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La venganza de la pastora Sensible

Rulo1948
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La pastora Irma tenía 35 años. Era una mujer morocha, de presencia cálida y generosa, querida por todos en la comunidad. Su esposo era el pastor Rossi, y juntos guiaban la congregación con entrega y…

Contenido de la publicación

La pastora Irma tenía 35 años. Era una mujer morocha, de presencia cálida y generosa, querida por todos en la comunidad. Su esposo era el pastor Rossi, y juntos guiaban la congregación con entrega y dedicación. Irma llevaba sobre sus hombros gran parte de la vida cotidiana del templo: administraba el comedor escolar donde se daba de comer a los niños, cuidaba la biblioteca, organizaba la ayuda a los ancianos y a las familias necesitadas, y se ocupaba con especial rigor de la colecta del diezmo.

Pero aquella noche, la rutina del templo se quebró. La noche cerrada caía sobre el edificio y, en la pequeña habitación del fondo, Irma sentía el cuerpo latiéndole de una agitación que no lograba calmar. Se le acercó a Rossi con la urgencia de romper la monotonía:

—Rossi, apaga tu fuego conmigo, dejá tanta vuelta... no aguanto más —le urdió con la voz cargada de necesidad.

Pero el pastor, con la cabeza enterrada entre los libros de contabilidad del diezmo y los números del comedor, la apartó con sequedad:

—Ahora no, Irma. Tengo la cabeza llena de cuentas, mañana hay que pagarle al proveedor.

Con el fuego adentro y el rechazo quemándole el pecho, Irma tomó una decisión terminante. Tomó su rumbo hacia el paraje Upianita para encarar de frente a su primo Humberto, a quien el pueblo señalaba por andar desparramando chismes. Encontró a Humberto a la sombra de un algarrobo y, tras un cruce áspero donde él le confirmó que todo el monte hablaba de las andanzas de Rossi con la "ura" de las chinitas, la tensión se transformó en complicidad.

—Si el pastor anda descuidando lo que es suyo, acá sobra maña para atenderte como te mereces —le retrucó Humberto con una sonrisa socarrona.

La llevó al catre en la penumbra del rancho y la despojó de las ropas. Humberto se dedicó a su ura palpitante que abría y cerraba sus labios, metiéndole después el pingo con fuerza hasta que ella mojó el catre con un fuerte chorro. Antes de terminar, el primo le metió el pingo por la tranquera trasera y le exigió que se lo chupara bien, tal como lo hacían de jóvenes en las orillas del Río Dulce.

Humberto le pregunto cuanto tiempo hacia que no daba de tomar agua a la cotorra, Irma le dice que hacia un mes que un vecino le pego una buena culeada con chupada de ura y cojida por atrás incluida.

Irma emprendió el regreso al pueblo contenta, con la ura super dilatada al igual que la puerta trasera, rengueando por el dolor pero super feliz. Al llegar al templo, Rossi la miró de arriba a abajo y le preguntó qué hacía con ese paso:

—Estuve culeando, Rossi. Ya que no me lo haces vos me atiende otro —le retrucó ella sin filtro.

El pastor, furioso, le exigió que abandonara el templo. Pero Irma se rio, sacó el teléfono y le mostró un video donde se veía al mismísimo pastor chupándole la ura a la hija de la concejal en los rincones oscuros de la sacristía. Rossi quedó petrificado, mudo y sin autoridad alguna.

—Así que Rossi, ire a echarme un polvo cuando tenga ganas, mi ura no pasara mas sed, estas notificado —le lanzó ella antes de darle la espalda.

Desde entonces, Irma siguió gozando de sus escapadas al rancho de Upianita para entregarse con su primo, mientras el pastor Rossi quedó completamente arrumbado en su escritorio, obligado a hacerse la paja a solas porque las chicas del barrio se enteraron de todo y ya no quieren saber nada con él.

Un dia la pastora se dio cuenta que estaba embarazada y que su hijo seria de su primo Humberto, se rie y dice, tendremos una alma mula en el barrio-

Pero esto es otra historia.