacidas.
Franco quedó exhausto y enloquecido de placer, pero las chicas no se conformaron.
—Hagamos enojar al animalito nuevamente —dijo una de ellas y volvió a succionar con fuerza.
Franco era un muchacho fuerte, joven, bien alimentado, un verdadero exponente del gringo cordobés. Su miembro se puso erecto otra vez. Entonces Victoria propuso:
—Sigue otro concurso. Ahora vamos a cabalgar. Treinta segundos cada una. A ver quién lo hace acabar de nuevo.
Una tras otra se sentaron sobre él, y fue Victoria quien logró que Franco estallara por segunda vez. Pero no tenían límites esa mañana. La más atrevida sacó unas cremas y dijo:
—Las usaremos como lubricante para la puerta de atrás. Treinta segundos cada una. Vamos por tu tercer orgasmo, Franco.
Y así fue. Una tras otra, con cuidado y suavidad, lo recibieron por esa puerta más secreta. Esta vez la ganadora fue Sofía, quien con su ritmo y paciencia logró que Franco estallara por tercera vez.
Descansaron una hora, luego todos juntos se metieron al agua completamente desnudos y se lavaron con calma, ayudándose unos a otros. Cuando salieron, Victoria dijo:
—Pero falta algo… Hemos probado el sabor de tu palo y lo hemos sentido adentro nuestro. Pero falta que nos des una buena chupada y nos hagas acabar a todas. ¿Qué les parece?
Todas aplaudieron. Y Franco, aunque cansado, aceptó con gusto. Quería conocer el sabor de esos rincones, algunos depilados y otros peluditos.
Por turnos, cada chica se sentó sobre la piedra, abrió las piernas y las apoyó sobre los hombros de Franco. Él comenzó a chupar, lamer y morder, como un verdadero profesional. Le sirvió mucho todo lo que había aprendido de las películas que veía solo. La primera chica llegó al orgasmo al minuto, se arqueó y mojó la piedra con sus jugos. Siguió la segunda, la tercera y la cuarta. Todas tuvieron orgasmos muy húmedos, dejando la piedra chorreando y cubierta de ese sabor salado.
—¿Te gustó nuestro gustito? —le preguntaron las chicas.
—Sí, mucho —respondió Franco—. Qué diferencia… algunas más saladas que otras, algunas un poquito más ácidas, otras más dulces. Pero me encantó el sabor de todas.
Las chicas se rieron, se vistieron y todos fueron a almorzar. Doña Olga vio la cara de felicidad de las chicas y a Franco levemente sonrojado, y se dio cuenta de todo. Almorzaron en un clima de complicidad. Las chicas se fueron a dormir la siesta, y entonces Olga le dijo a su hijo:
—¿Qué has hecho, muchacho? ¿Te han hecho probar el manjar que tienen entre las piernas estas chinitas de la capital?
Franco se sonrojó:
—Sí, mamá… prácticamente me obligaron.
—Me imagino que te resististe mucho, ¿verdad, mi hijo? —le dijo ella con una sonrisa que lo dijo todo.
Franco se rió y se fue a dormir la siesta. Y así sucedió toda esa semana. Fue una semana de puro placer. Las chicas perdieron la cuenta de la cantidad de orgasmos y de las veces que fueron penetradas por sus distintas puertas. Franco también perdió la cuenta de las horas que pasó amándolas, besándolas, saboreándolas.
Hasta que llegó el momento de la despedida. Las chicas tomaron el tren hasta Córdoba y de ahí el avión de regreso a casa. Franco las despidió a todas con un beso suave en los labios y quedaron de acuerdo en encontrarse en los próximos veranos.
Cuando regresó a casa, su madre le dijo:
—¿Qué verano has tenido, mi hijo?
—Sí, mamá… lo he disfrutado mucho.
—Bueno… has tenido un verano épico. Quién como vos, que debutaste con cuatro chicas hermosas. ¿Y les dijiste tu edad?
—Si, mamá.
—¿Y vos no le dijiste que eras menor que ellas?
—Si, mamá.
—Ay, muchacho, muchacho… Bueno, nadie te obligó, lo has hecho gustoso. Y ellas sabían, pero ha sido algo hermoso. Me alegro mucho por vos, hijo.
Pero recuerda siempre que debes respetar la voluntad de las chicas, si en algún momento te rechazan debes aceptarlo 💛
PD: Franco era menor que las chicas, pero mayor de edad.