El Señor es la fortaleza de los justos, el consuelo de los afligidos, la esperanza de los desconsolados, el sustento de los pobres y menesterosos, la fuerza de los débiles y el descanso de los pies cansados.
Nuestro Dios es bueno y abundante en misericordia. De su mano recibimos la vida, la salud y el alimento; Él renueva nuestras fuerzas y nos bendice con toda bendición espiritual. Pero, por encima de todos sus dones, nos ha concedido el Don supremo: a su Hijo amado, Jesucristo, a quien confesamos como Señor y Cristo.
Por eso, no importa cuán oscuro parezca el camino ni cuánto hayas sufrido: nunca desconfíes de la bondad del Señor. Él sostiene al cansado, levanta al abatido, escucha el clamor de los suyos y, conforme a su perfecta voluntad, responde a sus peticiones. Llegará el día en que toda aflicción habrá terminado y Él mismo enjugará cada lágrima de nuestros ojos.
Nuestra esperanza no descansa en que los días sean fáciles, sino en que Dios permanece fiel.
Amén.
— Edgar Pacheco