Reflexiones del viento nocturno...
El viento cordillerano que bajaba por los desfiladeros de la memoria traía el olor a romero silvestres y a cenizas húmedas, ese aroma persistente de los incendios que nunca terminan de apagarse en el fondo de la sangre.
Ella, cuya identidad se había desdibujado tras tantas estaciones de éxodos y duelos, se mantenía en pie en el centro del claro. No quedaba rastro de su nombre en los labios de los vivos; para el mundo era simplemente la hechicera, un ánima errante que cargaba con la historia familiar como quien lleva una piedra atada al pecho. Entre sus manos fatigadas sostenía el violín de madera de nogal oscuro. Las cuerdas, estiradas como venas pacientes, guardaban la vibración de las abuelas, de las tías abuelas y de todas las mujeres que la precedieron en el arte de zurcir almas rotas.
Delante de ella, la niebla no amenazaba con espadas ni con fuego, sino con un silencio espeso y gelatinoso. Era la Cercanía del Vacío, una batalla sin estrépito. No había monstruos con fauces ni ejércitos de sombras; solo la presencia invisible de la propia indiferencia.
—¿Para qué sigues tocando? —murmuró la bruma, adoptando el eco exacto de su propia voz, una voz gastada por los años y el desamor—. Nadie recuerda quién eres. Has sanado las cicatrices ajenas, pero tu propio refugio está deshabitado. Tu música es solo un monólogo en una casa vacía.
Un frío espeso le paralizó los nudillos. La duda, ese veneno sutil, le secó la saliva. La tentación de dejar caer el arco y rendirse al olvido fue una caricia cálida, casi un alivio. ¿Qué sentido tenía luchar contra el desamor del mundo si ella misma se sentía una desconocida ante el espejo?
Cerró los ojos con fuerza y rechazó la necesidad de buscar un culpable afuera. Comprendió que la batalla no era contra la soledad, sino contra el terror de mirarse de verdad.
Apoyó la barbilla en la mentonera del violín. Al deslizar el arco, no brotó un himno triunfal, sino una melodía quebrada, frágil como el cristal soplado al calor de la tarde. La música se deslizó hacia los rincones más oscuros de su memoria: las promesas rotas, los abrazos que nunca llegaron, los silencios largos en las mesas de invierno.
No intentó expulsar el dolor. Al contrario, con cada nota de su violín, invocó sus propios naufragios. Permitió que la música fuera el vehículo de su vulnerabilidad, un puente tendido hacia sus propios rincones abandonados. La magia del instrumento no residía en su poder de destrucción, sino en su capacidad infinita de reconciliación.
Al aceptar su propia orfandad y perdonarse por no haber sido invulnerable, la música cobró una densidad luminosa. El sonido llenó el claro del bosque, disolviendo el eco de la niebla. El vacío se replegó, vencido no por la fuerza, sino por la profunda y radical compasión que ella se otorgaba a sí misma.
Cuando el último acorde se desvaneció entre las copas de los árboles, la hechicera abrió los ojos. La bruma se había evaporado, dejando un cielo limpio, cuajado de estrellas antiguas. Y en ese instante de paz absoluta, comprendió que ya no necesitaba un nombre para existir; su nombre era ahora la música misma.
-Moraleja:
Las mayores batallas de la vida no se ganan conquistando el exterior, sino teniendo el valor de descender a las ruinas de nuestro propio pasado, abrazar nuestros vacíos y perdonarnos por las veces que no supimos salvarnos.